34 - Penal 30

Cuando Atilio Valsatti asomó su nariz de pajarraco por la manga del túnel todo el estadio se volvió un único silbido. “Vuelve para vengarse”, pensamos. Hacía dos años que el Buitre no pisaba una cancha de fútbol, desde aquel famoso penal: el veintinueve. Y justo tuvo que volver contra nosotros. Costaba creer que fuera una casualidad. En cuanto se supo que iba a referearnos no hubo quién creyera que había sido un sorteo sin trampa.
Valsatti pisó el césped y avanzó con pasos largos, sin apuro hasta mitad de cancha, la pelota bajo el brazo y la frente alta. Cuando llegó al medio del círculo central, dejó caer la bocha y apenas la pelota tocó el pasto, la congeló bajo la suela de su botín brilloso. Sacó pecho, tomó aire y recorrió las tribunas con la mirada. Tenía los ojos más oscuros que su camiseta negra, y parecía mirarnos a todos los que estábamos ahí: una multitud que no pestañeaba. El silbido se fue apagando. Un poco más atrás que Valsatti, paraditos, esperaban los líneas que, al lado del Buitre, parecían de juguete. Él les dijo algo, una palabra, y los dos corrieron a chequear las redes de los arcos. En ese momento salieron a la cancha los de Gimnasia, nuestra gente se olvidó por un rato de Valsatti y chifló a esos amargos que ni público traían. Cinco habían venido y los muy caraduras se divertían cantando en el codo de la tribuna sur, que les quedaba enorme: “Somos locales otra vez”. Apenas los nuestros asomaron por la boca de la manga, explotamos: lluvia de papelitos, aplausos, cantos y trapos revoleados al viento. Entre los once no estaba el Pepi pero en cuanto vimos la parva de rulos mitad rubios, mitad naranjas, caminando hacia el banco, empezamos a gritar: ¡Pepi,… Pepi…! Él no saludaba, sin embargo, nosotros seguíamos coreando su nombre hasta que por fin se asomó, empujado por algún otro, y tímidamente saludó. Esa tarde, al Pepi, lo aplaudimos como nunca.
Yo no le podía sacar los ojos de encima al Buitre. Él no hablaba con nadie, ni siquiera con los chupamedias de Gimnasia que se acercaron a saludarlo; les dio la mano y nada más. De los nuestros no se le arrimó ninguno. Yo estaba seguro de que Valsatti, cada segundo que pasaba, repetía en su cabeza cuadrada y brillante de gel los veintinueve penales que, convencido de que eran, había cobrado a favor nuestro. Veintinueve penales que fueron gol, veintinueve penales que el Pepi inventó y que Valsatti compró de buena fe. Aunque después, la tele y los cronistas se cansaron de demostrar que ni uno solo de los veintinueve fue penal. Y así, como si se ensañaran con él, los programas de fútbol, los noticieros y hasta los de chimentos expusieron impunemente los mejores trucos del Pepi y su arte para el engaño. Y demostraron que inventar penales era lo único que el Pepi sabía hacer dentro una cancha de fútbol, porque después ni un lateral como la gente le salía.
Esa tarde le cambió la vida a los dos, desde entonces ya nadie le cobraba penales al Pepi, ni los que eran. En cuatro partidos perdió la titularidad y con el tiempo apenas lo usaban para que entrara en el final, cuando había que hacer tiempo nomás. A Valsatti, en cambio, lo pararon una fecha (primera y única sanción que recibió en su carrera) y ese castigo le provocó tal depresión que a los pocos días se lesionó entrenando. A mí también me costaba creerlo pero en la tele un especialista dijo que estas cosas suceden. Y así se la pasó el Buitre estos dos años: lesionado por estar deprimido y deprimido por estar lesionado. Al principio los cronistas no lo dejaban ni a sol ni a sombra, lo perseguían tratando de arrancarle una declaración, algo; justo a él que parecía tenerle fobia a los micrófonos. Sólo una vez saliendo de la A.F.A. los enfrentó a todos y se limitó a decir: “Yo vi penal”. “¿Las veintinueve veces?”, saltaron a preguntarle casi al unísono, algunos con sorna, otros incrédulos. “Yo vi penal”, repitió Valsatti y se fue sin volver a hablar con la prensa.
