01 mayo 2016

49 - Coincidencias

La misma marca: Roa, la misma caja de herramientas —ahora oxidada—, el mismo cortafierro, la maza de siempre. La puerta es otra, la casa es otra. La tarde, el día, el técnico, el arquero y todo el equipo también. Silvita dirá que estoy loco por buscar similitudes todo el tiempo, pero no las busco, me llegan. Hoy fui a la ferretería y me crucé con una: me vendieron la misma cerradura que en el ’98. La misma marca quiero decir, una Roa. Después de diecisiete años y dos mudanzas no sé cuántas cerraduras tuve que comprar pero una Roa, nunca, hasta hoy. Aquella vez me pareció una linda coincidencia que se llamara como el arquero de la selección, de Lanús, del Mallorca. Un arquero que cierra el arco, que protege. Buena imagen para una cerradura. Claro, si es que no falla, pero es tan difícil no fallar. El ferretero que me vendió la primera, miró de un lado y del otro la cerradura vieja —últimamente siempre trabada— y sentenció: Ya nadie hace este modelo. Sacó de abajo del mostrador una Roa, afiló la mirada, la comparó con la cerradura que yo había llevado y con una certeza envidiable dijo: Esta es la que va. Pero no fue, aunque yo en ese momento no lo sabía. La compré, volví a casa y me senté a ver el partido contra Holanda mientras la puerta, la cerradura nueva y la caja de herramientas esperaban. Noventa minutos después tuve que darle a la puerta con el cortafierro, duro, para que la Roa al fin entrara. Por supuesto, los golpes sirvieron también para descargar la bronca que me daba haber quedado afuera del mundial luego de que los holandeses nos metieran un gol tras un pase largo y anunciado pero certero cuando solo quedaba un minuto por jugar. Con cada mazazo me acordaba tanto del ferretero como de Bergkamp, Pasarella, el Ratón Ayala o el resto del equipo.
Hoy, esta tarde, otro ferretero, en otro barrio, en otro siglo, también puso sobre el mostrador una nueva caja con una Roa. Me la acercó y de inmediato me acordé de aquel sábado 4 de julio, de aquel partido y del dolor de perder. Y me acordé también, de que hoy jugará la selección el primer partido de las eliminatorias contra Ecuador. Arranca la ilusión rumbo al Mundial de Rusia 2018, anunciaba la propaganda. Le pregunté al ferretero si tenía otra marca y me dijo que sí pero que ninguna otra coincidía. Me quedé en silencio unos segundos pensando justamente en eso, en las coincidencias y las similitudes. Él, al ver que yo dudaba, agarró las dos cerraduras, la Roa y la que yo había llevado, afiló el ojo también y con la certeza calcada del otro ferretero, del de hace diecisiete años— me aseguró: Sí, esta es la que calza.
El mismo verso
—pensé—. Demasiadas coincidencias.
Sin embargo, como si no tuviera otra escapatoria que llegar hasta el final del juego, compré la cerradura y me fui diciendo gracias.
En cuanto salí de la ferretería, mientras caminaba rumbo a casa, supe que no iba a tener otra opción que recurrir una vez más a la maza y al cortafierro. Y así fue, no me equivoqué, la misma maza, el mismo cortafierro. Aunque en esta ocasión resolví el problema con menos golpes y sin la bronca del ’98.
Recién ahora que termino de guardar la herramientas se acerca Silvita, prueba la puerta, prueba la llave y todo funciona de maravillas, tanto que me gano un buen beso. Cenamos temprano. Luego nos sentamos en el sillón frente a la tele para ver el partido de Argentina. Algo habrá notado porque me pregunta: ¿Te pasa algo? No, le digo de inmediato, pero ella me conoce. ¿Te preocupa el partido? No, para nada, le respondo con una sonrisa, como si me hubiera preguntado una ridiculez. La cámara enfoca al Tata Martino que tampoco quiere parecer preocupado. No todo se puede arreglar con una maza y un cortafierro. Arranca el juego. Lo veo a Tévez y en algo me recuerda a Orteguita. ¿Qué hago acá —pienso— mirando este partido si ya sé que van a perder? Silvita me sorprende preguntándome de qué me río, y es cierto, sin darme cuenta me estaba riendo, seguramente de mí mismo. De los comentarios de los periodistas, le miento. Termina el primer tiempo y ella se levanta. Me dice que el partido es muy aburrido. Tiene razón pero no se lo digo. Me da un beso y se va a dormir. Desde la escalera me pregunta: ¿Querés venir a verlo arriba? No, gracias, prefiero acá. Mirá que sos cabulero, me dice. Ojalá fuera solo una cuestión de cábala. Voy hasta la cocina, vuelvo con una copa y la botella de vino. Me siento a esperar lo que ineludiblemente va a pasar. Me olvido de la pelota y me concentro en observar las caras de Pastore, Tévez, Di María, las corridas de siempre de Mascherano. Si él supiera lo que yo sé correría igual, o más tal vez. Eso me emociona. Me sirvo otro poco de vino y le doy un sorbo. Los de amarillo festejan, se abrazan. Si me sonrío es porque ya no miro, porque trato de convencerme de que al menos la cerradura quedó bien.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 10 de octubre del 2015

0 comentarios: