21. No puedo más

—No puedo más, Adolfo… Así no podemos seguir…
—Esperá al entretiempo, mujer…
Ana no esperó. Ana se fue. Revoleó el repasador que cayó, mitad en la mesada y mitad dentro de una cacerola, y se encerró en la pieza.
Ni hasta mañana dijo.
Cuando estaba por empezar el segundo tiempo Adolfo se sirvió lo que quedaba en el sifón. De arranque nomás festejó el empate de Godoy Cruz como en el primer tiempo había festejado el gol de Newell’s. Porque Adolfo era así, le gustaba festejar los goles, los de casi todos los equipos. Adolfo festejaba la mayoría de los goles, la gran mayoría. Dejaba afuera aquellos goles que no se habían logrado con buenas armas. Así lo explicaba él. Y cuando su hermano, Luis, lo corría con que lo había visto festejar el gol de Maradona a los ingleses, el polémico, Adolfo contaba que era cierto, que lo festejó porque mientras veía el partido, en directo, no se había dado cuenta de que el Diego lo había hecho con la mano.
Juraba que de haber descubierto la trampa en el momento, no lo hubiera gritado.
De a poco, Adolfo se iba quedando dormido, le pesaba la cabeza y no tenía fuerza para levantarse ni ganas. Iban treinta y cuatro minutos. A modo de postre comió una cucharada de dulce de leche.
Terminó el partido, apagó la tele y se fue arrastrando los pies hasta llegar a su dormitorio. En cuanto atravesó el umbral se cuidó de no hacer más ruido. Tampoco encendió la luz. Apenas apoyó el traste en la cama escuchó la voz seria, despierta, de Ana que le decía:
—No quiero que veas más fútbol, Adolfo. Es lo único que hacés, todo el día…
—También trabajo, che. ¿O no me ves salir a laburar?
—Cada vez menos, Adolfo. Desde que el maldito Canal 7 pasa todos los partidos…
—¡Bendito Canal 7!
—Lo que sea, Adolfo. La cuestión es que te ves todos los partidos de fútbol. Que te la pasás todo el tiempo pegado al televisor, juegue quien juegue, gritando los goles, sean de quien sean ¿Cómo puede ser? Ya ni te acordás de quién sos hincha, Adolfo.
—Soy hincha del fútbol, mujer.
—¡Pero hacéme el favor! —se quejó Ana— Para colmo ahora juegan todos los días. Si no es el campeonato, juega la selección o la copa no sé qué.
Como no escuchó nada más del otro lado, Ana siguió con el rezongo. Volvió a decir: “Así no podemos seguir” y “yo no puedo más”. Agregó: “Esto no es vida”, “no se lo deseo a nadie”, “es un infierno vivir así” y “ya no sé si me seguís queriendo”. Cuando le preguntó en medio de un sollozo débil: “¿Por qué me hacés esto?”, creyó escuchar como única respuesta un suave ronquido. Ana esperó cinco segundos algo que no llegó. Giró y se ubicó de espaldas a su marido, lo más pegada posible al borde de la cama, lejos de Adolfo, quieta, hasta que se durmió.
Desayunaron juntos (o al mismo tiempo).
Fue ella la que rompió el silencio:
—¿A qué hora venís?
—A las cinco.
—Pero… ¿Hoy también hay partidos? Es jueves, por Dios.
Adolfo se metió en la boca lo que le quedaba de la tostada y apuró el último trago del café.
—¿Quienes juegan? —preguntó Ana resignada.
—Colón y Arsenal, Vélez contra Argentinos, y Racing – Boca. ¡Partidazos!
Ana levantó la mesa. Adolfo buscó las llaves del taxi y la carterita negra de cuero gastado. Volvió a la cocina y le dio un beso en la frente a su mujer que se mantenía empecinada en lavar las cosas del desayuno y en no hacer otra cosa.

Eran las cinco menos veinte cuando Adolfo entró a la casa, apurado.
—¡Hola! —saludó mientras se metía en la pieza con un cable largo y negro en la mano. A los quince segundos salió extendiendo el cable hasta el mueble del televisor. Se metió detrás del mueble pero Ana no pudo ver qué hacía ahí agachado. Se fue y volvió con un par de herramientas.
—¿Qué hacés, Adolfo? —le preguntó Ana.
—Por ahora es provisorio —dijo a modo de respuesta—. En cuanto pueda, lo instalo como Dios manda.
—¿Qué decís?
Él no dijo nada. Miró su reloj y salió disparado hasta el taxi. Volvió con una caja de cartón, grande. Más incómoda que pesada. Ella lo miraba sin saber mucho qué hacer. Adolfo abrió la caja, le quitó las protecciones de telgopor y sacó un televisor nuevo, reluciente. Ana exclamó algo pero él ya estaba en el dormitorio conectando el televisor. Ella se arrimó con pasitos cortos, cuando llegó, la tele ya estaba funcionando.
—¿Qué canal ves? —le preguntó Adolfo con el control remoto en la mano.
—Ese está bien —le dijo Ana. Y cuando su marido pasaba junto a ella lo abrazó y lo besó.
Adolfo se instaló en su silla y prendió su televisor. El partido estaba a punto de comenzar. Desde el cuarto llegaba el sonido del otro televisor. Creyó reconocer la voz de Rial que presentaba una nota donde dos o más vedettes se peleaban. Rápido pero en puntas de pie, llegó hasta la pieza, entornó la puerta todo lo que pudo y volvió a su puesto.
Empezaba Colón - Arsenal.

Pablo Pedroso 
Buenos Aires, 16 de octubre de 2009
Read More

20. Saber es otra cosa

- ¿Quién no sabe de qué se trata esto del fútbol? ¿Quién no conoce las reglas básicas de este deporte? ¿Un marciano tal vez?
¡Hasta mi tía Beba las sabe!
Eso sí, lo que se dice “saber de fútbol”, eso es otra cosa.
Todo el mundo habla de fútbol pero no todos saben. La gran mayoría está convencida de que sabe muchísimo de fútbol pero es evidente que la realidad indica lo contrario. Por eso estamos como estamos. Nadie sabe tanto como cree que sabe (o como dice que sabe). Ni siquiera yo.
Un montón de gente (entre los que incluyo a mi tía Beba) sabe que en el fútbol hay que patear, golpear, impactar a la pelotita con el pie. De eso se trata.
Pero claro, “saber patear”, es otra cosa.
¿Quién no sabe lo que es un penal? Nadie.
“La ejecución”. “El tiro desde los doce pasos”.
¿Pero todos saben patear penales? No.
Cualquiera puede ir, agarrar la bocha y patear, y hasta meter un gol. Pero “saber patear penales” es otra cosa. Parece una tontería y para algunos tal vez lo sea pero para mí no lo es. Patear bien un penal es algo muy difícil, todo un arte.
Uno lo ve patear a Ortigoza, el de Argentinos Juniors y parece fácil, siempre la pelotita termina adentro, clavada en la red. Gol. Los arqueros se tiran para acá, se tiran para allá pero no hay caso, cuando patea Ortigoza la tienen que ir a buscar adentro, irremediablemente. ¿Cómo hace? No lo sé. “Penal bien pateado es gol”, aseguran los entendidos. “El arco es enorme”, dicen muchos. Y te refriegan las medidas en la cara: “7 metros con 32 centímetros de ancho por 2 metros con 44 centímetros de alto. No se le puede pifiar”.
¿No se le puede pifiar?
¿Y el arquero? ¿Qué, no juega? No es lo mismo tener enfrente a Manu, mi sobrinito de 7 años, que a tipos como Carrizo, Andújar o el Pato Abbondanzieri. Y no hablemos del mismísimo José Luis Chilavert que los atajaba y que también los pateaba. ¡Y el Goyco! Con todos los penales que atajó en el Mundial del 90, ¿cómo te parás a tan sólo doce pasos de él y le pateás? Muchos dicen que se te achica el arco y se te agranda el arquero. Y yo puedo asegurar que eso que dicen, es verdad.
¿Cuántos penales erró Maradona? ¿Cuatro, cinco? Yo me acuerdo de aquel que le atajó el Rifle Castellano, el arquero de Central. ¡Con rebote y todo! ¡A Maradona! Y también recuerdo el que le atajaron en el Mundial del 90, en cuartos de final contra Yugoslavia. Decí que estaba el Goyco esa noche, que si no... ¡Mamma mía!
¿Y Palermo, el gran goleador del fútbol argentino? ¿No erró tres penales en un mismo partido, Palermo? ¡Sí! ¡Tres penales! ¡Palermo! ¡Y vistiendo la celeste y blanca!
Por eso te digo, acá hablan por hablar y critican por criticar. Lo de los penales es una lotería a no ser que seas Ortigoza, y yo, Ortigoza, no soy.
- Y ella no es Goycoechea, Gaby. Mirala bien. ¡Ella es tu tía Beba! Le pateaste catorce penales y te atajó los catorce.
- ¡Viste lo que ataja la vieja!

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 17 de setiembre de 2009
Read More

19. Patas largas

Patas largas llegó en los primeros días de diciembre. El tío lo trajo. Lo compró camino a casa en la feria de Pompeya.
- Cuando lo vi, pensé en vos -me dijo el tío-. Todo blanco. ¿Será “quemero” igual que vos?
- ¡Ja! Ojalá. No sabía que había canarios blancos.
- Yo tampoco.
- ¿Cantará?
- El vendedor me juró que sí: “Canta los goles del Globo”, dijo. “Uno cada tanto”.
- Muy gracioso, tío. ¿Tiene nombre?
- “Patas largas” me dijo que se llama.
- ¿”Patas largas”? Nombre raro para un canario.
- ¡Viste! Me contó que de pichón era flaco y de patas largas, por eso el nombre. Un auténtico caso de falta de imaginación así que vos llamalo como quieras.
Patas largas no cantaba, ni un solo “pi” pudimos escuchar. Hacía ya unos cuantos días que estaba en casa, en una jaula cómoda con alimento, agua, lechuga y solcito pero no cantaba. Era lindo, todo blanco y “quemero” pero cantar, nada. Y eso que yo cada tanto me le arrimaba y le silbaba como para entusiasmarlo. Pero nada. Probé con hacerle escuchar música, de lo más variada, y otra vez nada.
Era sábado, 13 de diciembre. Saludé a mi vieja y salí rumbo al Ducó enfundado en mi camiseta blanca, contento de volver a ver al Globo jugar en nuestra cancha después de más de un año. Atravesé el patio y en cuanto cerré la puerta y pisé la vereda, lo escuché cantar. Me frené y volví, abrí la puerta despacio, un tanto incrédulo y otro tanto cuidadoso para no asustarlo. Parado desde el umbral, la puerta abierta, miré como Patas Largas inflaba el buche y le cantaba a su público de helechos, malvones y geranios. Patas largas llenó el patio con su canto. Las macetas gordas y con patas se veían más coloridas y menos viejas, las baldosas brillaban y mi vieja, asomada por la ventana de la cocina, parecía a punto de llorar. Tal vez no era para tanto.
De una vez por todas me fui. El canto de Patas Largas llegó hasta la esquina de casa y más. Huracán volvía al Ducó para jugar el último partido del año. Patas largas cantaba, la tarde pintaba hermosa y yo soñaba con que podía ser mejor.
Lo fue: 3 a 0 ganamos. ¡Y cómo! Bailecito al Fortín al ritmo de Pastore, ese flaco de patas largas y gambeta preciosa.
Llegué a casa radiante y mientras mi vieja me contaba todo lo que había cantado Patas largas le avisé a los dos, a ella y a Patas largas, que desde ese preciso momento lo rebautizaba. Su nuevo nombre era: “Patas largas Pastore”.
Pasamos el verano a puro entusiasmo. Patas largas Pastore cantaba para el patio, para la cuadra, para medio barrio. Huracán arrancó el torneo como hace tiempo no lo hacía: triunfo de local ante los tucumanos y goleada a Racing en el cilindro: ¡4 a 1! Cuando Patas largas Pastore cantaba, fija que Huracán ganaba. Tuvimos alguna fecha complicada pero estábamos para festejar: 3 a 0 a Lanús, 4 a 1 a Argentinos, 4 a 0 a River, 3 a 0 a Arsenal y un fundamental 1 a 0 a los Cuervos.
Así llegamos a la última fecha, primeros a un punto de Vélez, nuestro próximo rival. La fiesta estaba armada. ¡Qué felicidad! Con mi vieja le compramos una nueva jaula a Patas largas Pastore. No era para menos. Elegimos una de esas de pie para poner en el medio del patio. Como para que sepa que él era el rey del lugar. Y Patas largas Pastore cantó toda la semana.
El partido se jugaba en la cancha de ellos. La vieja hacía como quince años que no iba a la cancha pero esta vez no se lo quiso perder. Me aseguré de dejarle a Patas largas Pastore agua limpia, alimento suficiente y una hoja de lechuga bien fresca. Le encomendamos que cante, que cante toda la tarde, con fuerza. Que cante como nunca. Nos despedimos de Patas largas Pastore y salimos temprano rumbo a Villa Luro. Estábamos en pleno invierno (5 de julio era) pero ese día no hacía frío, al contrario. “El fervor de la gente”, decía mi vieja.
Arrancó el partido y se me desvaneció el entusiasmo. Sentí angustia. Tal vez porque Pastore no aparecía, tal vez porque Vélez se nos venía, porque el equipo no era el de las fechas anteriores o porque el cielo se ennegrecía. O tal vez por todo eso.
La primera piedra me cayó a mí, un granizazo sin aviso me golpeó en medio del coco. Brazenas paró el partido; los jugadores y la gente buscaron refugio. No pude moverme. Las piedras caían, grandes, blancas, frías. El césped del Amalfitani se llenaba de lunares. Pensé en Patas largas Pastore mientras pasaba mi mano por el terrible chichón que coronaba mi cabeza. Pensé en la puntería y el destino. Bajamos los escalones de la tribuna mientras se reanudaba el partido, salimos del estadio cuando Monzón atajó el penal y llegamos a casa cuando el silenció se adueño del barrio y un delirante pasó tocando bocina y gritando el gol de Moralez.
Abrimos la puerta con prisa y miedo. Plantas rotas y macetas partidas. La jaula caída en medio del patio. Las baldosas brillaban húmedas y quedaban apenas tres minúsculas bolitas de hielo. Algunos alambres de la jaula estaban un poco doblados, quizá por la caída, quizá por el granizo. No los enderecé, no hacía falta. Patas Largas Pastore se había volado.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 17 de agosto de 2009
Read More

