Un nuevo cuento

Después de un largo período de descanso acabo de subir un nuevo cuento. Un saludo a todos los que visitan el blog. Gracias y buen año.
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13. No le hagás penal

-¡No le hagás penal! ¡No le hagás penal! -le grité desesperado al Cabezón pero ya era tarde. Su pierna izquierda barría sin ningún pudor al rapidito de Baralo. Y Martínez, como nunca, siguió la jugada de cerca y pitó la infracción: Penal. ¡A llorar a la iglesia! El Cabezón no entendía por qué semejante enojo de mi parte, por qué lo puteaba sin parar:
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Pablo Pedroso
Buenos Aires, 28 de diciembre de 2006
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El orden de los factores no altera el producto

Creo que la gente que entra lee lo que tiene más a mano, por lo tanto modifiqué el orden de los cuentos y organicé la página para que puedan leer fácilmente el inicio de cada cuento y al que le interesa hace click en "seguir leyendo" y se abrirá la página con el cuento completo.
Gracias.
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6. Huguito, mi amigo

Huguito fue siempre mi mejor amigo. Hicimos toda la primaria y la secundaria juntos. ¡Amigos desde el primer día! Nos cagábamos de la risa. Huguito vivía a seis cuadras de casa y lo único que no hacíamos juntos era ir a la cancha. Nunca entendí bien por qué pero él con el fútbol no se enganchaba. En todo lo demás era un fenómeno. 
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Pablo Pedroso
Buenos Aires, 11 de diciembre del 2002
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3. Amanecer en Tijuana

Sólo yo sé lo que pasó. Nadie más sobrevivió aquella noche y sólo yo sé qué sucedió en el Tijuana. Aparece gente de vez en cuando que dice haber sobrevivido a aquella masacre pero todos ellos mienten. 
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Pablo Pedroso
Buenos Aires, 8 de agosto del 2002
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2. Fui yo

Cuando Benjamín Antonio Firpo, el Conde, llegó al club, el primero que lo bancó fui yo. Con decirte que apareció el primer día, al primer entrenamiento y llegó una hora tarde. No lo junaba ni el chabón de la puerta. Recién caía de Pergamino, no conocía a nadie y el primero que lo ayudó fui yo. Me acuerdo que Miguel, el de secretaría, me pidió que lo acompañara hasta la cancha auxiliar. Y fui yo quien lo llevó mostrándole las instalaciones, los vestuarios, en fin, ayudándolo en sus primeros pasos por la institución. El Conde, el “Crack”, Benjamín Antonio Firpo era un chipiscuí en ese entonces. Casi no dijo palabra en todo el recorrido y mirá que hay que patear desde la puerta hasta la auxiliar. Yo creo que el tipo no hablaba porque no lo podía creer. ¡Y también, con el pedazo de club que tenemos...! Miraba todo y después me miraba a mí, con los dos ojos bien abiertos.
Cuando llegamos a la canchita el primero que se arrima fue Coco Maldonado, que en ese entonces estaba como ayudante de campo de Rojas. Imaginate, todo el plantel ya estaba corriendo hacía rato. Viene Coco, mira su reloj, le pone cara de orto por la llegada tarde y le pregunta si él es Firpo. ¿Entendés? Ni Coco Maldonado lo conocía a Firpo. Entonces salto yo, para salvarlo y le digo, exagerándola un poco: “Sabe lo que pasó Coco, lo entretuve yo sin darme cuenta. Discúlpeme. Le mostré el club, los vestuarios, le di un paseíto... ¿Vio?”. “Andá, pibe” me dijo Coco y se lo llevó para donde estaba el resto del plantel. Yo me quedé cerca, detrás del arco que da a las vías para chusmear un poco el entrenamiento. No sé qué habló con Rojas pero no fue mucho porque enseguida salió rumbo al vestuario junto a Alcides, el utilero. Fue entonces que el Conde pasó cerca de donde yo estaba y me guiñó un ojo, compinche, agradeciendo la ayudita. Te imaginás que para mí eso fue de mucho valor. Vos sabés que los de primera ni te miran. ¡No te dan bola, hermano! Y menos en los entrenamientos. Para colmo, en los partidos, uno labura los noventa minutos y lo único que recibe de estos tipos son reclamos. Porque siempre tienen una excusa para putearte. Si van ganando y se la alcanzás rápido te putean porque quieren hacer tiempo. En cambio, si empatan o pierden y vos tardás un segundito de más, te recontra reputean como si la culpa de los goles que les hacen la tuviera uno. Pero el Conde no, el Conde, al principio, era distinto. Es más, me acuerdo que ya en los primeros partidos que jugó antes de que lo bautizaran como el Conde, los periodistas decían eso, que era un jugador distinto. Claro que ellos hablaban de cómo jugaba, de su estilo refinado y esas cosas pero yo lo decía porque a mí me daba bola, ¿entendés? Por eso que era distinto. Me saludaba, me pedía que le haga gamba cuando todos se las picaban y él se quedaba practicando tiros libres. Y yo chocho. Siempre le separaba las pelotas bien infladitas como a él le gustaban. Se las ponía una al lado de la otra para que patee y corría a juntarlas adentro del arco, porque siempre las embocaba, todas, ni una pifiaba. Se las traía de nuevo y él seguía pateando, así, hasta que se cansara. Después cuando salía de ducharse pasaba por el buffet y me invitaba con un sanguchito o alguna cosa.