Y ahí estaba él, a punto de hacer sonar el silbato después de tanto tiempo.
¡Priiii! Arrancó el partido, sin embargo, los jugadores se ensañaban en que la pelota no se acercara a los arcos. El sol de frente y el poco fútbol daban ganas de una siestita. El único entusiasmado parecía ser Valsatti: corría, se movía y gesticulaba casi como si fuera un bailarín de balet, como si en todo este tiempo de ausencia se hubiera pasado los días ensayando gestos ampulosos y poses forzadas para su vuelta triunfal. Lástima que el partido no lo acompañaba. Los del Lobo eran muy inofensivos y los nuestros demasiado confiados.
Confiados. Tal vez no era esa la palabra.
El nene de al lado saltó de la butaca cuando insulté por ese tonto lateral. Le habré parecido exagerado pero yo me la veía venir. Y vino nomás: gol de ellos. Minuto cuarenta. Lateral largo al corazón del área, entró el lungo ese que siempre nos vacuna y a llorar a la iglesia. Con qué felicidad marcó Valsatti el centro del campo, como si hubiera presenciado el gol de Diego a los ingleses. “¡Fue un gol pedorro, Valsatti!”, le grité. El nene me miró. Y como ya tenía la garganta encendida continué: “¿No ven los partidos ustedes? —les grité a los nuestros que no me escucharon ni me respondieron—. ¿Nunca vieron cómo saca los laterales el 4?”. No hubo respuesta. Angelito salió del banco gesticulando y mostrando su fastidio por primera vez en el partido. Valsatti cumplió con precisión el minuto de alargue que había dado y pitó el final del primer tiempo: 1 a 0, demasiado premio para los dos.
El entretiempo fue de chicle. Los equipos volvieron a la cancha y todos estirábamos el cogote para ver si se venía un cambio salvador, pero no, seguían los mismos once. Desde la platea que está detrás del banco de suplentes se asomaron los quejosos de siempre para reclamarle veinte cosas a Angelito que pasó fastidiado y sin mirarlos. En el final de la hilera apareció la melena del Pepi. Todos mirábamos lo mismo: Valsatti sacando pecho en mitad de cancha y el Pepi caminando cabizbajo rumbo al banco, al ritmo de “¡Pepi,… Pepi…!”, que cada vez gritábamos más.
A los quince la gente se impacientaba. Gimnasia seguía parado de contra y esperaba sin apuro. Los nuestros, como desde el minuto cero, tímidos e inofensivos.  Angelito salió del banco a pegar unos buenos gritos. Llamó al Chaucha y este corrió hacia donde precalentaban los suplentes. Que vos, que yo, que él. Estábamos más atentos en saber quién era el elegido que en el partido. Y el elegido fue el Pepi que corrió asombrado a recibir las indicaciones de Angelito. La gente festejaba. Al Buitre Valsatti, los ojos, se le iban hacia el banco. En una de esas, las miradas del Buitre y el Pepi se cruzaron por primera vez en toda la tarde y entonces se quedaron congelados por un rato hasta que el Chiqui Díaz, el 2 de ellos, revoleó por los aires al pobre Beto y Valsatti tuvo que cobrar falta. 
La charla de Angelito fue larga, seguramente repleta de recomendaciones: “Tratá de jugar y no simules. Mirá que no te van a comprar si no es falta. Ojo que en la primera te pone amarilla. Vos no le discutás. Bajá la cabeza y seguí. Aunque te peguen, aunque sea penal, aunque el Chiqui Díaz te amasije los tobillos y te serruche talones, vos ni mu. Dejalos que se confíen y después hacé lo que sabés. Y acordate, andá por la izquierda que el línea es Samudio, ese nunca se la juega y sólo cobra por las camisetas”.