18. El sueño americano

En esa época estaba más roto que viejo. Mi cédula insistía en que me quedaban dos o tres años más por jugar, pero la rodilla hacía rato que decía otra cosa.
En el bar del aeropuerto de Guayaquil tomaba una cervecita fría a la espera del vuelo que me regresaría a casa y mataba el rato con una sola certeza: el fútbol había terminado para mí.
Alguien gritó desde la entrada:
—¡Ese trago lo invito yo!
Me di vuelta y un tipo me abrazó, me felicitó y me volvió a abrazar. Eufórico de verme parecía. Se presentó como el doctor Aníbal Gauna, médico. Por supuesto, era un compatriota, si no, hubiera sido un milagro que alguien me reconociera en ese aeropuerto o en toda la ciudad de Guayaquil. Ni los del club donde pasé los últimos tres meses me conocían. La verdad, casi no me vieron… es que jugué un solo partido con esa camiseta; bueno, medio para ser más precisos. A cinco minutos de que terminara el primer tiempo me rompí; ni me pegaron una tremenda patada ni fue una jugada heroica: tan solo pisé mal y chau rodilla. Dos meses y dieciséis días después me citaron los dirigentes: “Venga con el contrato”, dijeron y yo fui. En muy pocas palabras me explicaron que si yo estaba roto, lo mejor era hacer lo mismo con los papeles. Y así pasó. El presidente agarró los contratos con sus manos regordetas y cargadas de anillos y los rompió con dos bruscos movimientos, como si nada. Inmediatamente después me sonrió. Yo le sonreí, otra no me quedaba. Junté mis cosas que no eran muchas y rumbeé para el aeropuerto donde el destino, Dios o el mismísimo diablo quiso que conociera al doctor Gauna.
Faltaban más de tres horas para la salida de mi viaje, que además, era de esos que paraban en todas: Lima, Santa Cruz de la Sierra y Buenos Aires. Por lo tanto, me cayeron de maravilla las cervezas frías y el club sandwich que me invitó el doctor. Con su eterna sonrisa me contó que salía de un congreso de médicos rumbo a otro congreso de otros médicos en San Pablo, Brasil. Conocía bastante de mis días en el fútbol. Y eso que en aquella época, cuando yo jugaba, no televisaban todos los partidos como ahora. Se acordaba de varios de mis goles y de lo que él llamaba “mi toque”. “Porque a Ud. lo distinguía ese toque preciso y precioso”, decía. O, “lo suyo siempre fue el toque y la elegancia”. Y a mí, en ese momento en que terminaba de colgar los botines y no tenía la menor idea de lo que iba a hacer con mi vida, me venían bien unos elogios.
—¡Qué gol, Aguirre, el de la final de la Libertadores! —repitió tres veces durante toda la charla. Tenía razón, había sido un lindo gol—. Los que dicen que a usted para ser un consagrado en el fútbol le faltó la Selección, se equivocan de pe a pa. A usted lo perjudicó la coincidencia histórica de ser contemporáneo al mismísimo Mario Alberto Kempes, que si no m’hijo, esa casaca era suya y el que hubiera levantado la copa en el mundial hubiera sido usted —acá sí se le fue la mano, hasta el caracú, pero quién era yo para contradecirlo. El doctor pagó la cuenta y se preocupó en dejar una buena propina. Me alejó de la barra, me llevó hasta unos sillones en una sala de embarque donde no había gente y me dijo:
—Usted me cae del cielo, Aguirre.
“Chau, se viene el mangazo —pensé— ¿Y todo el circo ese de que invitaba las cervezas y los elogios de mi juego, de que nunca vio un jugador como yo?”.
—Me gustaría hacer negocios con usted.
“Sonamos. Es peor de lo que pensaba. Como si yo tuviera un mango para hablar de negocios”.
Al ver que no le hablaba, el doctor continuó con su parla:
—Además de hacernos millonarios, Aguirre… ¡Podemos cambiar el mundo! ¡Convertirlo en un mundo mejor! Ser los artífices de una revolución en el fútbol. ¡Hacer historia, mi amigo, ni más ni menos!
¡A la flauta! Que era un caso serio el doctor. “¿De dónde salió este loco?”, me preguntaba yo mientras intentaba encontrar una forma de escapar de ahí lo antes posible.
—En definitiva, Aguirre, mi idea es contratarlo para que trabaje conmigo en los Estados Unidos... —ahí paré la oreja de verdad—. Estoy armando un establecimiento que podría llamarse algo así como una clínica de “soccer”. Perdón —dijo sin dejar de sonreír—, para usted: una clínica de fútbol.
En el mejor momento de la charla, el doctor Gauna tuvo que salir rumbo a su avión pero prometió llamarme cuando estuviera de regreso en Buenos Aires.
—En ocho días lo estoy llamando —me dijo. Y cumplió, a los ocho días sonó el teléfono en la casa de mi hermana, donde yo vivía. Se lo escuchaba tan entusiasmado como cuando nos despedimos en Guayaquil. Me citó para almorzar en el restaurante de un hotel grande y lujoso, no muy lejos de Retiro, que yo jamás había visto en mi vida, ni siquiera cuando me iba bien.
Llegué diez minutos antes pero el doctor me ganó de mano, sentado en un sillón estaba saboreando un whisky y leyendo el diario; empilchado como para una ceremonia. Me abrazó, me palmeó y sonrió durante todo el almuerzo. La propuesta, para mí, era extraña; para el doctor era ambiciosa, grandiosa, revolucionaria. “Usted es el ser, la materia prima, el gen, el padre absoluto, el primer eslabón, el ejemplo, el patrón”, y no sé cuántas cosas más me dijo.
—Yo no quiero mejorar la raza —repetía—. Quiero crearla, Aguirre, de su mano. ¿Me entiende? —preguntaba cada vez que cerraba una frase. Y yo le decía que si para no parecer contra. Tanto me costaba seguirle el tren que me olvidaba de comer. El doctor habló de candidatas, atletas de primera línea, dijo y me guiñó un ojo. También mencionó fecundar, e insistió con algo así como fertilización. Hablaba tan embalado, tan entusiasmado que sentí una falta de respeto sincerarme y decirle: “La verdad, no entiendo un pepino”.
—¿De cuánto estamos hablando, doctor? —pregunté cuando tuve una oportunidad.
—¿Usted me habla de tiempos o de dineros?
—Y, de los dos —le dije por las dudas.
—Déjeme ver, mi amigo. Sabe lo que sucede, es muy difícil medirlo en cifras. ¿A usted le interesa? —y sin esperar mi respuesta prosiguió— Tenga en cuenta, Aguirre, que la oportunidad de colaborar con la ciencia se puede dar una sola vez en la vida —hizo una pequeña pausa y remató con su mejor sonrisa—. ¿Es de la partida entonces?
—Sí —dije. Un “sí” chiquito, a medio tono pero que el doctor Gauna valoró como si me hubiera parado en mitad del salón y hubiera gritado delante del resto de los comensales: “¡Sí, juro!”. Se levantó de su silla y me abrazó con tanta fuerza que casi me vacía los pulmones.
—¡En treinta días nos encontraremos allá! —dijo.
—¿Allá?
—¡Sí, claro, en los Estados Unidos! —sentenció más que entusiasmado—. Vea —me dijo antes de irse y sacó de su maletín de cuero un folleto que me entregó para que le pegara una mirada—. Es un primer borrador. Después me cuenta qué le pareció.
El doctor se alejó con pasitos cortos y yo me quedé mirando el folleto. Estaba en inglés, por lo tanto, no entendí ni jota. Había fotos de un laboratorio, de un árbol verde y frondoso, y la silueta de un hombre y una mujer muy atléticos tomados de la mano. No había ninguna cancha de fútbol, me llamó la atención. ¿Dónde estaba el fútbol, el soccer? No entendía, eso parecía propaganda de otra cosa.

Fueron los treinta días más largos de mi vida. ¡Que ansiedad! Ni que fuera un pibe. Para colmo se me antojó cuidarme como nunca. Corría por las mañanas, me cuidaba con las comidas, y no probaba una sola gota de vino ni nada que se le pareciera. Tampoco era que antes vivía en pedo pero cada tanto un traguito tomaba, sin embargo, en esos treinta días, nada. Y eso que sabía que no me lleva a Yanquilandia a jugar al fútbol, me quedó claro desde el primer día. Pero algo dijo el doctor Gauna entre tanto palabrerío, algo como que me necesitaba sano. Cuando faltaba apenas una semana para el viaje llamó el doctor “desde allá”, según dijo. Esta vez la conversación no fue muy extensa, seguramente por el precio de las llamadas de larga distancia. Habló lo justo y necesario: “En tal lugar hace el trámite para la visa, el pasaje lo retira en tal otro lado, el vuelo llega a tal hora. Yo lo espero en el aeropuerto y, por favor, sea discreto, la prensa no debe enterarse de nuestro asunto”. ¿De qué asunto? ¿Qué prensa? Si hace años que no me llama un periodista ni para venderme una rifa.
Como siempre le dije que si.
Los últimos días invertí no pocos mangos en mejorar mi vestuario y me hice chapa y pintura en lo del Tano, mi peluquero de siempre, que cada vez que voy se saca una foto conmigo para después pegarla en el salón junto con todas las fotos anteriores, debajo de un cartel que dice: “Gino, el coiffeur de las estrellas”. ¡Qué caradura! ¡Si con el único que está en todas las fotos, es conmigo!

Después de veintiséis horas de viaje llegué a Houston. No dormí, no sé por qué, pero comí y bebí todo lo que me dieron. En migraciones utilicé las cuatro palabras que sé de inglés y aparentemente sirvieron: me dieron un permiso de estadía de seis meses.
Se abrieron las puertas automáticas y ahí estaba el doctor, esperándome tal cual había prometido. Se lo notaba contento como siempre aunque algo nervioso. Me quiso ayudar con uno de mis bolsos pero no se lo permití. Atravesamos medio aeropuerto y medio estacionamiento hasta que llegamos a una combi blanca, espaciosa e impecable. Un americano grandote la manejaba.
—Hola —le dije.
El grandote sacudió un poco la cabeza, a modo de saludo. A los diez minutos de viaje llegamos a un hotel chico con un lejos simpático pero que de cerca, parecía de cartón.
—Esta será su morada, Aguirre, pero por una semanita nomás.
—OK —le respondí.
Sin darme cuenta había cambiado el “si” de siempre por un “OK”.
—Es transitorio —aclaró el doctor—. Hasta que en la clínica todo esté en orden. ¿Le parece mi amigo?
—OK —dije una vez más, asombrado por cómo se me daba eso de asimilar un nuevo idioma.
El doctor me dejó unos doscientos dólares.
—Para sus gastos, Aguirre —dijo y quedó en llamarme o visitarme al día siguiente.
Tardó tres días en aparecer y su aspecto no era el mejor. Lo acompañaba, nuevamente, el grandote de la combi. Esta vez transportaba un maletín oscuro y una especie de estuche plástico que bien podía ser una sofisticada heladerita de picnics del futuro.
—Será mejor que nos sentemos —dijo el doctor Gauna y los dos nos sentamos sobre la cama, otro lugar no había. El grandote se quedó parado junto a la puerta de la habitación.
—Antes que nada le pido disculpas…
—No se preocupe, doctor, me imagino que estuvo ocupado con sus asuntos.
—No, Aguirre, no es eso solamente. Lo de la clínica está demorado, complicado —por primera vez le costaba mirarme a los ojos.
—¿Complicado?
—Como escucha, mi amigo. La habilitación se cayó y los inversores volaron… Hoy no están dadas las condiciones para que podamos operar…
—¿Operar? —pregunté asustado.
—Operar, funcionar, trabajar, ¿me entiende, Aguirre?
—Por supuesto, entiendo perfectamente —contesté aliviado.
—Así es que nos vemos obligados a desarrollar nuestras tareas y toda nuestra investigación en el más absoluto de los secretos. En total clandestinidad, mi amigo, y yo no quiero perjudicarlo ni involucrarlo más de lo que está
—¿Y entonces?
—Y entonces, Aguirre, sólo me resta pedirle un último favor.
—Diga de una vez, doctor.
El doctor miró al grandote y le hizo un movimiento de cabeza. El grandote abrió el maletín, sacó un tarrito blanco, de plástico, envasado en una bolsita transparente y me lo entregó. Yo no tenía la menor idea de qué era lo pretendía con eso.
—Necesitamos su aporte, Aguirre. Lo máximo que pueda.
—¿De qué me habla doctor?
—De su semen, mi amigo.
—¿De qué? Pero escúcheme, doctor. O yo estoy loco o su propuesta era otra.
—Aguirre, cien veces se lo dije, mi meta es lograr, gracias a su aporte genético, fecundar a mujeres de esta nación, atletas todas, seleccionadas entre miles de candidatas para obtener una combinación perfecta entre las virtudes de esta raza superadora y el talento único y caprichoso de uno de los máximos representantes de lo mejor del fútbol sudamericano.
—OK —dije— ¿Y las mujeres?
—¿Qué mujeres? —preguntó el doctor un poco alterado.
—Las mujeres esas que me dijo: las candidatas, las atletas...
—Pero no, mi amigo, este es un proceso de inseminación artificial. ¿O usted pensó que iba a tener sexo con ellas?
—No —mentí. ¿Qué le iba a contar? ¿La verdad? ¿Que yo entendí que iba a “conocer” a todas esas mujeres? ¿Que las imaginé perfectas, jóvenes y atléticas?
—Mire, Aguirre. Lamento la situación que estamos viviendo y que las cosas no se hayan dado como le prometí o como usted lo soñó pero, al menos por ahora, lo mejor será que vuelva a Buenos Aires y con el tiempo veremos si esta situación adversa se modifica. Yo no puedo ni quiero frenar la marcha de las investigaciones. Como le dije, trabajaré de manera clandestina.
El sueño americano se me pinchaba. No quedaba otra que volver a casa, a casa de mi hermana.
Gauna y el grandote me miraban, esperaban a que yo hablara o hiciese alguna cosa y a mí me costaba reaccionar. Es que venía preparado para otra cosa, Gauna me había hablado tanto de esas mujeres… “Son todas perfectas, una mejor que otra”, decía. “Imagínese”, repetía. Y yo las imaginaba: pelirrojas altas y pechugonas, deliciosamente pecosas; negras de terciopelo, con patas largas y firmes; negras caderonas; preciosas rubias de ojos azules y cabellos largos. A todas me las imaginaba. Él me decía: “Lo supremo de la raza americana, Aguirre”. Y yo soñé, con cada una de ellas soñé. ¿Qué pretendían? ¿Que me metiera en el baño así como así, con ese tachito plástico y les entregue lo mejor de mí?
Gauna buscó en el maletín y sacó dos revistas de esas, que en aquellos años, eran difíciles de conseguir en Buenos Aires. Me las ofreció y me dijo:
—Tómese su tiempo.
Desde la tapa de una de las revistas, una rubia de tetas grandes me sonreía.
Lo miré y le pregunté:
—¿Tiene material de las candidatas? Fotos, digo...
Giró y le hizo un nuevo gesto al grandote. Bob guardó las revistas, buscó en el maletín y me entregó una carpeta con fichas, planillas e informes.
—Esperen afuera —les dije y me encerré en el baño.
Revisé la carpeta, eran más de diez mujeres. No tan lindas como me las había imaginado pero tampoco estaban mal. A pesar de que las fotos parecían sacadas de los archivos de la policía, hice mi trabajo lo mejor que pude. Le entregué el tarrito plástico a Bob y lo colocó dentro de la heladerita que tanto cuidaba. Gauna me explicó que a la mañana siguiente, Bob me llevaría al aeropuerto para que tomara mi vuelo de regreso.
Sin abrazos me estrechó la mano.
—Nos mantenemos en contacto, Aguirre.
—OK —le dije, pero esa vez no le creí.
Al otro día temprano, apareció el grandote; condujo la combi blanca sin pronunciar una sola palabra. Es el día de hoy que todavía me pregunto si no era mudo. Pasaron casi treinta años de aquella expedición a tierras americanas. A Gauna, no lo vi más y tampoco supe más nada de él. Cada tanto miro algún partido de los que pasan por la tele de la “Major League Soccer”, la liga de fútbol de los Estados Unidos. En realidad, no miro los partidos, miro a los jugadores, cómo se mueven, sus gestos, cómo son, si se parecen a mí. Todo el tiempo me pregunto si alguno será hijo mío. Nunca le consulté a Gauna qué apellido le pondrían a los chicos. ¿El de la madre, Aguirre, Gauna, cuál? Leo las formaciones de los equipos y me esfuerzo en recordar los apellidos de aquellas mujeres que estaban en la carpeta que me dio Bob pero no me acuerdo del de ninguna de ellas. Ni el de una sola. Claro, en ese momento pensaba en otras cosas.
Puede parecer ridículo pero cuando no juega Argentina, mi corazón hincha por Estados Unidos.
Hace unos días vi el partido que le ganamos (que le ganaron) a España por la semifinal de la Copa de las Confederaciones y me emocioné. Llegaron a la final venciendo, nada más y nada menos, que al equipo sensación de los últimos años, y lo hicieron con autoridad: dos a cero, rompiéndole el invicto récord de treinta y cinco partidos.
Hoy jugaron la final contra Brasil. Empezaron con todo, sorprendiendo a los “brasucas” con otro dos a cero. Busqué algún detalle en Dempsey, el del primer gol, algo que me resulte familiar. También lo hice con Landon Donovan, el que metió el segundo, pero nada. Ninguno de los dos parecía tener algo mío, ni por juego, ni por personalidad.
¿Qué se lleva en la sangre cuándo hablamos de fútbol?
Por un momento, en el único en el que noté un cierto parecido fue en Howard, el arquero. Algo en la mirada, su contextura, la forma de correr tal vez. Sería el colmo que después de tanto experimento y de tanta ciencia me saliera un hijo arquero. Atajó muy bien el primer tiempo pero después Brasil se le vino al humo. Tres goles le metieron. Mantuve las esperanzas hasta el minuto final pero no se dio. Brasil fue el campeón
¡Ay, Gauna, Gauna! ¿Qué habrás hecho con ese tarrito plástico que te dejé?
Seguramente poco y nada. Un hijo mío, ese partido, no lo perdía.


Pablo Pedroso
Buenos Aires, 28 de junio de 2009
Read More

17. Club grande

Llega junio y José apaga la tele y la radio. Igual que en diciembre. “Me desenchufo”, dice José. Y desenchufa todo. No quiere saber nada. ¿Con qué? Con las finales de campeonato, con los festejos, con las coronaciones, con los descensos o los ascensos. José no quiere estar pendiente de quién es el campeón, quién gana, quién pierde.
Ojalá pudiera pero como no puede, se desconecta.
Pero no se olvida del fútbol. Imposible para José, si él es fanático de la pelota. ¡Perdón! Fanático no, hincha (José repite y aclara que él es hincha, no fanático).
- Algún día vas a entender cuál es la diferencia -le dice a Bautista y Bautista le dice que sí con la cabeza como siempre que su abuelo le explica. O le enseña.
Como olvidarse del fútbol en junio y diciembre si todas las tardes de todos los meses, religiosamente, José camina las ocho cuadras que separan su casa del Jardín (el Jardín donde fue su hija y ahora va Bautista). Y todas las tardes Bautista lo espera con una sonrisa, con un abrazo, con hambre, con ganas de jugar a la pelota y con la enorme paciencia para escuchar las historias y anécdotas que José le cuenta del club de sus amores: momentos de gloria, jugadas insólitas, goles increíbles y jugadores invencibles. Hazañas, venturas y desventuras. Nombres, apodos y apellidos que pareciera que sólo el abuelo conoce porque en el Jardín o en la tele se habla de otros nombres, de otros apellidos.
Como olvidarse del fútbol en junio y diciembre si jugar con su nieto y contarle esas historias también es fútbol para él.
No sólo es fútbol festejar campeonatos.
Mucho antes de llegar a su casa el abuelo le pregunta:
- ¿Te dieron deberes? ¿Tenés tarea?
Siempre la misma inquietud y Bautista no entiende mucho qué le está preguntando aunque sabe que la respuesta es no.
Después de la leche, el partidito es una obligación que se suspende únicamente por lluvia.
- Hoy no te dejes ganar, abuelo -reclama Bautista otra vez.
- ¿Sos loco? -le dice José a modo de respuesta.
Y el partidito lo gana Bautista como siempre y como siempre festeja.
- Abuelo, ¿nosotros salimos campeones alguna vez? -pregunta Bautista por décima vez en su vida y José, también por décima vez, le cuenta una historia de su glorioso club cargada de emoción y de fútbol pero no de campeonatos.
- ¿Y festejamos algo?
- Claro, muchas cosas: festejamos jugar, festejamos salir a la cancha, festejamos el fútbol, festejamos goles, festejamos ganar, empatar o perder dignamente...
- ¿Y somos un club grande? -interrumpió Bautista cuando vio que la respuesta amenazaba con terminar nunca.
- ¡Por supuesto, Bautista! ¿Cómo no vamos a ser un club grande, querido? ¡Si vos y yo somos los mejores hinchas!
Bautista se rió contagiado por las risas de su abuelo y por las cosquillas que José le hacía.
- ¿Jugamos un partidito más? -preguntó José.
- ¡Dale! Pero no te dejes ganar.

Pablo Pedroso.
Buenos Aires, 17 de julio de 2009
Read More

16. Crónica Partidaria - Revancha

Hace mucho tiempo de aquel partido pero lo recuerdo. Todos lo recordamos, nosotros y ellos. Cada vez que hay un nuevo enfrentamiento nadie puede dejar de recordar esa catástrofe. Y no exagero (como casi siempre), esta vez no.
Ellos se creyeron los mejores del mundo después de ese partido y nosotros, nosotros todo lo contrario.
¿Por qué será que a todas las selecciones de este lado del planeta les encanta Brasil?
¿Por qué será que todas esas mismas selecciones sueñan con ganarnos a nosotros?
No sueñan con ganarle a Brasil, no. Suenan con jugar contra Brasil, con jugar como Brasil pero no con ganarle. A quien quieren ganarle es a Argentina.
¿Tanto nos duele perder?
Si y más.
Aquella vez nos ganaron, nos bailaron, nos aplastaron: 5 a 0. Aquella vez no estaba Maradona pero hoy está, acá, como DT. No tiene puesto los cortos pero tiene todo el corazón encendido para guiar a los nuestros hacia la victoria.
¡Quiero revancha, Diego!
No me soporto más las cargadas que sufrí cada vez que anduve por Colombia. Cinco a cero era la frase que más escuchaba, de chicos y grandes, hombres y mujeres, todos me refregaban en la cara ese maldito resultado.
¡Hasta existe un bar en las afueras de Bogotá se llama “5 a 0”!
Seguro que un colombiano loco fue capaz de ponerle de nombre a algún hijo “Cincoacero”, seguro.
¡Vamos Dieguito, Diegote! ¡Regalame un buen triunfo! ¡Una victoria histórica!
¡Dios del fútbol, poné las cosas en su lugar!
Desde aquel día que no vuelvo a la cancha a ver a la Argentina, desde aquella tarde trágica en que me quedé mudo.
¡Qué ofri que hace! ¿Cuánto falta para que abran las boleterías, che?
Parece que vamos con todo, eh: Messi, Agüero y Tévez. ¡Qué tal!
Está muy bien, Diego, hay que jugársela. Tenemos que ganar.
¡Qué frío, viejo! ¿Sabés cómo va a estar la cancha? Colmada, repleta, a punto de explotar.
Andújar ataja. Pobre el Goyco, cinco se comió aquella tarde. Un ídolo el Goyco pero cinco, che. Un poco mucho, ¿no? Ojo que yo me lo banco al Goyco pero ¡cómo lo insulté en ese partido, en esa semana, en esos meses...!
Dieguito pone línea de tres: Heinze, Demichelis y el Cata Díaz. Juega la Brujita Verón, el Masche, Gago y Jonás. Elegancia y fútbol. ¡Viva el fútbol!
¡Ya van a ver estos colombianos irrespetuosos!
¡Por fin avanza la fila, viejo!
Y seguro que se traen a unos cuantos. Les gusta a los colombianos venir a la Argentina. Son buena gente, muy buena gente pero el fútbol es el fútbol. El fútbol es sagrado.
¡Regalame una revancha, Diego!
¿Pero qué hablan tanto con el boletero? ¿No tenés frío, papá?
Dos dame.
Lo traigo al pibe, se lo prometí. Está feliz. Era un bebé en aquel partido. La madre no me dejó traerlo, meses tenía. Yo por mí lo traía. Y me la juego que él también hubiera querido venir, así bebé y todo, él hubiera dicho que sí. Menos mal que no vino, debutar con la selección y comerse un cinco a cero hubiera sido motivo suficiente para declararlo por decreto “mufa eterno”.
Matías tiene un entusiasmo ahora. Es hincha como yo, de los que nos gusta ver los partidos y analizar el juego.
¡Dame una revancha, Dios!
“Salimos temprano Pa”, me advirtió. Está embalado, como deben estarlo Messi, Tévez y Agüero. En Colombia juegan Falcao y Vargas. ¿Seguro que no vienen Valderrama, Rincón, Valencia y el Tino Asprilla? ¡Menos mal!
Viste que te dije que iban a traer gente estos. Mirá ese con la bandera que dice: “Por otro 5 a 0”. ¿Sabés lo que vas a tener que hacer con esa banderita?
¡Vamos a chiflarle el himno, Matías! ¡Dale!
“Oid mortales el grito sagrado...”
¡Argentina, Argentina, Argentina...!
¡Upa! ¡Uia...! Andújar... ¡No, Cata, no...! ¡Andújar! ¡Sos un desastre Cata!
¡Che, Maradona, ponés tres delanteros y no pateamos una sola vez al arco! ¡Son unos perros! ¡Y vos también, gordo! Está gordo otra vez, ¿viste?
¿Y el juego dónde está? ¿Sacalo a ese y a ese? ¿Pero qué equipo paraste?
¡Te dije que con estos muertos al mundial no vamos! ¡Te lo dije!
¡Corré, jugá, tocá, dale! ¡Sos un perro! ¡Gooooool! ¡Bien Cata, muy bien! ¡Qué jugador!
¡Grande Diego!
“¿Y la revancha, Pa?”
Agradecé que ganamos, Mati. ¿Vos viste lo mal que estaba la cancha?