En los partidos, mi sector es abajo de la platea local y vos viste lo que son los muchachos de la platea... ¡Más jodidos que los de la popular! Los primeros partidos lo puteaban sin parar. De todo le decían. Ahora todos lo tienen de ídolo pero de entrada ni la hora le daban. Un día, me acuerdo que un gordo forro no lo dejó en paz los noventa minutos: “¡Andate pecho frío muerto de hambre!” le gritaba. Y para colmo al Conde no le salía una. Faltaba poco y el referí nos da un tiro libre muy cerca de donde yo estaba. ¿Quién iba a hacer el centro? El Conde Firpo. ¿Quién estaba atrás mío puteándolo? El gordo forro. Le alcancé una pelota al Conde, bien infladita, especial parecía. El tiro era bastante esquinado. En el medio del área estaban Romero y Tessino que vos viste que las cabecean todas. El Conde mide los pasos para patear el tiro libre mientras el gordo lo seguía puteando. Por atrás lo veo entrar al área al jujeño Coria, al trotecito, haciéndose el sota. Y ahí nomás le grité: “¡A Coria!”. ¡No sabés qué gol! ¡Pero qué gol! ¡Un golazo! Se la puso justa, servida, para un frentazo de Coria que la clavó bien abajo. ¡Qué alegría, viejo! Los que estábamos por ese sector nos tiramos encima del Conde para festejar. El Conde se abrazó con todos nosotros y entre ese montón de brazos sentí por un instante cómo me agarraba. El jujeño Coria vino corriendo a buscarlo y lo desprendió del grupo para festejar con él, yo me di vuelta, lo miré al gordo forro que todavía gritaba el gol. Apoyé el dedo índice sobre mis labios y le hice un gestito de que se callara. Nunca más lo puteó.
Ahora el Conde es famoso. Va a la tele, sale en los diarios, ya nadie lo putea. Bueno, nadie nadie, no. Las hinchadas contrarias lo putean y le tiran con lo que tienen. ¿Ves esta cicatriz, acá arriba, en la frente? Fue en el partido contra Platense. Córner para nosotros que ganábamos dos a cero. Se acerca el Conde para patear. Yo estaba atento para alcanzarle la pelota cuando veo que de la tribuna visitante viene volando un piedrazo en dirección al Conde. No sé cómo hice de rápido pero tiré un manotazo y lo corrí justo justo para que no le diera al Conde. Tan justo que el piedrazo me lo ligué yo. Tres puntos me dieron. Ahora no se nota mucho pero me salió bastante sangre. Si casi suspenden el partido.