Apenas el Pepi se sacó la pechera, los de la platea aplaudieron. Valsatti y nosotros tuvimos que esperar a que el cuarto hombre anunciara el cambio para darnos cuenta. La cara que puso el Buitre cuando vio que el cartel luminoso marcaba el número 30 en color verde no tenía nombre. Paralizado quedó entre nuestros festejos mientras el Pepi entraba al trotecito, como si nada, y el Beto salía rengueando y agradeciendo unos aplausos que ni loco eran para él. Los únicos que lo chiflaban al Pepi eran los cinco locos del Lobo que además de hinchar por su equipo le hacían la banca a Valsatti.
En la primera que recibió, el Pepi quiso encarar pero se la sacaron limpia (“se la extirparon”, diría Walter Nelson). La segunda la tocó mal y la tercera se le escapó al lateral. “Hace mucho que no juega”, le explicó el padre al nene de al lado que cada tanto me volvía a mirar.
Pasó un rato hasta que el Pepi tuvo otra, se la habían mandado larga, él la corrió, le ganó al marcador de punta y enfiló hacia el área. Unos centímetros después de pasar la línea de cal, el Chiqui Díaz lo cruzó barriendo pie, pelota y todo. “¡Penal!”, gritamos todos, sin embargo, el Buitre, sin mirarlo, le dijo: “Arriba, que fue limpio a la pelota”. El Pepi estuvo a punto de mostrarle los taponazos que le quedaron marcados pero se las aguantó. En un córner se ligó un codazo que lo dejó sin aire y más tarde un pisotón que ni Valsatti ni Samudio vieron jamás. El Pepi no dijo ni mu. Los minutos pasaban y seguíamos sin asustar siquiera al arquero de ellos. Gracias a un rebote la pelota le cayó al Pepi, con un amague se sacó al 5 pero no hizo un metro que otra vez lo atendió mal el Chiqui Díaz. “¡Uh!”, gritamos todos. El Pepi se revolcaba dolorido mientras el papá del nene gritaba: “¡Lo rompió, Valsatti, lo rompió!”. El Buitre se acercó sin apuro hasta donde el Pepi estaba tirado. El Chiqui Díaz le juraba que fue a la pelota y los nuestros le pedían que lo amonestara. Valsatti no habló con ninguno, se tomó todo el tiempo del mundo, sacó la tarjeta amarilla y se quedó esperando a que el Pepi se levantara. El Chiqui lo aplaudía, Angelito se agarraba la cabeza y nosotros no lo podíamos creer. El Pepi logró ponerse de pie y le negó la mirada a Valsatti, él sonriente levantó su mano y con un movimiento enérgico le mostró la amarilla. La silbatina de todo el estadio menos cinco fue imponente. El Pepi rengueaba y Angelito le preguntaba a los gritos si estaba bien. Después de un rato, el Pepi le mostró el pulgar levantado.
El cuarto hombre alzó el cartel luminoso: tres míseros minutos de alargue. El nene de al lado preguntó: “¿Vamos?”, el padre no le respondió. Por primera vez en todo el campeonato nuestro arquero metió un buen saque de arco. Los de Gimnasia fueron contra el Rifle Ferreira que, a pesar del embiste contrario (con rodillazo y codazo incluido) la pudo peinar para el Pepi que la corrió y la levantó justo cuando el 4 se tiraba con la intención de barrerlo. La pelota le quedó un poco abierta pero el Pepi se esforzó, corrigió la dirección con el pie izquierdo y encaró hacia el arco y el arquero. Todos nos pusimos de pie. El arquero decidió a salirle y un malón comandado por el Chiqui Díaz arremetía por las espaldas del Pepi que no dejaba de correr. Era gol o pifia universal, no había término medio. Yo le vi la cara al Pepi en esos metros finales pero en ningún momento pude darme cuenta de lo que él estaba por hacer.
