01 mayo 2016

52 - Minuto 78

No sé muy bien cómo se originó esta locura, ni cuánto va a durar. Tampoco si la idea se le ocurrió a Lavecchia, a González o a un productor ignoto del canal, de esos que laburan por dos mangos. Pensate algo, Fulanito, pudo haber sido el comienzo de todo, y todo estalló cuando ese alguien inventó, como una sección más del programa Planeta Gol, esto del Minuto 78.
No deja de asombrarme que la chispa que enciende hechos fundamentales en nuestra sociedad, es generalmente ínfima y está ahí, cerquita, esperando ser descubierta para poder arder.
Mi amigo Rolo, que es de los que lee, cada vez que puede me dice que la idea del Minuto 78 está inspirada —él le pone un énfasis y una intención especial cuando dice: inspirada— en un concurso de literatura. Un concurso que no conoce ni Mongo —dice Rolo—, el de la página 122. Este concurso —lo puedo contar porque ya me lo sé de memoria— es tan inusual que premia la mejor página 122 escrita en el año. Es decir, que en lugar de concursar libros enteros como en la mayoría de los certámenes que uno se puede imaginar, en esta competición sólo concursa y premian una página: la 122. Y no importa para los jurados si el libro ganador es bueno o malo, si es novela, cuento, o ensayo, ni tampoco interesa la trama, el principio o la resolución final, solo les importa esa bendita página.
La teoría de Rolo —ustedes coincidirán conmigo— guarda una cierta relación con el Minuto 78, pero de ahí a sostener que ese concurso fue el punto de partida de este fenómeno, me resulta cuanto menos, exagerado.
Según las palabras que brindó Lavecchia hace tiempo, cuando él y González todavía daban notas a los medios, mucho antes de ser las megaestrellas de la televisión que son hoy, y antes todavía de convertirse en socios accionistas del viejo TyC, hoy Planeta TyC, dijo: El Minuto 78 fue un bloque más entre Burradas, Curiosidades, Patadas, y tantos otros bloques que hemos desarrollado con más o menos éxito en estos quince años de programa, pero claro, después creció…
Hoy no se entiende el fútbol sin el Minuto 78, sin la sirena que suena en todos los estadios cada vez que el reloj toca el setenta y ocho y muchas más cámaras se encienden solo por sesenta segundos para registrar lo mejor que cada partido nos podrá mostrar. Porque si bien los partidos siguen durando noventa minutos, los ojos de todos nosotros están atentos únicamente a lo que suceda en ese preciso minuto.
El mayor mérito en el fútbol del Pipi Anido, el chico de Estudiantes —el único mérito que haya tenido, creo yo—, fue convertirse en el primer jugador que ganó el premio Minuto 78 en la hoy mítica emisión 1086 del viejo Planeta Gol, emisión que inauguró esta etapa que en la actualidad vivimos con tanto esplendor. Nueva sección —anunciaba sin bombos ni platillos un Pablo González relativamente joven, todavía con pelo, en dicho programa— donde premiaremos a la jugada más vistosa y elegante que se dé en un minuto en particular en cualquiera de los partidos del torneo de primera división del fútbol argentino. El minuto elegido es el setenta y ocho.
Resulta ingenuo ver hoy que la jugada premiada en ese entonces fue nada más que un caño a un rival, caño que sufrió Álvaro Muñoz, zaguero de River; y el premio, un simple aplauso seguido de un replay, cuando en los tiempos que corren, en cambio, entregan un auto cero kilómetro por fecha, un departamento por mes y, por año, una villa en la Riviera Francesa o en la Costa Azul.
Sabemos que la guerra de patrocinadores se volvió feroz y que fue vertiginosa la manera en que las empresas nacionales, incapaces de enfrentar a los tanques de las multinacionales, rápidamente quedaron afuera de la pelea. Por supuesto, quienes más disfrutaron estas contiendas fueron, sin lugar a dudas, la pareja González - Lavecchia, Lavecchia - González que sentaditos en sus Penthouses de Puerto Madero se frotaban las manos mientras las pupilas se les teñían de verde dólar.