Pablo Pedroso.
Buenos Aires, 07 de junio del 2009
Read More

15. Pan y queso

Pan... Queso... Pan...
El Gordo Mario me ganó el “pan y queso”. Siempre me gana.
En realidad se llama Ezequiel. Pasamos de decirle “Gordo Ezequiel” a “Gordo Mario” porque es igualito a Mario Bross pero sin bigotes.
Le tocaba elegir.
- Mmm...
Se hacía el que dudaba, como si no supiéramos que iba a elegir a Martincho.
- Martincho -dijo al fin y al cabo.
¡Qué te dije! Era una fija. Martincho juega mejor que todos, mejor que nadie.
- ¡Lucas! - me apresuré a decir fingiendo, yo también, un gran entusiasmo; como si me llevara la figurita difícil, como si le arrebatara un tesoro al Gordo Mario. Lucas corrió y se puso detrás de mí, contento. Él no es tan bueno como Martincho, su hermano, pero la mueve, y yo hacía todo lo que posible para que creyera que para mí él era un crack.
El Gordo se siguió llevando lo mejor y cuando sólo quedaban dos por elegir, volvió a interpretar mal el papel de dudoso:
- Mmm... -exageraba. Miraba a su equipo, me miraba a mí-. Mmm... -se hacía el que pensaba, se hacía rogar.
- Dale, Gordo -le dije cansado de su juego. El Gordo Mario cerró los ojos y, ceremonioso, se los tapó con la mano izquierda, extendió su mano derecha, apuntó con su dedo índice en dirección a los dos que quedaban y empezó a hacer un ridículo ta-te-tí. El dedo del Gordo apuntaba a uno y a otro. Cuando dijo el último “tí” abrió un ojo para cerciorarse de que apuntaba a quien todos sabíamos que iba a elegir desde un primer momento y eligió a Fran. Era obvio.
Fran salió corriendo a abrazarse con los suyos ridículamente contento de no ser el último elegido. El Gordo Mario me miró con una sonrisa que apenas le entraba en toda esa carota redonda que tiene.
¿Quién quedaba? Su prima, Leticia, una flaca, alta con sólo tres pecas y cara de chiflada que sus tíos le encajaron en la casa por esa semana.
¿Quién quiere tener a una chica en su equipo? ¿Nadie? Bueno, a mí me tocó.
Sin prisa vino hacia donde estábamos nosotros, a todos nos llevaba una cabeza.
- Vas al arco -le dije. Ella ni si ni no, fue. El Gordo Mario me miraba y se seguía riendo. ¡Gordo tramposo! Yo me sentía furioso, indignado; él, en cambio, ya se sentía ganador.
- Che, Gordo, ¿por qué no juega en tu equipo? ¡Es tu prima, loco! ¡Vos la trajiste! -le reclamé sin importarme un pito que ella me escuchara.
- ¿Qué tiene que ver? -me dijo-. Vos la elegiste...
- ¡Andá a freír churros, Gordo!
Y empezó el partido. El primer ataque de ellos terminó en gol. La verdad, no fue culpa de Leticia, la pelota rebotó en Lucas, Rodrigo la quiso despejar pero la metió adentro. Igual todos (hasta Rodrigo) la miramos a Leticia con cara de orto.
- ¡A ver si me toman las marcas y empiezan jugar un poco! -nos gritó ella ante el asombro de propios y contrarios.
Sacamos del medio. Entre Lucas y yo perdimos la pelota, el Gordo Mario le metió un pase profundo a Martincho que encaró hacia el arco. Leticia lo esperaba agazapada; nosotros dejamos de correr y nos dedicamos a observar el gol que iba a meter Martincho. Eso creímos. Martincho quiso hacer una de más, enfrentó a Leticia, amagó a pasarla por derecha y se mandó por izquierda. La flaca de tres pecas tiró un poco su cuerpo hacia la derecha de Martincho pero dio un salto hacia el otro lado y le sacó la pelota limpita con la punta de su zapatilla. No me había fijado: Leticia usaba unas zapatillas rosa, de lona y media caña.
¿Quién pude jugar bien a la pelota con esas zapatillas? Nadie.
“¡Eeesa! ¡Bueeeno! ¡Mucho!”, fue lo que los míos gritaron mientras Martincho seguía de largo sin comprender cómo le desapareció la pelota. Leticia la levantó con una mano, miró buscando pase y me encontró. Lanzó la pelota con fuerza. Los otros tardaron en reaccionar. La pelota picó y me quedó para que de cabeza, clave el empate. ¡¡¡Gol!!! Gritamos y nos abrazamos con Lucas y Rodrigo. El Gordo Mario le rezongaba a todos sus jugadores mientras nosotros trotábamos hasta mitad de cancha. Me agaché para subirme las medias y pispié hacia nuestro arco, Leticia me miraba con una mueca que tal vez era una sonrisa. Me paré de un salto y seguí jugando.
Los minutos pasaban y el partido no salía del 1 a 1. Leticia sacaba todas las pelotas que le pateaban o cabeceaban mientras nosotros no metíamos una. ¡La de pelotazos que atajó esa piba! Era imposible que le hicieran un gol. Su primo estaba que explotaba de la bronca. ¡Ni una entraba! Y Martincho, el héroe de todos los partidos del pasado, el crack, el Maradona del barrio no entendía cómo ni por qué pasaba lo que pasaba. El Gordo Mario se la agarraba con Fran, con Martincho, con todo su equipo. No daba más de tanto correr y tanto quejarse.
- ¡Gol gana! -nos advirtió y amenazó con la autoridad que le daba ser el dueño de la pelota.
Se nos vinieron con todo. Martincho y el Gordo peleaban para ver quién le pegaba al arco desesperados por clavarle un gol a Leticia. No pudo ser. Pateó Martincho, mitad tierra, mitad pelota y le salió un globito inofensivo, fofo. La flaca con tres pecas, alta, cara de chiflada y zapatillas rosa descolgó la pelota, amagó a lanzarla larga y salió jugando por la banda derecha. El Gordo Mario, su propio primo, en cuanto la vio con la pelota se lanzó como una flecha, como una locomotora con ganas de partirla en cuatro, de pasarla por arriba, de que volara por los aires y desapareciera de una vez por todas. Leticia llevaba la pelota pegada al pie y la cabeza en alto, a Fran lo pasó con un simple amague pero desde atrás se le venía el Gordo, en diagonal y a toda máquina. De refilón lo debe haber visto porque si no, imposible. El Gordo la midió y se le arrojó con un planchazo furioso, criminal. Leticia, en el momento justo, punteó la pelota y dio un salto para que su primo derrape y pase arrastrando tierra sin siquiera rozarle las zapatillas. ¡El polvo que se habrá comido el pobre Gordo! Leticia no lo miró pero a mí, sí. Me cruzó la pelota con un pase largo, preciso, exquisito. A Matías lo dejé atrás como si nada. Cuando me salió Martincho se la toqué a Lucas que venía por el medio y que por suerte me devolvió la pared. Iba a ser un lindo gol. ¡Un golazo! El que atajaba era Santi, lo encaré y me salió.
¡Era en comba y por adentro! ¡Golazo para ganar el partido era!
Hamaqué el cuerpo hacia la izquierda, Santi cerró los ojos deseando no escuchar mi desaforado festejo y preparé la punta de mi pie para sentenciar el triunfo. No pude. Por el otro lado venía Leticia. Levanté la vista y la vi, claro, como para no verla con sus tres pecas, las zapatillas rosa y esa carita de chiflada. Le di el pase. No tuve opción.
Leticia le calzó un derechazo como venía y fue gol, golazo. Lo grité, lo gritamos, nos abrazamos. ¡Ganamos!
En ese momento me di cuenta de que la vida es mucho más hermosa en cámara lenta.
Fue ahí, en el medio de la canchita, en medio de todos, cuando Leticia (que me llevaba una cabeza) me rompió la boca de un beso, de un tremendo y tremendísimo beso. Un largo, dulce, hermoso, inesperado beso mágico.
¿Mi primer beso? No. El mejor.
Los otros se reían. El Gordo Mario, todavía lleno de tierra, aprovechó que nadie hablaba de su derrota y se prendió en la cargada general. Leticia me soltó (contra mi voluntad) y se fue sin darse vuelta rumbo a la casa de sus tíos. Hice fuerza para no mirarla, para no correr tras ella. Los pibes me siguieron cargando por un rato más y yo buscaba a Lucas, a Rodrigo, a quien sea con tal de abrazarme. Lo necesitaba.
A la noche, en la cama, pensaba en el partido, feliz. ¡Le ganamos al Gordo Mario! ¡Y a Martincho! Y eso que para nosotros jugó una chica... Son unos pecho frío... Por supuesto que me dormí repasando la jugada, recordando el gol, pero soñar, soñé con una chica de tres pecas, alta y flaca, con zapatillas rosa y una hermosa cara de chiflada.

Pablo Pedroso.
Buenos Aires, 14 de mayo del 2009
Read More

14. Crónica Partidaria - Camino a Santa Fe

Eran cerca de las 10 y media cuando apareció Joaquín con cara de dormido. Con Silvia no terminábamos de decidir si el menú del mediodía era pastas o qué.
- ¿Vamos a Santa Fe? -me dice Joaco.
- ¿Qué? -le pregunto seguro de haber escuchado mal.
- Dale, ¿vamos?
Silvia nos miraba con desconfianza, incrédula de la propuesta de Joaquín y de no escuchar un rotundo "NO" de mi parte. Joaquín esperaba mi respuesta apoyado en el marco de la puerta, Juan Carlos (nuestro perro) había aprovechado el desconcierto general para robarme, una vez más, las medias.
Miré por la ventana y el día estaba hermoso, radiante, perfecto para ir a la cancha.
- ¡Vamos! -dije.
En cinco minutos estábamos listos. Silvia y Juan Carlos nos despidieron desde el portón del garage, Juan Carlos sospechando que se perdía de algo importante y Silvia dándonos otro extenso sermón con recomendaciones. Salimos a la ruta eufóricos, ya eran las 11 de la mañana y éramos conscientes de que salíamos realmente tarde. Le metimos pata pero sabíamos que no iba a ser suficiente, era un hecho que llegaríamos con el partido empezado. No nos importó.
- ¿Cuántos kilómetros son?
- Ni idea.
En la ruta nos cruzamos con unos pocos bosteros que marchaban a Rosario sin mucho entusiasmo. En la radio nos aburrimos con el relato del partido entre Argentinos y el Rojo. Pisaba el acelerador pero el camino se nos hacía eterno, faltaban unos cuantos kilómetros y el partido estaba por empezar.
Y empezó nomás.
- ¿Qué hacemos? ¿Lo escuchamos o no? -me pregunta Joaco.
- No sé, soy tan yeta para escucharlo por radio...
En la primera pelota, al toque nomás se lo pierde el Bebu. ¡Con rebote y todo!
- ¡No ves! Apagá eso -le ordeno a Joaquín al mismo tiempo que él apagaba la radio por decisión propia.
Lo que siguió del viaje fue un suplicio, los dos en silencio imaginando un gran partido. Sabíamos que jugaban Cristaldo y que Domínguez se había recuperado de la lesión.
- Son bravos los de Colón -le digo como si hablar acortara el tiempo o el sufrimiento.
- Si... -responde Joaquín.
- En el Gran DT lo tengo a Pozo.
- ¿Y?
- ¡Y ojalá le metamos cuatro!
- ¿Cuatro? ¡Cinco le vamos a...!
- ¡¡¡Es acá!!! -lo interrumpí desaforado. De repente por primera vez en mi vida veía la silueta de la cancha de Colón, el famoso "Cementerio de los elefantes". Llegamos con el auto hasta donde pudimos.  Lo tiramos sobre una calle y salimos corriendo sin siquiera fijarnos cómo cuernos se llamaba la bendita calle. Se escuchaban algunos cantos. Seguimos corriendo y la gente empezó a cantar más. Una ráfaga de viento nos trajo unos papelitos que salían de la cancha.
- ¡Debe estar por empezar el segundo tiempo! -me avisa Joaquín y mete un pique largo- ¡Dale, vamos!
Yo no podía hablar, corría con esfuerzo y el corazón me latía a más no poder. El estadio estalló cuando pisamos el primer escalón. Faltaban pocos metros y el último control no tenía ningún apuro.
- ¡Vamooooos que ya empieza el segundo tiempo! -lo apuro un poco.
El viejo se ríe y me dice:
- ¡Epa! Tanto apuro... Si van perdiendo 2 a 0.
Joaquín me mira incrédulo, la gente de Colón cantaba y festejaba.
- ¡Andá a cagar! - le dije al viejo choto. Le arrebaté las entradas, lo miré a Joaco y le dije:
- No le creas una mierda.
Entramos a la cancha cuando Papa, Papita se escapaba por izquierda y mandaba su primer centro del domingo, en ese preciso momento... Para gritar el primer gol.
El resto de la historia ya lo conocés.
(Vélez remontó un 2 a 0 y ganó 4 a 2 - 26 de abril de 2009)