El fútbol es el fútbol. Uno desde afuera se puede dar el lujo de creer que es simple, sin embargo, ¿quiénes saben cómo es adentro cuando los puntos sí importan, cuando se juega de verdad? De afuera todo es blanco o negro. Pegarle antes de la salida del arquero o después de sacárselo de encima con un amague, nada más: blanco o negro. Jamás un gris, jamás frenarse, amagar a patear, volver a frenarse y esperar a que llegue el Chiqui Díaz y te baje de atrás. Jamás querer quedar en la historia, jamás buscar así un penal. Penal que fue, sí, más grande que una casa fue, porque el Chiqui llegó embalado y ya no pudo frenar o no quiso y te sacaron en camilla y tu pie y tu botín colgaron de un hueso roto y tus lágrimas no eran sólo de dolor y Valsatti no tuvo más opción que cobrar: el penal número 30, el que le borró la sonrisa de la cara, él único por el que jamás le preguntaron nada y no pudo decir: “Yo vi penal”, porque no hizo falta, porque a nadie le quedó ni una mínima duda, porque la televisión no registró una sola imagen que hiciera dudar de la sanción. Y porque la charla y la discusión fue otra: si el Rifle Ferreira pateó una masita o el arquero de ellos se adelanto dos metros cuando lo atajó.
Pablo Pedroso Buenos Aires, 15 de setiembre del 2013
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33 - Noche brasileña

Da vueltas, se enreda entre las sábanas, se saca los auriculares y vuelve a escuchar a los cien energúmenos que rodean el hotel. “Se les terminaron los fuegos artificiales — piensa— pero no las ganas de cantar”. Los brasileños siempre le resultaron ruidosos. Se clava nuevamente los auriculares y sube el volumen. La almohada le resulta demasiado flaca y, para colmo, blanda. En la otra cama, el peruano duerme como si mañana fuera un día cualquiera, como si nadie estuviera haciendo sonar pitos y batucadas. Nahuel se asoma y ve que Rinaldo apenas apoya la cabeza en la almohada. Con mucha delicadeza estira la mano decidido a robársela pero el peruano gira, vuelca medio cuerpo y la aplasta. Nahuel desiste y vuelve a quedar boca a arriba, mirando el techo. Trata de recordar qué hizo la noche anterior al partido con Boca, piensa en el machete de los penales y en la cara de Riquelme cuando le atajó el primer penal. A cada rato se recuerda que dos goles de diferencia es mucho, aunque jueguen en Brasil, aunque enfrente esté Ronaldinho. Muy lentamente enumera las cábalas, una vez, dos, hasta que por fin cierra los ojos.
Los del Mineiro salen a la cancha con Ronaldinho al frente del equipo. La torcida festeja. Nahuel, desde el arco, mueve los brazos y calienta los músculos mientras ve que Ronaldinho se abraza con otro jugador del Mineiro en el centro de la cancha; los dos tienen el número diez en la camiseta. Nahuel avanza unos pasos y descubre que el otro diez es Riquelme. Corre hasta donde está el réferi y le dice que Riquelme no puede estar ahí jugando para el Mineiro. El réferi le ordena que vuelva al arco, que el partido está por comenzar. Los hinchas gritan cada vez más. Ronaldinho y Riquelme se tapan la boca mientras se hablan. Nahuel los ve, ellos lo señalan y se ríen. Él insiste: Riquelme no es jugador del Atlético Mineiro, pero el réferi amenaza con amonestarlo. Nahuel se desespera, el árbitro pita, Ronaldinho le da un pase corto a Riquelme que patea desde mitad de cancha y la pelota se mete en medio del arco.