Poco tiempo pasó desde la emisión 1086 para que el Minuto 78 fuera el bloque más esperado del programa, y dos años para convertirse en el más importante de la TV nacional. Rápidamente los jugadores de todos los equipos comenzaron a pelearse por estar ahí, en ese micro que premiaba y mostraba las proezas más extraordinarias que nuestro fútbol nos podía regalar, y nadie, absolutamente nadie, quería perderse ese momento único de cada partido: ni futbolistas, ni futboleros.
Con el correr de los encuentros las jugadas que veíamos —disfrutábamos— en el minuto setenta y ocho dejaron de ser espontáneas y se convirtieron en acciones armadas, estudiadas y coreografiadas. Cada vez eran más los jugadores que entrenaban a doble turno, y en secreto, destrezas para luego lucirlas en el Minuto 78. Hoy es impensado que un futbolista profesional no lo haga. En esta corta historia más de un jugador se ha peleado con su técnico por haber sido reemplazado en el minuto setenta y cinco o setenta y seis de un partido. Tal fue la locura a la que llevó esta nueva pasión que las autoridades de AFA tuvieron que prohibir los cambios entre los minutos sesenta y ochenta de cada partido por culpa de la enorme cantidad de casos de rebeldía y amotinamiento de jugadores que enardecidos se negaban a dejar el campo de juego antes del minuto setenta y nueve.
Muchas cosas cambiaron desde entonces.
Las autoridades del fútbol tuvieron que inventar nuevas fórmulas para mantener a flote el negocio, el auge del Minuto 78 hizo que los clubes presionaran para obtener una porción del pastel. La fórmula fue muy sencilla: a jugador premiado, club beneficiado. Así, mientras el futbolista lucía su nuevo cero kilómetro, el club recibía pago doble por la televisación de esos sesenta segundos. Si bien este cambio ayudó a la aceptación del fenómeno por parte de los clubes, de a poco un nuevo conflicto asomó en el horizonte: la convocatoria de la gente a los estadios. Gradualmente el público se mostró desinteresado por los primeros minutos de los partidos; iban llegando sobre el final del primer tiempo, en el mejor de los casos, mientras que la gran mayoría arribaba a los estadios cerca del minuto sesenta, sesenta y cinco, solo interesados en presenciar el minuto setenta y ocho. Un dirigente de aquel entonces, Marcelo Tinelli, quien también había sido hombre de la televisión en una época de su vida, propuso que los valores de las entradas sean más caras a medida de que el partido fuera avanzando. La propuesta Tinelli marcaba que el valor de la entrada debía incrementarse en relación a los minutos que el partido llevara de juego: un minuto aumentaba un uno por ciento. Por lo tanto, si  comprabas la entrada a los diez minutos de iniciado el partido, te costaba un diez por ciento más, a los treinta minutos, treinta por ciento de incremento y así hasta los setenta y cinco minutos. Nadie compraba una entrada después de ese momento. La iniciativa de este dirigente tuvo numerosos inconvenientes de implementación por lo que rápidamente  fue desestimada y dio paso a la creación de la tarjeta MinutoPlus, una tarjeta obligatoria para acceder a los estadios. El sistema hoy parece una obviedad pero en ese entonces no lo fue. Con MinutoPlus el poseedor de la tarjeta la pasa por uno de los tantos lectores que tienen los estadios en el momento del ingreso y luego la vuelve a pasar en el momento de la salida, el sistema lee en qué minuto ingresó, calcula el tiempo total de la estadía y debita el valor correspondiente de la cuenta bancaria del titular de la tarjeta. El precio de los partidos del fútbol nacional, entonces, se estipuló de la siguiente manera: Cien pesos sureños los noventa minutos, ciento cincuenta pesos sureños por setenta y cinco minutos, doscientos pesos sureños por sólo sesenta minutos, y trescientos pesos por cuarenta y cinco minutos o menos. Luego de la segunda fecha de la implementación de MinutoPlus, con la intención de frenar la estampida del público que abandonaba los estadios después de presenciar el minuto setenta y ocho, se impuso un costo extra a los ya apuntados de cien pesos sureños por retirarse del estadio antes de la finalización de los encuentros.