Pablo Pedroso.
Buenos Aires, 15 de mayo del 2009
Read More

Desde afuera (un cuento de Lucas Otero)

Ese Gol, Dios mío, que Gol.

Los sueños, de tanto insistir, se hacen realidad, y eso se sabe.

La pelota venia bombeada y yo, parado como siempre de nueve, pero esos nueves que bajan, no se crea que me quedaba pegadito al área como un pescador, no, yo bajaba y armaba el juego “jugaba y hacía jugar”, la pelota venía bombeada le decía, creo que había rebotado en mi profesor de historia en un despeje, saqué un fulbo de chilena que si se lo cuento no me cree, y menos aun me creería si le digo en que parte del arco entró el cuero. Además, para ganarme su reputación de mentiroso, yo soy de esos zurdos que quién sabe por qué las chilenas y las rabonas las hacen con la derecha, a veces pienso que es porque con una pierna nos basta y nos sobra, la derecha la tenemos para poder correr a la par de los demás, aunque ni eso. Le decía que la bocha se clavó en un ángulo inatajable para cualquiera que se encontrara defendiendo los tres palos, inclusive para mi profesora de matemáticas. La reputa madre, el Gol se lo hice a mi profesora de matemáticas, ¿usted puede creerlo? A mí me chupó un huevo, yo lo grité.

El partido se dio por terminado en ese instante, porque teníamos que hacer un ejercicio de integración de grupo o alguna boludez por el estilo, era lo lógico, después de eso no había más que hacer futbolísticamente hablando, no había nada más para ver, “se acabó lo función” pensé.
Nadie me dijo nada, nadie hizo un comentario, ni siquiera Lucas, como jugaba mi tocayo Lucas, un 5 de esos, para qué le voy a mentir. Es el día de hoy que sostengo que esa falta de comentario fue porque atajaba la puta esta de matemáticas, si estaba en el arco alguien con pito, todos me lo hubieran reconocido, y uno a veces hace las cosas para que se las reconozcan, para levantarse más minas, no me venga ahora a decir que no, de todas maneras le digo, que cuando la bocha venía bombeada, lo que menos pensé fue en ella, simplemente fue ese impulso que tenemos los buenos jugadores del balompié.
Yo interiormente sabía, y es el día de hoy que sé, que si en el arco estaba quien usted o Dios quiera poner, la masa de aire entraba igual, o mejor aun, porque los arqueros, los de a de veras digo, cuando saben que no llegan se tiran igual para que los compañeros no lo puteen, y le dan ese show a la jugada. Eso le faltó al mío, un poco de show, una volada, un “algo más”. Pero no, la de matemáticas sólo me desmereció diciéndome que le había pegado muy fuerte. Ni idea tenía, no sabía las cosas que se me cruzaron en ese momento, además yo pensaba que cómo me podía decir eso si la caze a 17 metros del arco.

Al retirarnos pasé por la cancha y me quedé sentado al borde, había unos chicos jugando y bastante bien creo, pero yo me quedé mirando e imaginando mi Gol, pensaba que tendría que haber una palabra en el diccionario que defina lo que hice, porque Gol le quedaba chico, una cosa es un Gol y otra fue lo que hice, son dos cosas totalmente distintas, la única, e injusta similitud, es que suman lo mismo, y eso, señores que hacen el reglamento, sépanlo, esta muy mal.

Pero le decía que me paré al borde de la cancha y quería saber cómo había sido, ¿cómo podía haberlo hecho y ni siquiera verlo? Qué injusto que es vivir en cámara subjetiva, uno se cuida, se mira al espejo actuando entre los demás, y cuando llega el momento no puede verse.
Fue media hora para reconstruir 1 segundo, quizá 2, “no puedo, no se puede” me dije, me paré y conté los 17 metros que separaban el lugar del hecho al del arco y me fui a casa, pagué 2 boletos, uno para mí y otro para mi orgullo, que seguramente tendría que haber pagado exceso de equipaje.
Desde ese día tengo la costumbre de hacer ese ejercicio antes de jugar, ese de mirar la cancha y verme ahí. Trato de evitarlo, le juro, pero tengo sueños y no puedo con ellos. Muy pocos fueron los días que tuve la necesidad-obligación de mirar después del juego, muy pocos, pero muy pocos. Tengo horas y pasión por la pelota, pero un Gol como ese día, nunca más, lindos e importantes si, pero no como aquel. Y no me diga que las cámaras, la tecnología y esas boludeces, por favor, las cámaras no graban las sensaciones, y mucho menos logran reproducir los sueños.

Pienso que ese Gol fue lo peor que me pudo haber pasado, me obligo a tener la necesidad de verme, pasa que no sólo me quiero ver en una cancha de fútbol, me quiero ver amar, trabajar, caminar y hasta comprar fasos para ver de qué manera seduzco a la del súper que está bastante buena, pero al igual que en mis sueños, la subjetitividad de las cosas me persigue. Pienso que ese Gol fue lo peor que me pudo haber pasado, le decía, porque hasta me quitó las ganas de jugar al fútbol, porque un Gol como ese día, nunca más.

Y diga usted que se lo hice a mi profesora de matemáticas.

Lucas Otero - Septiembre 2002
www.cydlibro.blogspot.com/
www.corteydisolvencia.com
Read More

Gracias Maestro (19/07/2007)

Me acabo de enterar que falleció el Negro Fontanarrosa. ¡Qué cagada viejo! Los héroes no deben morir.
El mundo será mucho más difícil, triste y aburrido ahora que él no está.
¡Con razón el cielo se puso gris y la tarde una reverenda mierda!
Maestro, permítame que al menos le dé las gracias.
OK, trataré de hacerla corta pero la lista es larga: gracias por haberme hecho muy feliz con su obra y por darme tanto. Gracias por sus cuentos, por sus chistes, por sus formidables personajes y sus inmejorables dibujos. Gracias por su pasión. Gracias por su generosidad, gracias por inspirarme, por haberme hecho reír, pensar, sentir…
Gracias Roberto Fontanarrosa. Gracias Maestro. Usted es mi héroe.

Un admirador, un disfrutador.
Read More

Evento Cultura Fútbol


Click en la imagen para ampliar
Read More

Un nuevo cuento

Después de un largo período de descanso acabo de subir un nuevo cuento. Un saludo a todos los que visitan el blog. Gracias y buen año.
Read More

13. No le hagás penal

-¡No le hagás penal! ¡No le hagás penal! -le grité desesperado al Cabezón pero ya era tarde. Su pierna izquierda barría sin ningún pudor al rapidito de Baralo. Y Martínez, como nunca, siguió la jugada de cerca y pitó la infracción: Penal. ¡A llorar a la iglesia! El Cabezón no entendía por qué semejante enojo de mi parte, por qué lo puteaba sin parar:
- Vamos ganando 3 a 0 fácil y el partido ya se termina, Flaco. ¡Tanto quilombo por un penal!
¿Qué le podía explicar? ¿Que prefería el gol de una, de jugada, que de penal? ¿Que yo sabía que el que lo iba a patear era el mismísimo Lucero? ¿Que estuvo todo el partido esperando una oportunidad como esta? Nada, no le dije más nada. ¿Para qué? Si igual, no hubiera entendido un pomo.
Me fui hacia el arco, resoplando un poco, mucho, manoteé la toalla y me sequé el sudor de la frente. Hice algo de tiempo, miré los rostros de la gente en la popular y no me di vuelta hasta que los silbidos confirmaron lo que sólo yo sabía. Lucero quería patear el penal. Giré y lo vi venir. Avanzaba lento y seguro. Se abría paso entre los suyos buscando la pelota, sin escuchar a nadie, sin mirar a nadie. Los ojos clavados en mí.
“Otro arquero patea penales”, dirían en las radios. “Como Saja, Rogerio Ceni o como el mejor de todos: Chilavert”. “¿La primera vez que patea un penal Lucero?” preguntaría algún relator. “Si, si, la primera vez”, respondería el comentarista con cierto miedo a equivocarse, un poco perdido, inseguro, hurgando entre su memoria, sus apuntes y sus estadísticas.
“Estamos presenciando un momento único, señoras y señores”. El relator intentaría darle un poco de fantasía a su transmisión. “El enfrentamiento entre el maestro y su discípulo, ¡entre la juventud y la experiencia!”. Palabras más, palabras menos le contarían a la gente lo que la gente ya sabe: que fui el suplente de Lucero durante 7 años; que él ya tiene 36 pirulos y yo apenas 25; que seguramente él me enseñó tooooodo lo que sé; que hace tan sólo 3 meses Lucero rescindió su contrato y se alejó del club en el que jugó todo su vida sin explicar demasiado por qué; que la vida nos hizo muy amigos y ahora, con esas cosas que tiene el fútbol, nos pone frente a frente y bla, bla, bla…
“¿Me pareció a mí o no se saludaron Donato y Lucero?” deslizaría cargado de intención algún comentarista. “Es cierto, muy cierto. Bueno, convengamos que siempre se corrió el rumor de que las cosas no terminaron bien entre los dos”. Acotaría un cronista que informa desde el campo de juego. “¡No me diga!”, se haría el tonto el relator. “Pero ¿Usted sabe algo, mi amigo? Es llamativo, ¿no? Lucero nunca pateó un penal y justo se le ocurre patear ahora, contra su ex club, frente a su ex suplente y amigo. Mmm… Algo pasó”. “Dicen que entre ellos hubo un asunto de polleras”.
“Lo noté nervioso a Lucero”, arrancaría el relator de otra transmisión. “Y, éste no es un partido cualquiera”, mencionaría su comentarista. “Ahora no”, se apuraría a meter un bocadillo el cronista de abajo. “Ahora el que parece nervioso es al Flaco Donato”.
¿Cómo no iba a estar nervioso? Nos enfrentábamos Lucero y yo. Afuera podían estar diciendo lo que quieran pero los únicos que sabíamos la historia éramos él y yo. No, miento: él, yo y Claudia. Justamente Claudia. Ella estaba en la platea. En el lugar de siempre, en el asiento de siempre, el mismo asiento desde el que alentó a su ex, el mismo asiento desde el que me alienta a mí. ¿Qué habrá sentido? Ni idea, jamás le pregunté. Mejor dicho, jamás quise saberlo. En ese momento tampoco la busqué con la mirada. ¿Para qué? ¿Para ponerme triste si descubría que lo miraba a él? No tenía sentido. Traté de concentrarme en la pelota, de adivinar cuál sería la opción que elegiría Lucero. Media cancha lo puteaba pero a él no le importó. Él quería hacerme un gol a mí, no a ellos, no a su ex club. ¿Y yo por quién atajaba? ¿Por el club, por mí, por él o por ella?
No lo tuve claro. Dudé. Tal vez por eso fue gol. Lucero no lo gritó y yo preferí ir a buscar la pelota adentro, pelearme con alguno, cualquier cosa con tal de no mirar a la platea, con tal de no enterarme nunca si Claudia festejó el gol.