Nahuel se despierta con la boca abierta, arqueado sobre la cama desecha. Siente que ya no tiene pulmones, ni aire, ni voz. Quieto, escucha el golpeteo acelerado de su corazón que resiste y que no deja de bombear, sin embargo, advierte que la sangre que hasta hace un segundo recorría su cuerpo ahora permanece inmóvil, estancada, como si fuera de alquitrán. De a poco las venas se le inflan y sabe que sus párpados están a punto de explotar. Pero por suerte, un viento helado le atraviesa el cuerpo, le arranca un suspiro largo y así consigue respirar. En cuanto puede, Nahuel salta de la cama. La habitación está a oscuras. Llevándose cosas por delante llega hasta la ventana y descorre la cortina, la calle está tranquila y empieza a amanecer. La poca luz que entra le muestra que la  cama de Rinaldo está hecha, inmaculada. Va hasta el baño y tampoco lo encuentra ahí. Saca una botella de agua del frigobar y la bebe sediento. Prende el televisor y ve imágenes del estadio Independencia, la cancha del Atlético Mineiro. Hace zaping y descubre que en todos los canales dan el mismo programa. Piensa que es “cadena nacional” y se ríe. La cámara sigue a un periodista que corre y alcanza la llegada de un micro al estadio. Se abre la puerta del micro y bajan el Tata Martino, Pautasso, Heinze, Mateo. Nahuel supone que es una imagen de archivo pero no reconoce ese momento. El periodista lo encara al Tata y le hace una pregunta en portugués que Nahuel no alcanza a comprender. El Tata se frena, sin ganas, y responde en español: “Iremos sólo con Peratta, el otro arquero no quiso venir. Prefirió quedarse en el hotel, durmiendo”. Nahuel no entiende. Busca el reloj que está sobre la mesa de luz y descubre que son las siete. Vuelve a mirar por la ventana y le parece que el cielo ahora está más oscuro que hace cinco minutos. Mira la tele y ve un cartel en el ángulo superior derecho que dice: “En vivo”. Desesperado, Nahuel se viste con lo que tiene más a mano pero sin dejar de mirar el televisor. Cuando está a punto de salir corriendo alcanza a ver más imágenes del resto de los jugadores de Newell’s bajando del micro: la sonrisa de Peratta y su mano saludando a cámara le parecen una absoluta exageración. Llega al hall y aprieta con insistencia el botón del ascensor. Cuando escucha la campana, retrocede dos pasos y se prepara como si estuviera por volver a patear el penal que le clavó a Orión en la llave frente a Boca. Apenas las puertas comienzan a abrirse, Nahuel entra e incrusta su dedo enorme en el botón con el número uno. Nadie más sube, las puertas se cierran y el ascensor comienza a descender. Nahuel clava la mirada en el contador como si así pudiera acelerar el viaje, los números pasan. De repente, el contador marca el piso ocho, luego el diez y después el nueve. El ascensor se sacude, por un instante frena y vuelve a arrancar. La luz del techo empieza a parpadear hasta que se apaga por completo. Una nueva sacudida y el ascensor se detiene. Por un momento, Nahuel sólo escucha silencio, hasta que de pronto oye un chasquido. El ascensor comienza a caer de inmediato y Nahuel no sabe si apretar botones, intentar abrir las puertas o rezar. Cierra los ojos y empieza a gritar. Cuando ya no puede más los abre, agitado. Descubre que ya no está en el ascensor y hace fuerza para no volver a dormirse, para no seguir soñando. Los párpados se le cierran. Los vuelve a abrir. No quiere mirar el reloj y descubrir que falta poco para levantarse. Por la ventana entra la luz de las primeras horas del día. Ya nadie canta, apenas suenan unas bocinas lejanas. Nahuel se incorpora y ve que la cama de Rinaldo está vacía. Oye un murmullo que viene del baño. La puerta está cerrada. Se acerca y lo escucha hablar por teléfono con alguien. “Fica tranquilo —dice Rinaldo en voz baja y con un mal portugués—. Si eu pateo, o penalti não