¿Entendés mi bronca cuando digo que nadie reconoce nuestro esfuerzo? Todo el mundo se piensa que nosotros estamos ahí, en la cancha, como espectadores de lujo, para alcanzar las pelotitas y nada más. No señor. Lo nuestro es un laburo importante para el club y para el equipo. Un laburo que nadie te reconoce y que nadie te agradece. ¿Sabés cuánto tiempo hice en la semifinal de la Libertadores del año pasado? La que ganamos cagando dos a uno… ¿Sabés cuántos segundos? Te digo porque los conté. Cada vez que la pelota salía por mi sector contaba el tiempo entre que buscaba la pelota, se la alcanzaba al jugador que tenía que sacar y este la ponía en juego. Así todo el partido. Bueno, ese día, yo solito hice ciento treinta y ocho segundos de tiempo. Posta. Sumá lo que abran hecho los demás chicos y ahí tenés un numero importante. Y no te digo cuando tenés que bancarte a un jugador contrario que para apurarte te tira toda la carrocería encima. Esa te la regalo. Pisotones, codazos, pechazos. De todo nos comemos nosotros. ¿Alguien lo reconoce? Nadie. ¿Alguna vez escuchaste de un alcanza pelota lesionado? No. Bueno, pero hay. Si señor. Y nadie se entera y nadie dice nada. Y menos desagradecidos como este turro de Firpo que ahora que está por irse a jugar a Europa se olvida de como llegó a donde está. Porque lo que hizo ayer no tiene nombre. Ojo que no me quejo porque el Conde hizo el gol con el que salimos campeones. ¿Cómo me voy a quejar? ¡Justamente con ese golazo! Si además fui yo, viejo. Fui yo el que le dijo: “¡Pegale al palo del arquero!”. Y el Conde me hizo caso, una vez más me hizo caso. Y fue gol.
Yo me imaginé que el Conde se iba a dar vuelta, me iba a abrazar y me iba a llevar en andas. Pero no. Apenas vio que la pelota tenía destino de red salió corriendo a gritarle el gol a la cámara de TV, como si fuera Maradona en el mundial del ´94. ¡Maradona! ¡Pero por favor...! Sabés lo que le falta a este... Decí que uno defiende los colores del club juegue quien juegue que si no, la próxima, vez no lo ayudo un carajo y que se arregle solo.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 1 de setiembre del 2002
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1. Partido soñado

Cuando sonó el teléfono, el Bichi jamás se imaginó que era Sampietro quien lo sacaba de la cama. Se había acostado pasadas las diez de la noche con la idea de dormirse mientras miraba el segundo tiempo del partido de fútbol que daban en la tele. No quería desvelarse. Al otro día, como todos los sábados, tenía que levantarse a las 7 de la mañana para ir a trabajar.
- ¿Qué pasó Sampietro?
- Espero no importunarte Bichi pero se lesionó Coquito.
- ¿Y entonces?
- Y entonces me parece que lo más justo es que vos y Peralta compartan el puesto, un tiempo él y un tiempo vos. Ya te lo dije la otra noche, para mí los dos están en un nivel parejo, por eso quiero que la oportunidad la aprovechen al mango. ¿Te va?
- ¿Me lo dice en serio? Más vale que me va – contestó el Bichi entusiasmado.
- Mirá que el partido lo adelantaron para mañana a la mañana.
- ¿Mañana? ¿A qué hora se juntan?
- A las 9 en punto. No me vayas a fallar. Ellos llegan 9 y media y nosotros tenemos que tener todo listo para recibirlos como corresponde.
- Ahí estaré. ¡En punto! Y gracias por llamarme. Le mando un abrazo Sampietro.
Cuando el Bichi cortó la comunicación era otra persona. Se lo veía radiante, con un brillo intenso en los ojos. Estaba muy excitado y necesitaba compartir la noticia con alguien pero en su casa, justo esa noche, no había nadie. Eran casi las once. Gloria, su esposa, estaba en una cena en el colegio donde trabaja y los chicos, que ya no son chicos, los viernes sólo pasan por la casa a bañarse y cambiarse para salir a divertirse.
Se le ocurrió la obvia:
- ¿Vieja? ¿Qué hacés? – gritó el Bichi con el entusiasmo que arrastraba por la noticia.
- Duermo Jorgito. ¿Qué pasó? – preguntó su madre entre dormida y preocupada.
- Nada vieja, es que me llamaron del club y mañana tengo partido, a la mañana temprano. ¡Jugamos contra los veteranos de Boca!
- Y el negocio ¿Quién lo atiende? – preguntó su madre ya bastante despierta.
El Bichi recién en ese momento cayó en la realidad de sus obligaciones.
- Por eso te llamo, viejita. ¿Me cubrís? – y al ver que se demoraba la respuesta del otro lado de la línea, continuó. – Imaginate que no puedo faltar. Me acaba de llamar Sampietro para que le dé una mano. ¿Me escuchaste que son los veteranos de Boca?
- ¿Vas a jugar contra unos viejos chotos?
- No, mamá ¿qué decís?… Voy a jugar contra unos cuantos ídolos de Boca. Jugadorazos de verdad. Van a estar el Muñeco Madurga, Perotti, Mouzo y muchos más. Dale, cubrime y el domingo nos juntamos en casa que las pastas las preparo yo.