Pablo Pedroso
Buenos Aires, 28 de diciembre de 2006
Read More

El orden de los factores no altera el producto

Creo que la gente que entra lee lo que tiene más a mano, por lo tanto modifiqué el orden de los cuentos y organicé la página para que puedan leer fácilmente el inicio de cada cuento y al que le interesa hace click en "seguir leyendo" y se abrirá la página con el cuento completo.
Gracias.
Read More

6. Huguito, mi amigo

Huguito fue siempre mi mejor amigo. Hicimos toda la primaria y la secundaria juntos. ¡Amigos desde el primer día! Nos cagábamos de la risa. Huguito vivía a seis cuadras de casa y lo único que no hacíamos juntos era ir a la cancha. Nunca entendí bien por qué pero él con el fútbol no se enganchaba. En todo lo demás era un fenómeno. Y siempre anduvo con buenas minas. Porque era entrador, simpático y con un toque de pinta de reo. Eso, a las minas, las mataba.
Apenas terminamos quinto año Huguito se piró a Miami, a laburar con un tío que vivía allá desde hacía una pila de años. Huguito siempre la tuvo clara. Imaginate: laburo asegurado, primer mundo, dólares, ¿qué más podés pedir? Hace poco vino por unos días a Buenos Aires y se trajo su novia yanqui para que la conozcan sus viejos. Irene se escribe el nombre de la mina, como acá, pero allá se dice “Airín”. No sé por qué pero a mí me causaba gracia el nombre “Airín”, me sonaba chistoso y cada vez que alguien la nombraba yo me tentaba. “Airín” era una pelirroja bien yanqui, pecosa pero de esas pelirrojas lindas. Porque viste que en el caso de las pelirrojas hay dos tipos bien diferenciados: las que son unos bagres sin remedio y las que son unos yeguones de aquellos. No hay término medio. Bueno, Airín era de estas últimas, un yeguón infernal.
Huguito y Airín llegaron a Buenos Aires el domingo que Banfield nos ganó 3 a 1 en la cancha de Vélez. ¡No sabés cómo estaba yo esa noche! Había ido a la cancha con el Tano Iezzi, los dos preparados para la gran fiesta, para dar la vuelta olímpica y nos tuvimos que volver con los trapos sin estrenar. El Tano para levantarme el ánimo, me decía: “¡No te amargués, vas a ver qué lindo! ¡Ahora le ganamos a los bosteros y les damos la vuelta olímpica en la jeta!”. Yo tenía un cagazo de madre y señor mío.
Fue así que cuando llegué a casa, mi vieja me avisa que había llamado Huguito y que estaba en la Argentina. ¡La alegría que me agarró! Hacía como cinco años que no nos veíamos. Ni me cambié, como estaba, con la camiseta del Rojo, me rajé para la casa de los viejos de Huguito. Nos abrazamos con él, con los viejos y me presentó a Airín. Nos quedamos meta charla hasta las cuatro de la mañana. Hablamos un vagonazo. Él me contó lo bien que le iban las cosas allá y yo lo mal que estaba todo por acá. Me dijo que hacía como ocho meses que vivían juntos con Airín y yo le hablaba del Rojo de Avellaneda y de nuestras grandes chances de salir campeones. A Huguito lo del Rojo le importaba una mierda pero la que parecía entusiasmada era Airín. Ella hablaba un poco de español, mezclaba algunas cosas y sonaba raro pero se defendía. Me empezó a preguntar de fútbol, de las hinchadas, de las camisetas, de todo. Y por supuesto, de Maradona. Le conté que el domingo se venía un partido clave, definitorio: Independiente – Boca en la cancha del Rojo y que si ganábamos, salíamos campeones. Airín se entusiasmó de una manera que no se podía creer. Empezó a decir que ella era del Rojo y que el domingo tenía que ir a la cancha. Se agarraba el pelo mientras lo miraba a Huguito y le decía:
- ¡Mira, mira! ¡Es rojo como Independiente, como mi sangre!
Huguito la miraba y le sonreía sin tomarla muy en serio.
- Yo el domingo voy a la cancha – insistía.
- Dale, vamos. Te llevo – dije yo entre risas. Y ahí la cagué. Sin darme cuenta la cagué. Quedé abrochado. El domingo estaba llevando a Airín a la cancha del Rojo a ver el partido contra Boca. ¡En la popular! Los dos solos porque Huguito no quiso venir ni a palos. Mirá que le rogué y le rogué pero nada.
La cancha estaba hasta las pelotas y Airín, fascinada. ¡Si hasta se había comprado la camiseta de Independiente! Te imaginás que tuvimos que ir temprano. ¡Hacía un calor…! Pero a esta mina no le importaba nada. ¡Tenía una alegría de estar ahí! Me preguntaba todo. Le expliqué que faltaban sólo dos partidos para que termine el campeonato, que en las últimas fechas no estuvimos jugando bien y que Boca venía ganando todo, que los ocho puntos de diferencia que teníamos sobre Boca se transformaron mágicamente en sólo tres puntos, que teníamos unos cuantos lesionados, que el calor…
- ¿Vos tienes miedo? – me dice con su acento raro – No más miedo. Vas a ser campeones hoy.
Tenía razón. Yo estaba abriendo el paraguas antes de tiempo.
Era muy divertido verla cómo aprendía los cantitos de la hinchada sin saber qué carajo querían decir. Al rato ella inventaba cantitos mezclando inglés y castellano. Un personaje la mina esta. Los chabones que estaban cerca no paraban de mirarla porque te juro que era un minón y la camiseta le quedaba como los dioses. ¡Cuando salieron las diablitas! Vos viste lo que son. Airín se hace un nudo con la camiseta, se pone bien sexy y me dice al oído:
- Yo ser una perfecta diablita.
Tenía razón era perfecta pero yo trataba de pensar en el partido, en Huguito, en cualquier otra cosa. Las diablitas se movían y Airín se movía igual. En eso llamó a un heladero que mientras le vendía un palito no sabía dónde frenar los ojos. Vos veías cómo los ojitos del tipo iban de las tetas de Airín a los ojos, de los ojos a la boca y de la boca a las tetas otra vez. Creo que terminó mareado el loco. A ella le importaba tres carajos, ni cuenta se daba.
Por fin empezó el partido. Al principio, en cada jugada de riesgo, ya sea nuestra o de los bosteros, Airín me agarraba del brazo. Después directamente me abrazaba y me clavaba las tetas en la espalda o en el hombro al tiempo que daba pequeños grititos. Te juro que me desconcentraba. Para colmo el partido estaba complicado, recontra complicado. Y ni te cuento cuando en el minuto 38 del primer tiempo, el mellizo Guillermo nos mete un gol. La hinchada se quedó muda y la única que gritaba era Airín:
- ¡Los Bocas son putos! – gritaba.
El segundo tiempo fue para sufrir. Los de Boca se perdieron no sé cuantos goles, nosotros parecíamos casi sin piernas. Todos lanzados al ataque como desesperados y descuidando el fondo. Airín se la pasó todo el tiempo abrazada a mí. Hubo un par de jugadas del Chelo Delgado que no fueron gol de milagro. En esas jugadas ¿sabés lo que hizo? Me agarraba la mano y me la mordía de los nervios, cuando la jugada pasaba me daba besitos en los lugares que me había mordido. Estaba loca, loca de atar. Y a mí se me paraban hasta los pelitos de la nuca.
Los de Boca cantaban cuando llegó el minuto 41 y en eso asoma Pusineri, salvador, para clavar un cabezazo a la derecha de Abbondanzieri. Gol del Rojo. Pegué un salto para gritarlo cuando Airín eufórica me agarra y me mete un chupón que casi me atraganto. A mí se me mezcló todo. No entendía nada y esta mina no me largaba. Terminamos tirados sobre los escalones de la popular, la tenía encima, completamente montada chuponeándome a más no poder. Por mi cabeza pasaron imágenes de Huguito, mi amigo del alma, mezcladas con el Tolo Gallego, Bochini y yo qué sé cuantos más. De repente se paró y empezó a saltar como el resto de la hinchada. Giró hacia mí y me ofrecía la mano para que me sumara a la hinchada. Yo, desde el suelo, la miraba como si sus movimientos fueran en cámara lenta. Ese pelo rojo, hermoso se movía de una manera espectacular. Y sus tetas… ¡Mi Dios! Eran perfectas, dibujadas, soñadas. Se movían y danzaban por debajo de la camiseta del Rojo con una cadencia sublime. Ahí me di cuenta de que no hay nada más lindo que una hermosa mujer saltando y alentando con la camiseta de tu equipo. Porque si ese día todos se hubiesen matado por tener la camiseta de Pusineri, yo hubiera preferido cien veces la camiseta de Airín.
El regreso fue de terror. Ella quería festejar, festejar conmigo. Y si entendiste lo excitada que estaba, te darás cuenta de cómo pensaba festejar. Yo trataba de no mirarla y de pensar todo el tiempo en mi amigo, mi mejor amigo. La dejé en la casa de los viejos de Huguito. Apenas se bajó del auto me fui rajando sin ver a nadie porque no sabía qué carajo hacer o decir. A la noche, tarde, llamé a Huguito por teléfono y lo cité en un bar, le pedí que vaya solo, que necesitaba hablar con él. Le conté todo. Él es mi mejor amigo y decidí ir de frente, con toda la verdad. Huguito se enojó. Casi me pega. A punto estuvo.
Aquel día perdí a mi mejor amigo. Aquel día perdí la posibilidad de voltearme a ese bombonazo.
Todo mal.
O casi, al menos el Rojo empató.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 11 de diciembre del 2002
Read More