entra”. Nahuel se apresura y vuelve a la cama. Rinaldo abre la puerta del baño y pasa junto a su compañero que parece dormido. Él también se acuesta. Nahuel mantiene los ojos cerrados hasta que  siente los primeros ronquidos de Rinaldo. Ahora se levanta con cuidado de no hacer ruido, sale de la habitación en calzoncillos y camina por el pasillo del hotel. No sabe con quién hablar primero, si con el Gringo, con el Tata o con Maxi. Resuelve ir a verlo al Tata. Da unos pasos y porque suena la campanita del ascensor decide esconderse detrás de una columna. La puerta del ascensor se abre y ve bajar a Milton Casco abrazado a dos morenas grandotas vestidas como si vinieran de una scola do samba. Las morenas le sacan dos cabezas a Milton. Los tres no paran de reírse. A los tropezones llegan hasta la habitación de Nacho Scocco que les abre la puerta con una botella de champán en la mano. Ellas lo saludan dándole un beso en la boca. En cuanto Milton entra, Nacho da un grito de guerra indio y cierra la puerta de un portazo. Nahuel sale de su escondite y retoma el camino. Llega hasta la que cree es la habitación del Tata. Golpea la puerta con timidez y espera. Unos segundos más tarde intenta con tres golpes más fuertes. Escucha una voz que se queja. “Es él”, piensa. Martino abre la puerta, sin lentes, despeinado y dormido. Lleva una bata de tela de toalla blanca, entreabierta. Nahuel está por decirle algo cuando ve que los calzones del Tata son rayados azul y amarillo. El Tata reacciona e intenta cerrarse la bata pero Nahuel lo frena y alcanza a ver un escudo bordado en el muslo con la sigla: C.A.R.C. El Tata le da un puñetazo en el mentón que lo voltea. Cuando Nahuel abre los ojos otra vez está en su habitación. De los auriculares sigue saliendo música. El mentón no le duele pero la cabeza sí. Se incorpora unos centímetros y ve que Rinaldo duerme despatarrado. “Otra pesadilla”, piensa. El cuerpo le pesa demasiado, igual que los párpados. Una luz lo enceguece. Se toca la cabeza, donde le duele, y efectivamente le sale sangre. El réferi se apura en pedir asistencia. Entran el médico y el kinesiólogo. Los del Mineiro lo acusan de hacer tiempo. Nahuel intenta decirles que no pero ni siquiera eso puede hablar. Con un ojo alcanza a ver que Peratta comienza a hacer movimientos precompetitivos. Se ríe. “¿Estás bien?”, le pregunta el doctor pero Nahuel no le responde y se sigue riendo. El doctor le vuelve a preguntar y unos segundos más tarde, Nahuel dice: “Pesadillas”. El doctor lo mira y mira al banco, va a pedir el cambio cuando la mano de Nahuel, grande y firme lo sujeta. “Claro que estoy bien”, le dice. El médico y el kinesiólogo le ponen una venda alrededor de la cabeza. La gente silba y los del Mineiro siguen diciendo que el arquero no tiene nada. El réferi da nueve minutos de alargue. A los cuarenta y ocho, Nahuel le saca un disparo de gol a Josué y se siente bien despierto. Sin embargo, falta mucho más partido todavía.
Pablo Pedroso Buenos Aires, 14 de julio del 2013
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32 - Ella en la cancha

—¿Y ese quién es? —le pregunto, pero Lalo no me da bola. Mira, sí, pone cara de no saber y vuelve a concentrarse en hacer papelitos con las revistas que nos dieron en la entrada.
El tipo no me importa, la minita sí.
Hacía rato que yo no venía a la cancha. Mejor dicho, que Lalo no me traía. Ya no me acuerdo contra quién habíamos perdido que me dijo: “No te traigo más”. Y cumplió, hasta hoy cumplió.
Salen los equipos, euforia en las tribunas, los cantos de siempre y la alegría de Lalo al ver sus papelitos volando. Fiesta, banderas y mucha gente.
—Está que explota la cancha —le digo.
—Viste lo que es.
Giro otra vez y no paro de asombrarme. Cada vez somos más, y la minita está bárbara.
El partido no nos regala ni un córner.
—¿Desde cuándo tanta mina en la platea?