Y así quedó arreglado.
El Bichi abrió el placard y empezó a preparar su bolsito para el día siguiente. Acomodó un jogging gris en el fondo y por sobre este fue colocando cada una de sus prendas con mayor cuidado que otras veces: el pantalón blanco, su buzo de arquero y una remera. Dos, mejor, por si hace falta. A un costado puso el par de medias y notó que estaban más descoloridas de lo que hubiera deseado pero se resignó, eran las únicas medias limpias que le quedaban. En el lado opuesto ubicó los guantes que le regalaron sus hijos en alguna Navidad. Volvió a sacarlos, los miró de ambos lados, los besó y los guardó como si fueran de un cristal delgado y temiera que algo pudiera quebrarlos en mil pedazos. Por último, como nadie lo veía, refregó los botines contra la colcha de su cama para quitarles el poco polvo que podrían tener y los acomodó por encima de toda la ropa, con los tapones para arriba.
Ni bien pudo se acostó nuevamente. Intentó quedarse despierto para contarle a su esposa la buena noticia pero su esfuerzo no alcanzó, apenas pasaron cinco minutos ya estaba dormido. Cuando Gloria llegó, sintió pena de despertarlo, lo vio tan plácido y con una sonrisa coronando su rostro que hizo lo imposible por no incomodarlo.
El Bichi, como era de suponer, soñó con el partido que jugaría a la mañana siguiente. Se veía en un estadio que, si bien no reconocía, evidentemente era un lugar importante, el marco ideal para un partido trascendental. Las formaciones de los dos equipos estaban impecables y enfrentaban un palco con quién sabe qué personalidades. Una banda de uniformes coloridos e instrumentos excesivamente dorados se alejaba luego de interpretar el Himno Nacional y ponerle la piel de gallina a cada uno de los presentes. El público aplaudía todo lo que sucedía. El Bichi era el tercero comenzando de la izquierda, su indumentaria estaba reluciente. Lo único extraño para ser un jugador de fútbol era que mantenía puestos sus anteojos de siempre pero bueno, era un sueño al fin y al cabo. Los capitanes de ambos equipos intercambiaron banderines. A un costado Sampietro se abrazaba con el Toto Lorenzo, Distéfano y Carlitos Bianchi que se repartían la responsabilidad técnica de Boca. Llegó el momento en que los jugadores de su equipo pasaron a saludar a la terna arbitral, primero y luego a los veteranos de Boca en un gesto de cordialidad digna de tan importante encuentro. Ansioso mientras esperaba su turno, el Bichi miraba a sus compañeros que encabezaban la fila y se saludaban con tipos como Trobbiani, Perotti, Mouzo, Madurga, el Cacho Córdoba, Krasouski, la Pantera Rodríguez... Se preparó para estrecharles la mano con firmeza demostrando así la importancia de semejante acto. Estaba a punto de llegar, a pocos pasos de pararse frente a frente con cada uno de ellos. ¡Tan cerca estaba…! Pero primero se topó con el réferi. Su rostro no le resultó ni familiar ni amigable, por el contrario, le pareció demasiado serio para tanta fiesta, ausente quizás. Tenía los ojos perdidos y la piel de un color casi gris. El Bichi extendió su mano y el réferi la estrechó con una fuerza tal que se escuchó el sonido de los huesos de la mano del Bichi que crujían, que se despedazaban ante semejante apretón. El Bichi cayó de rodillas como rendido a los pies del réferi. El grito de dolor del Bichi fue tapado por la carcajada frenética del árbitro que reía y no le soltaba la mano.
De un salto el Bichi se despertó. Agitado, un poco ahogado y muy asustado. Revisó su mano, movió todos los dedos comprobando que sólo fue un mal sueño. Dio vueltas para un lado y para el otro tratando de alejarse de tan horrible pesadilla. Abrazó a Gloria que dormía y le dio un besito en la pequeña porción del hombro que asomaba por fuera de la sábana.
Esa mañana se levantó temprano como casi todos los días. El resto de la familia dormía. Decidió pegarse un baño a pesar de que siempre le pareció ridículo que alguien se bañara antes de un partido de fútbol. Esta vez no le importó, esta vez todo era distinto. Tomó de un solo sorbo una tacita con café, le dio un beso a su mujer que apenas abrió un ojo y salió directo hacia el club.