3. Amanecer en Tijuana

Sólo yo sé lo que pasó. Nadie más sobrevivió aquella noche y sólo yo sé qué sucedió en el Tijuana. Aparece gente de vez en cuando que dice haber sobrevivido a aquella masacre pero todos ellos mienten. Hablan como si supieran, inventan hechos y personajes, nombres de víctimas y culpables, se atribuyen actos de heroísmo y cuentan versiones con tanta pasión que algunos de sus ocasionales oyentes pueden llegar a creerles. Pero no, nada de lo que dicen es lo que realmente sucedió. Todas las historias que cuentan por ahí sobre aquella noche en el Tijuana, y no son pocas, suelen mencionar al Loco Garrido como el responsable directo de esa gran matanza. Y todas, todas las historias que he oído, sin olvidarme de ninguna, se equivocan. El Loco Garrido estuvo allí, nadie lo puede negar. Pero el Loco fue uno de los primeros en morir, apenas empezó la masacre y casi sin entender bien qué era lo que pasaba. Su cuerpo tenía tres disparos, uno de pistola en su cabeza y dos escopetazos en la espalda. La sangre que brotó de su frente cuando fue asesinado a quemarropa inmediatamente se mezcló con las lágrimas que lloró, unos segundos antes, pidiendo clemencia. Luego, uno de sus propios hombres al verlo muerto y tirado en el piso como un trapo viejo, le disparó los dos escopetazos en la espalda al tiempo que reía a carcajadas. Otros dos se acercaron al cadáver bien muerto de El Loco Garrido, uno le dio una patada en su rostro que pareció dibujarle una sonrisa. El segundo lo meó. Sí, es cierto, lo meó. Con una meada tan larga que recorrió el cuerpo de El Loco haciendo dibujos con su meo. Se ensañó con lo que quedaba del rostro de Garrido, pasó por la boca y los ojos tiesos hasta llegar a una de las orejas donde descargó las pocas gotas que le quedaban. Pobrecito Garrido. No le perdonaron nada.
Pero no fue él quien peor la pasó. Todos, excepto yo, sufrieron lo suyo. El primero en morir fue Altuna. Cuando comenzó la discusión y algunos se paraban preparándose para la gran pelea, Altuna quiso calmar a las fieras. Apenas alcanzó a ponerse de pie cuando recibió un botellazo que le sacó media oreja. Eso no fue lo que lo mató, fue la caída. Su cabeza dio contra la base de una de las enormes columnas del Tijuana. Y Altuna no se movió más. Por un segundo todos se callaron hasta que el Trucho Santana se puso como loco al darse cuenta de que su compañero de toda la vida estaba muerto. Santana rompió el silencio con un alarido que parecía no terminar nunca. Empezó a girar, una y mil vueltas mientras disparaba sus dos revólveres sin importarle a quién reventaba y a quién no. Al menos cuatro tipos mató y otros dos resultaron heridos pero nada calmaba la locura del Trucho Santana. De una esquina del salón saltó el Gordo Gentile llevando una mesa como escudo. Con mesa y todo se tiró encima del Trucho. Los ciento veinte kilos del gordo cayeron sobre Santana, rompiendo la mesa en unos cuantos pedazos y dejándolo medio tonto. El Gordo se arrodilló sobre el pecho del Trucho, lo cazó de los pelos y empezó a golpearle la cabeza contra el piso. Recién cuando vio que en sus manos había sangre entendió que ya lo había matado hacía rato. Se incorporó, se restregó las manos en su camisa, incómodo con el pegote de los pelos del Trucho Santana entre sus dedos y salió corriendo hacia el baño del Tijuana para quién sabe qué.
A esta altura todo era un caos, había más cadáveres que gente viva. Los mellizos Cortina se medían a punta de cuchillo. Carlitos, el más petiso de los dos, corría a su hermano Adolfo por detrás de la barra del bar. Cuando Adolfo se vio encerrado no le quedó otra que enfrentar a Carlitos. Los dos se miraron sin pestañear. Todos los que conocíamos a la familia Cortina sabíamos que el enfrentamiento entre los hermanos, tarde o temprano iba a llegar. Ambos se odiaban. Y la culpa, dicen, la tiene la madre. Carlitos aparecía más agazapado que Adolfo pero los dos estaban muy alertas a los movimientos del otro. A ninguno de los mellizos los distrajo el grito que pegó el Negro Galván cuando el Tute García lo despachó de un solo tiro en medio del pecho. Carlitos tiró el primer puntazo pero su hermano pudo esquivarlo sin problemas. Los dos sudaban y mucho. Los ojos de Adolfo estaban tan rojos que parecían a punto de explotar. Carlitos tiró el segundo puntazo, Adolfo lo bajó con la mano izquierda y le clavó un cuchillazo en la panza que casi lo pasa de lado a lado. Carlitos se aferró a su hermano, lo miró a los ojos y algo quiso decirle pero sólo pudo vomitarle sangre. Adolfo lo dejó caer manteniendo el cuchillo firme y le abrió un nuevo tajo hasta los pulmones. Recién ahí lo largó. Adolfo avanzó un par de pasos, cuando se dio vuelta para ver a su hermano, un escopetazo le partió la cabeza. Estoy seguro de dos cosas: la primera es que Carlitos tuvo unos segundos más de vida para disfrutar viendo cómo su hermano moría primero, y la segunda cosa que puedo asegurar es que Adolfo ni supo que fui yo quien le disparó el escopetazo. ¿El motivo? Ya no había motivos a esa altura de la noche. Era tal el quilombo que el que no mataba, moría.
Con un estruendo cayó el Gordo Gentile por las escaleras que bajaban de los baños. Su enorme cuerpo quedó en una posición casi ridícula. Más atrás apareció el Chino García, el primo del Tute, con una pistola aún humeante. El hijo de puta cruzó casi todo el salón sin recibir un solo rasguño, agarró del cuello, tratando de arrancarle la garganta, al tipo que había meado al pobre Garrido. El tipo manoteaba el aire sin lograr zafarse del Chino, Y cuando el Chino se cansó de hacer fuerza, le clavó la pistola caliente en medio de las bolas y le pegó tres tiros en los huevos que nos dolieron a los pocos tipos que vimos lo que pasaba. El Chino buscó otra víctima. Revisó un par de cadáveres hasta que encontró al Tute con una gran cuchilla clavada en medio del cuello. Levantó la vista y éramos muy pocos los que quedábamos vivos: un tal López, hombre de El Loco Garrido; un flaco alto y pelilargo que había empezado a trabajar de mozo la semana pasada; el Beto Beltrame, compañero mío de la primaria y yo. Todos los demás que habían estado esa noche en el Tijuana ya estaban muertos. Nunca me puse a contarlos pero supongo que eran más de veinte. López y el flaco estaban trenzados en plena lucha sobre los restos de una mesa; el Beto Beltrame se ocupaba de vaciarle los bolsillos a todos los muertos que estaban a su alrededor. Por lo tanto cuando el Chino levantó la vista al que primero descubrió fue a mí. Yo estaba del otro lado del salón, parado, como esperando un nuevo contrincante. Tenía la escopeta agarrada por el caño, hacía rato que me había quedado sin cartuchos y la usaba como bate de béisbol o cómo podía. Antes, un rato antes, le había dado un culatazo a Domingo, el dueño del Tijuana. Del golpe le saqué el ojo izquierdo. Cuando cayó de rodillas, delante de mí, le clavé un puntinazo bajo el mentón que le hizo sacudir la cabeza y se escuchó cómo se le quebraban las vértebras de la nuca.
El Chino García se me vino encima. Avanzaba como un toro, levantando su pistola, decidido a descargarme todos los tiros que pudiera. El cagazo que me pegué fue tan grande que tardé un par de segundos en darme cuenta de que el Chino apretaba el gatillo pero no tenía balas. Me preparé para recibir su embestida con el culatazo más fuerte que pude preparar. El Chino aceleró los últimos dos metros con la intención de voltearme pero la suerte estuvo de mi lado. Se pegó una patinada en un charco de sangre que voló por el aire hasta caer justo frente a mí. Salté sobre el Chino y le pegué de lleno, en el rostro. Unos cuantos dientes que volaron de la boca del Chino cayeron cerca de donde el mozo flaco terminaba de acogotar a López. Le di un revés con tanta fuerza que juro, me dolieron las manos. De la cabeza del Chino brotaba mucha sangre y se mezclaba con los otros charcos que bañaban el salón del Tijuana.
El alarido del Beto Beltrame inundó el lugar. Fui en su ayuda lo más pronto que pude pero llegué tarde. Lo encontré en el piso con un puñal clavado en el corazón. Sobre su cuerpo estaba el mozo flaco arrancándole con los dientes las orejas al pobre Betito. Este pendejo maldito se creía Tyson. Le manoteé la melena y lo empecé a arrastrar por el bar. El muy puto trató de agarrarse de lo que le pasaba cerca pero lo revoleaba con tanta violencia que sus intentos no le sirvieron de nada. Pataleaba y tiraba manotazos. Lo llevé hasta el espejo grande que había detrás de las escaleras, lo levanté y lo arroje contra el espejo. Cuando cayó, agarré un trozo grande del espejo y le rebané la garganta. El flaco se movió un poco, desprolijo, como una gallina mal matada. Su cuerpo habrá dado cuatro o cinco saltitos, después no se movió más.
Miré a mi alrededor y ya nadie quedaba con vida. El único sonido era el del televisor, ese sonido horrible de un televisor sin señal. De un botellazo hice explotar la pantalla. Un polvito blanco, como un talco y algunas pocas chispas, cayeron sobre el cadáver de Altuna. Me asomé a la puerta del Tijuana, ya estaba amaneciendo y me alejé despacio, con mucho esfuerzo. Mis piernas empezaban a temblar.
Nunca más volví al Tijuana. Ni siquiera pienso hacerlo en un futuro. Ese lugar no es lo que era. Doña Alicia, la viuda de Domingo, ya no deja que nadie prenda el televisor si hay un partido de fútbol.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 8 de agosto del 2002
Read More

2. Fui yo

Cuando Benjamín Antonio Firpo, el Conde, llegó al club, el primero que lo bancó fui yo. Con decirte que apareció el primer día, al primer entrenamiento y llegó una hora tarde. No lo junaba ni el chabón de la puerta. Recién caía de Pergamino, no conocía a nadie y el primero que lo ayudó fui yo. Me acuerdo que Miguel, el de secretaría, me pidió que lo acompañara hasta la cancha auxiliar. Y fui yo quien lo llevó mostrándole las instalaciones, los vestuarios, en fin, ayudándolo en sus primeros pasos por la institución. El Conde, el “Crack”, Benjamín Antonio Firpo era un chipiscuí en ese entonces. Casi no dijo palabra en todo el recorrido y mirá que hay que patear desde la puerta hasta la auxiliar. Yo creo que el tipo no hablaba porque no lo podía creer. ¡Y también, con el pedazo de club que tenemos...! Miraba todo y después me miraba a mí, con los dos ojos bien abiertos.
Cuando llegamos a la canchita el primero que se arrima fue Coco Maldonado, que en ese entonces estaba como ayudante de campo de Rojas. Imaginate, todo el plantel ya estaba corriendo hacía rato. Viene Coco, mira su reloj, le pone cara de orto por la llegada tarde y le pregunta si él es Firpo. ¿Entendés? Ni Coco Maldonado lo conocía a Firpo. Entonces salto yo, para salvarlo y le digo, exagerándola un poco: “Sabe lo que pasó Coco, lo entretuve yo sin darme cuenta. Discúlpeme. Le mostré el club, los vestuarios, le di un paseíto... ¿Vio?”. “Andá, pibe” me dijo Coco y se lo llevó para donde estaba el resto del plantel. Yo me quedé cerca, detrás del arco que da a las vías para chusmear un poco el entrenamiento. No sé qué habló con Rojas pero no fue mucho porque enseguida salió rumbo al vestuario junto a Alcides, el utilero. Fue entonces que el Conde pasó cerca de donde yo estaba y me guiñó un ojo, compinche, agradeciendo la ayudita. Te imaginás que para mí eso fue de mucho valor. Vos sabés que los de primera ni te miran. ¡No te dan bola, hermano! Y menos en los entrenamientos. Para colmo, en los partidos, uno labura los noventa minutos y lo único que recibe de estos tipos son reclamos. Porque siempre tienen una excusa para putearte. Si van ganando y se la alcanzás rápido te putean porque quieren hacer tiempo. En cambio, si empatan o pierden y vos tardás un segundito de más, te recontra reputean como si la culpa de los goles que les hacen la tuviera uno. Pero el Conde no, el Conde, al principio, era distinto. Es más, me acuerdo que ya en los primeros partidos que jugó antes de que lo bautizaran como el Conde, los periodistas decían eso, que era un jugador distinto. Claro que ellos hablaban de cómo jugaba, de su estilo refinado y esas cosas pero yo lo decía porque a mí me daba bola, ¿entendés? Por eso que era distinto. Me saludaba, me pedía que le haga gamba cuando todos se las picaban y él se quedaba practicando tiros libres. Y yo chocho. Siempre le separaba las pelotas bien infladitas como a él le gustaban. Se las ponía una al lado de la otra para que patee y corría a juntarlas adentro del arco, porque siempre las embocaba, todas, ni una pifiaba. Se las traía de nuevo y él seguía pateando, así, hasta que se cansara. Después cuando salía de ducharse pasaba por el buffet y me invitaba con un sanguchito o alguna cosa.
En los partidos, mi sector es abajo de la platea local y vos viste lo que son los muchachos de la platea... ¡Más jodidos que los de la popular! Los primeros partidos lo puteaban sin parar. De todo le decían. Ahora todos lo tienen de ídolo pero de entrada ni la hora le daban. Un día, me acuerdo que un gordo forro no lo dejó en paz los noventa minutos: “¡Andate pecho frío muerto de hambre!” le gritaba. Y para colmo al Conde no le salía una. Faltaba poco y el referí nos da un tiro libre muy cerca de donde yo estaba. ¿Quién iba a hacer el centro? El Conde Firpo. ¿Quién estaba atrás mío puteándolo? El gordo forro. Le alcancé una pelota al Conde, bien infladita, especial parecía. El tiro era bastante esquinado. En el medio del área estaban Romero y Tessino que vos viste que las cabecean todas. El Conde mide los pasos para patear el tiro libre mientras el gordo lo seguía puteando. Por atrás lo veo entrar al área al jujeño Coria, al trotecito, haciéndose el sota. Y ahí nomás le grité: “¡A Coria!”. ¡No sabés qué gol! ¡Pero qué gol! ¡Un golazo! Se la puso justa, servida, para un frentazo de Coria que la clavó bien abajo. ¡Qué alegría, viejo! Los que estábamos por ese sector nos tiramos encima del Conde para festejar. El Conde se abrazó con todos nosotros y entre ese montón de brazos sentí por un instante cómo me agarraba. El jujeño Coria vino corriendo a buscarlo y lo desprendió del grupo para festejar con él, yo me di vuelta, lo miré al gordo forro que todavía gritaba el gol. Apoyé el dedo índice sobre mis labios y le hice un gestito de que se callara. Nunca más lo puteó.
Ahora el Conde es famoso. Va a la tele, sale en los diarios, ya nadie lo putea. Bueno, nadie nadie, no. Las hinchadas contrarias lo putean y le tiran con lo que tienen. ¿Ves esta cicatriz, acá arriba, en la frente? Fue en el partido contra Platense. Córner para nosotros que ganábamos dos a cero. Se acerca el Conde para patear. Yo estaba atento para alcanzarle la pelota cuando veo que de la tribuna visitante viene volando un piedrazo en dirección al Conde. No sé cómo hice de rápido pero tiré un manotazo y lo corrí justo justo para que no le diera al Conde. Tan justo que el piedrazo me lo ligué yo. Tres puntos me dieron. Ahora no se nota mucho pero me salió bastante sangre. Si casi suspenden el partido.
¿Entendés mi bronca cuando digo que nadie reconoce nuestro esfuerzo? Todo el mundo se piensa que nosotros estamos ahí, en la cancha, como espectadores de lujo, para alcanzar las pelotitas y nada más. No señor. Lo nuestro es un laburo importante para el club y para el equipo. Un laburo que nadie te reconoce y que nadie te agradece. ¿Sabés cuánto tiempo hice en la semifinal de la Libertadores del año pasado? La que ganamos cagando dos a uno… ¿Sabés cuántos segundos? Te digo porque los conté. Cada vez que la pelota salía por mi sector contaba el tiempo entre que buscaba la pelota, se la alcanzaba al jugador que tenía que sacar y este la ponía en juego. Así todo el partido. Bueno, ese día, yo solito hice ciento treinta y ocho segundos de tiempo. Posta. Sumá lo que abran hecho los demás chicos y ahí tenés un numero importante. Y no te digo cuando tenés que bancarte a un jugador contrario que para apurarte te tira toda la carrocería encima. Esa te la regalo. Pisotones, codazos, pechazos. De todo nos comemos nosotros. ¿Alguien lo reconoce? Nadie. ¿Alguna vez escuchaste de un alcanza pelota lesionado? No. Bueno, pero hay. Si señor. Y nadie se entera y nadie dice nada. Y menos desagradecidos como este turro de Firpo que ahora que está por irse a jugar a Europa se olvida de como llegó a donde está. Porque lo que hizo ayer no tiene nombre. Ojo que no me quejo porque el Conde hizo el gol con el que salimos campeones. ¿Cómo me voy a quejar? ¡Justamente con ese golazo! Si además fui yo, viejo. Fui yo el que le dijo: “¡Pegale al palo del arquero!”. Y el Conde me hizo caso, una vez más me hizo caso. Y fue gol.
Yo me imaginé que el Conde se iba a dar vuelta, me iba a abrazar y me iba a llevar en andas. Pero no. Apenas vio que la pelota tenía destino de red salió corriendo a gritarle el gol a la cámara de TV, como si fuera Maradona en el mundial del ´94. ¡Maradona! ¡Pero por favor...! Sabés lo que le falta a este... Decí que uno defiende los colores del club juegue quien juegue que si no, la próxima, vez no lo ayudo un carajo y que se arregle solo.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 1 de setiembre del 2002
Read More