Estos no fueron los únicos cambios que se vieron reflejados en la gente, sin darnos cuenta nació una división inexistente hasta ese entonces entre hinchas y público. Los hinchas siguieron siendo aquellos fanáticos fieles a los colores, a los equipos, mientras que los considerados público, que decían estar más interesados en el fútbol, se encontraban profundamente atraídos por lo que fuera a ocurrir casi exclusivamente en el minuto setenta y ocho, mucho más que por el resultado del partido. En la mayoría de los casos preferían ser testigos de la jugada ganadora del premio, más allá de si fue realizada por un futbolista propio o por un rival. Era muy fácil reconocerlos en las canchas ya que, si bien compartían, los mismo colores que los hinchas —podríamos decir que se mimetizaban— segundos antes del minuto setenta ocho, precisamente diez segundos antes, comenzaban una cuenta regresiva que gritaban a vivan voz: ¡Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno!… ¡Ya! Un ¡Ya! que se mezclaba con la sirena que les comenté oportunamente
Los hinchas, en cambio, difícilmente alienten la practica del minuto setenta y ocho. Ellos son: Hinchas de noventa minutos, dicen con orgullo y como una forma de diferenciarse de los otros. Así llaman al resto del público a quienes acusan de haber perdido la pasión, mientras que los otros se defienden argumentando: La pasión está intacta, solo la mutamos. Estos nuevos hinchas —muy parecidos a los hinchas originarios— también se definen como: Los hinchas de siempre, a pesar de ser tildados por muchos medios de comunicación y por el resto del público, de anacrónicos y de no saber adaptarse a la evolución futbolística. Ellos, sordos a las críticas, renuentes a los cambios e inquebrantables en sus posturas, tampoco se sienten felices ni representados por los jugadores que trabajan para ganar el premio Minuto 78. Directamente los acusan de ser minuteros: futbolistas que, según ellos, solo juegan sesenta segundos, esos famosos sesenta segundos del premio, y que durante el resto del partido pasan inadvertidos. Tal es así que ya no creen en el rapto de creatividad futbolística que, muchos de estos jugadores acusados de minuteros, aducen en el momento de alzar el premio. Es interminable la lista de futbolistas acusados por parte de estos hinchas de guardarse las mejores jugadas solo para el minuto setenta y ocho y mezquinar su talento y su fútbol durante los otros ochenta y nueve minutos de partido.
El caso del jugador Toledo, exfutbolista de Vélez, fue emblemático. Participó en apenas dos torneos del fútbol argentino antes de partir a Europa, más precisamente a la Premier League. Durante ese corto período coincidió con el inicio del furor por el Minuto 78 y resultó ser, gracias a su inventiva y su enorme habilidad, el ganador de más de treinta semanas del premio. Toledo, feliz pero desbordado, no sabía qué hacer con tantos autos ganados hasta que, por recomendación de Fabián Cubero, excompañero y actual técnico del conjunto de Liniers, puso una concesionaria de autos que dio origen a la red, hoy más que conocida, Toledo One.
Rolo, mi amigo, insiste en que la fórmula se está agotando. Desde la redes sociales otras voces llegan al programa de Lavecchia y González con el mismo planteo. Ellos, que solo hablan a través de su programa, responden, con la ironía que los caracteriza, que Minuto 78 tiene mucho más para dar. Todo pasa, les dice Rolo frente al televisor cada vez que los ve. Luego apaga la tele, me cuenta nuevas teorías y me explica algo que para él es inocultable, que Lavecchia y González están buscando inspiración en otros ámbitos, que, como en su momento se sirvieron de la literatura rescatando —énfasis en rescatando— la idea del concurso de la página 122, ahora se los ve concurriendo a muestras de arte, espectáculos de danza y conciertos de música clásica.
¿Vos decís que piensan refritar el Fútbol ballet?, le pregunto incrédulo y él, haciéndose el enigmático, me responde:
Quién te dice…

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 6 de abril del 2016