Llegó con tiempo de sobra aunque no fue el primero de su equipo, ya estaban Coco (el hermano de Coquito), el Gallego Ruiz y Peralta, terminando de cambiarse. Al poco rato llegó el resto. Se los veía contentos, se sonreían pero quién sabe por qué en el vestuario dominaba el silencio. Apareció Sampietro más arreglado que de costumbre, dio un par de indicaciones y se juntó con el Bichi y Peralta.
- Bueno, muchachos – comenzó diciendo – tiramos la moneda y el que gana ataja el primer tiempo, el que no, ataja el segundo. ¿De acuerdo?
Sin esperar una respuesta Sampietro arrojó la moneda al aire.
- Cara – se adelantó a eligir el Bichi. Como cada vez que participó en un sorteo de lo que fuera, desde pibe, él siempre elegía cara.
Pero esta vez salió ceca.
“No importa -pensó el Bichi-, en los finales de los partidos está la emoción, los abrazos y los festejos, y voy a ser yo quien esté en la cancha en ese momento”.
- ¡Ahí llegaron! – avisó con un largo grito el hijo del Gallego Ruiz que oficiaba de campana.
Los veteranos de Boca fueron bajando del micro que los trajo. Ya estaban cambiados y listos para empezar el partido. Mouzo encabezaba el grupo. Los curiosos del club se arrimaban como queriendo cerciorarse si eran de verdad. Y efectivamente lo eran.
El Bichi tenía una gran emoción. No es hincha de Boca, para nada, pero a él le encanta el fútbol. Desde chico, desde siempre, yendo a la cancha con su viejo, con sus tíos o sus primos. Muchos domingos de su vida, a disfrutar o a sufrir pero siempre viviendo el fútbol. ¡Y ahora, a los cuarenta y cinco años enfrentar a esos ídolos que son parte de la historia del fútbol argentino, compartir un momento con jugadores que fueron aplaudidos y ovacionados en tantas canchas, tipos que él mismo vio jugar desde atrás de un alambrado! No cualquiera tiene esa posibilidad. ¡Y de arquero! ¡Nada más y nada menos que de arquero! Se imaginó ganándole un mano a mano a Perotti, tapándole un cabezazo a Roberto Mouzo o volando para sacar al córner un tiro de larga distancia del uruguayo Krasouski. El momento que estaba viviendo el Bichi era único.
Pensando en todo esto se le pasó volando el primer tiempo del partido. El score estaba uno a uno y los veteranos le llegaban a Peralta por todos lados buscando meter el segundo. Cuando el réferi pitó marcando el final de la primera etapa, la pelota que rechazó el Gallego Ruiz caía en la zona del banco de suplentes. El Bichi la tomó y se acercó hasta el medio de la cancha para entregársela al árbitro del encuentro. El Bichi lo miró y recién en ese momento se dio cuenta de que el tipo se parecía bastante al réferi de su sueño. Tenía la piel gris como el otro y la misma mirada perdida, ausente. En el momento en que el árbitro giró y recibió la pelota de manos del Bichi, sus ojos se abrieron, dilatados, sus pupilas se pusieron inmensamente negras, profundas y se clavaron en los ojos del Bichi. El Bichi le mantuvo la mirada, lo miró sin pestañear. El réferi, pobre tipo, apenas agarró la pelota cayó redondo como si el Bichi lo hubiera noqueado con la mirada.
¡Qué quilombo!
Ambulancia, médicos, de todo pero nada. El tipo se murió, se quedó seco en medio de la cancha. Suspendieron el partido, los de Boca se subieron a su micro y se fueron. No hubo saludos, abrazos ni despedidas. Y el Bichi no pudo jugar. Ni un minuto siquiera.
Pasaron quince días hasta que se volvieron a juntar para jugar un partido del campeonato interclubes. De arranque hicieron un minuto de silencio en honor del réferi que falleció en el partido contra los veteranos de Boca y los dos equipos jugaron con un brazalete negro. Atajaba Coquito y el Bichi calentaba el banco pensando quién sabe qué cosas y casi sin mirar el juego. Pitazo del réferi: final del primer tiempo. El Laucha pica la pelota para que el Bichi la embolse.
- Dale Bichi –le dice el Laucha.
- ¿Qué cosa?
- Llevale la pelota al réferi.
- No jodás – dijo el Bichi.
- Pero dale Bichi, andá vos que ya fulminaste a uno.
- Dejate de joder Laucha…
- ¿Qué decís? ¿No viste cómo nos está bombeando?

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 13 de mayo del 2004
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