1. Partido soñado

Cuando sonó el teléfono, el Bichi jamás se imaginó que era Sampietro quien lo sacaba de la cama. Se había acostado pasadas las diez de la noche con la idea de dormirse mientras miraba el segundo tiempo del partido de fútbol que daban en la tele. No quería desvelarse. Al otro día, como todos los sábados, tenía que levantarse a las 7 de la mañana para ir a trabajar.
- ¿Qué pasó Sampietro?
- Espero no importunarte Bichi pero se lesionó Coquito.
- ¿Y entonces?
- Y entonces me parece que lo más justo es que vos y Peralta compartan el puesto, un tiempo él y un tiempo vos. Ya te lo dije la otra noche, para mí los dos están en un nivel parejo, por eso quiero que la oportunidad la aprovechen al mango. ¿Te va?
- ¿Me lo dice en serio? Más vale que me va – contestó el Bichi entusiasmado.
- Mirá que el partido lo adelantaron para mañana a la mañana.
- ¿Mañana? ¿A qué hora se juntan?
- A las 9 en punto. No me vayas a fallar. Ellos llegan 9 y media y nosotros tenemos que tener todo listo para recibirlos como corresponde.
- Ahí estaré. ¡En punto! Y gracias por llamarme. Le mando un abrazo Sampietro.
Cuando el Bichi cortó la comunicación era otra persona. Se lo veía radiante, con un brillo intenso en los ojos. Estaba muy excitado y necesitaba compartir la noticia con alguien pero en su casa, justo esa noche, no había nadie. Eran casi las once. Gloria, su esposa, estaba en una cena en el colegio donde trabaja y los chicos, que ya no son chicos, los viernes sólo pasan por la casa a bañarse y cambiarse para salir a divertirse.
Se le ocurrió la obvia:
- ¿Vieja? ¿Qué hacés? – gritó el Bichi con el entusiasmo que arrastraba por la noticia.
- Duermo Jorgito. ¿Qué pasó? – preguntó su madre entre dormida y preocupada.
- Nada vieja, es que me llamaron del club y mañana tengo partido, a la mañana temprano. ¡Jugamos contra los veteranos de Boca!
- Y el negocio ¿Quién lo atiende? – preguntó su madre ya bastante despierta.
El Bichi recién en ese momento cayó en la realidad de sus obligaciones.
- Por eso te llamo, viejita. ¿Me cubrís? – y al ver que se demoraba la respuesta del otro lado de la línea, continuó. – Imaginate que no puedo faltar. Me acaba de llamar Sampietro para que le dé una mano. ¿Me escuchaste que son los veteranos de Boca?
- ¿Vas a jugar contra unos viejos chotos?
- No, mamá ¿qué decís?… Voy a jugar contra unos cuantos ídolos de Boca. Jugadorazos de verdad. Van a estar el Muñeco Madurga, Perotti, Mouzo y muchos más. Dale, cubrime y el domingo nos juntamos en casa que las pastas las preparo yo.
Y así quedó arreglado.
El Bichi abrió el placard y empezó a preparar su bolsito para el día siguiente. Acomodó un jogging gris en el fondo y por sobre este fue colocando cada una de sus prendas con mayor cuidado que otras veces: el pantalón blanco, su buzo de arquero y una remera. Dos, mejor, por si hace falta. A un costado puso el par de medias y notó que estaban más descoloridas de lo que hubiera deseado pero se resignó, eran las únicas medias limpias que le quedaban. En el lado opuesto ubicó los guantes que le regalaron sus hijos en alguna Navidad. Volvió a sacarlos, los miró de ambos lados, los besó y los guardó como si fueran de un cristal delgado y temiera que algo pudiera quebrarlos en mil pedazos. Por último, como nadie lo veía, refregó los botines contra la colcha de su cama para quitarles el poco polvo que podrían tener y los acomodó por encima de toda la ropa, con los tapones para arriba.
Ni bien pudo se acostó nuevamente. Intentó quedarse despierto para contarle a su esposa la buena noticia pero su esfuerzo no alcanzó, apenas pasaron cinco minutos ya estaba dormido. Cuando Gloria llegó, sintió pena de despertarlo, lo vio tan plácido y con una sonrisa coronando su rostro que hizo lo imposible por no incomodarlo.
El Bichi, como era de suponer, soñó con el partido que jugaría a la mañana siguiente. Se veía en un estadio que, si bien no reconocía, evidentemente era un lugar importante, el marco ideal para un partido trascendental. Las formaciones de los dos equipos estaban impecables y enfrentaban un palco con quién sabe qué personalidades. Una banda de uniformes coloridos e instrumentos excesivamente dorados se alejaba luego de interpretar el Himno Nacional y ponerle la piel de gallina a cada uno de los presentes. El público aplaudía todo lo que sucedía. El Bichi era el tercero comenzando de la izquierda, su indumentaria estaba reluciente. Lo único extraño para ser un jugador de fútbol era que mantenía puestos sus anteojos de siempre pero bueno, era un sueño al fin y al cabo. Los capitanes de ambos equipos intercambiaron banderines. A un costado Sampietro se abrazaba con el Toto Lorenzo, Distéfano y Carlitos Bianchi que se repartían la responsabilidad técnica de Boca. Llegó el momento en que los jugadores de su equipo pasaron a saludar a la terna arbitral, primero y luego a los veteranos de Boca en un gesto de cordialidad digna de tan importante encuentro. Ansioso mientras esperaba su turno, el Bichi miraba a sus compañeros que encabezaban la fila y se saludaban con tipos como Trobbiani, Perotti, Mouzo, Madurga, el Cacho Córdoba, Krasouski, la Pantera Rodríguez... Se preparó para estrecharles la mano con firmeza demostrando así la importancia de semejante acto. Estaba a punto de llegar, a pocos pasos de pararse frente a frente con cada uno de ellos. ¡Tan cerca estaba…! Pero primero se topó con el réferi. Su rostro no le resultó ni familiar ni amigable, por el contrario, le pareció demasiado serio para tanta fiesta, ausente quizás. Tenía los ojos perdidos y la piel de un color casi gris. El Bichi extendió su mano y el réferi la estrechó con una fuerza tal que se escuchó el sonido de los huesos de la mano del Bichi que crujían, que se despedazaban ante semejante apretón. El Bichi cayó de rodillas como rendido a los pies del réferi. El grito de dolor del Bichi fue tapado por la carcajada frenética del árbitro que reía y no le soltaba la mano.
De un salto el Bichi se despertó. Agitado, un poco ahogado y muy asustado. Revisó su mano, movió todos los dedos comprobando que sólo fue un mal sueño. Dio vueltas para un lado y para el otro tratando de alejarse de tan horrible pesadilla. Abrazó a Gloria que dormía y le dio un besito en la pequeña porción del hombro que asomaba por fuera de la sábana.
Esa mañana se levantó temprano como casi todos los días. El resto de la familia dormía. Decidió pegarse un baño a pesar de que siempre le pareció ridículo que alguien se bañara antes de un partido de fútbol. Esta vez no le importó, esta vez todo era distinto. Tomó de un solo sorbo una tacita con café, le dio un beso a su mujer que apenas abrió un ojo y salió directo hacia el club.
Llegó con tiempo de sobra aunque no fue el primero de su equipo, ya estaban Coco (el hermano de Coquito), el Gallego Ruiz y Peralta, terminando de cambiarse. Al poco rato llegó el resto. Se los veía contentos, se sonreían pero quién sabe por qué en el vestuario dominaba el silencio. Apareció Sampietro más arreglado que de costumbre, dio un par de indicaciones y se juntó con el Bichi y Peralta.
- Bueno, muchachos – comenzó diciendo – tiramos la moneda y el que gana ataja el primer tiempo, el que no, ataja el segundo. ¿De acuerdo?
Sin esperar una respuesta Sampietro arrojó la moneda al aire.
- Cara – se adelantó a eligir el Bichi. Como cada vez que participó en un sorteo de lo que fuera, desde pibe, él siempre elegía cara.
Pero esta vez salió ceca.
“No importa -pensó el Bichi-, en los finales de los partidos está la emoción, los abrazos y los festejos, y voy a ser yo quien esté en la cancha en ese momento”.
- ¡Ahí llegaron! – avisó con un largo grito el hijo del Gallego Ruiz que oficiaba de campana.
Los veteranos de Boca fueron bajando del micro que los trajo. Ya estaban cambiados y listos para empezar el partido. Mouzo encabezaba el grupo. Los curiosos del club se arrimaban como queriendo cerciorarse si eran de verdad. Y efectivamente lo eran.
El Bichi tenía una gran emoción. No es hincha de Boca, para nada, pero a él le encanta el fútbol. Desde chico, desde siempre, yendo a la cancha con su viejo, con sus tíos o sus primos. Muchos domingos de su vida, a disfrutar o a sufrir pero siempre viviendo el fútbol. ¡Y ahora, a los cuarenta y cinco años enfrentar a esos ídolos que son parte de la historia del fútbol argentino, compartir un momento con jugadores que fueron aplaudidos y ovacionados en tantas canchas, tipos que él mismo vio jugar desde atrás de un alambrado! No cualquiera tiene esa posibilidad. ¡Y de arquero! ¡Nada más y nada menos que de arquero! Se imaginó ganándole un mano a mano a Perotti, tapándole un cabezazo a Roberto Mouzo o volando para sacar al córner un tiro de larga distancia del uruguayo Krasouski. El momento que estaba viviendo el Bichi era único.
Pensando en todo esto se le pasó volando el primer tiempo del partido. El score estaba uno a uno y los veteranos le llegaban a Peralta por todos lados buscando meter el segundo. Cuando el réferi pitó marcando el final de la primera etapa, la pelota que rechazó el Gallego Ruiz caía en la zona del banco de suplentes. El Bichi la tomó y se acercó hasta el medio de la cancha para entregársela al árbitro del encuentro. El Bichi lo miró y recién en ese momento se dio cuenta de que el tipo se parecía bastante al réferi de su sueño. Tenía la piel gris como el otro y la misma mirada perdida, ausente. En el momento en que el árbitro giró y recibió la pelota de manos del Bichi, sus ojos se abrieron, dilatados, sus pupilas se pusieron inmensamente negras, profundas y se clavaron en los ojos del Bichi. El Bichi le mantuvo la mirada, lo miró sin pestañear. El réferi, pobre tipo, apenas agarró la pelota cayó redondo como si el Bichi lo hubiera noqueado con la mirada.
¡Qué quilombo!
Ambulancia, médicos, de todo pero nada. El tipo se murió, se quedó seco en medio de la cancha. Suspendieron el partido, los de Boca se subieron a su micro y se fueron. No hubo saludos, abrazos ni despedidas. Y el Bichi no pudo jugar. Ni un minuto siquiera.
Pasaron quince días hasta que se volvieron a juntar para jugar un partido del campeonato interclubes. De arranque hicieron un minuto de silencio en honor del réferi que falleció en el partido contra los veteranos de Boca y los dos equipos jugaron con un brazalete negro. Atajaba Coquito y el Bichi calentaba el banco pensando quién sabe qué cosas y casi sin mirar el juego. Pitazo del réferi: final del primer tiempo. El Laucha pica la pelota para que el Bichi la embolse.
- Dale Bichi –le dice el Laucha.
- ¿Qué cosa?
- Llevale la pelota al réferi.
- No jodás – dijo el Bichi.
- Pero dale Bichi, andá vos que ya fulminaste a uno.
- Dejate de joder Laucha…
- ¿Qué decís? ¿No viste cómo nos está bombeando?

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 13 de mayo del 2004
Read More