—Sí, viste lo que es. Tenés locas que son hinchas de verdad —dice Lalo mientras sigue con los ojos clavados en la pelota que parece mareada de tantas vueltas que da por el mediocoampo—. Fijate, vas a ver, andan con camiseta y todo.
Miro para un lado y para otro.
—Fanas —me aclara—, muy fanas.
La minita no, ella está de jeans y remerita blanca, escotada.
Pitazo, falta y amarilla. La gente grita: “¡No!”, y una, dos, tres, cinco locas de las que mencionó Lalo, insultan al réferi de arriba a abajo. La minita se sonríe, hermosa.
—Pero hay de todo —retoma Lalo—, algunas vienen para acompañar al novio, otras a conseguir novio, y varias, hasta para robar un novio vienen.
Apenas van treinta minutos y ya se escuchan voces que empiezan a pedir cambios: cambio de jugadores, de técnico, de estrategia, de lo que sea.
—Vienen porque está de moda, para hacer algo diferente, para no quedarse solas o para custodiar —dice Lalo y se suma al coro de los disconformes.
La minita no viene por eso. Tal vez es el tipo quien la trae para custodiarla. Si yo fuera él, no la largo ni una vuelta a la manzana. Cuál es el motivo por el que ella viene, no me importa, me alegra verla acá. Es hermosa y ella lo sabe (todos lo sabemos). Se nota que hace lo necesario, lo indispensable, para parecer más hermosa todavía. Es flaca y de piernas largas, pero los golpes de knock out te los da con la melena de diosa, esa cola contundente y rotunda, y una boca que jamás te cansarías de besar.
No me quiero justificar pero es magnética, no puedo dejar de mirarla. En el brazo tiene tatuado un trébol verde de cuatro hojas. Es ella la que debe traer suerte. 
Más por errores nuestros que por aciertos de los contrarios, poco a poco nos empiezan a cascotear el rancho. Lalo está como loco.
La minita mira el partido en cámara lenta, en lugar de ver correr veintidós muertos de hambre, parece estar disfrutando de una tarde frente a un lago.
Fin del primer tiempo. Todos nos paramos. Una mitad aplaudimos y la otra, putea o silba.
Ella se levanta y le revuelve el pelo al tipo que está con ella (es de los chiflan). Él no reacciona, la juega de machito recio. A ella no le importa, igual le da un beso y se aleja, seguramente rumbo al baño.
El último jugador desaparece por la manga. La gente deja de quejarse, algunos se estiran y Lalo rezonga.
Varios se le acercan al tipo y lo saludan. Él se queda sentado en su lugar y le responde el saludo a todos los que se le arriman. Vuelve la minita. Camina entre la gente como si desfilara, ese movimiento de piernas merece estar registrado. La ven venir y los que están cerca del tipo se abren para que ella pase. Ninguno le mira esa cola preciosa que ella bambolea. Hay que ser fuerte de espíritu para privarse de semejante espectáculo. Evidentemente el tipo debe ser pesuti.
Lalo rejunta papeles del piso y los convierte en papelitos. Aparecen el réferi y sus secuaces, aparecen los otros muertos y después los nuestros, los mismos once. Lalo lanza papelitos pero ni el viento se entusiasma.
El sol baja y debo hacerme visera. A la minita, el sol del atardecer la tiñe de dorado. Por la cara del tipo y el insulto de Lalo, me doy cuenta de que algo pasa. Vuelvo al partido y el réferi está seguro del penal que nos acaba de cobrar. Todos lo putean.
—¿Fue? —le pregunto a Lalo que me mira como si le hubiera pedido que me presentara a su abuelita.
Para donde van mis ojos descubren cábalas. Sin embargo, patea el nueve de ellos y la clava en la red. Lalo se da vuelta y ahora me mira como si toda la culpa fuera mía. Ya sé que no me va a traer por una larga temporada, no hace falta que me lo diga. Le doy unas palmaditas en la espalda y giro, despreocupado.
La minita sigue disfrutando de su tarde frente al lago.
Pablo Pedroso Buenos Aires, 4 de mayo del 2013
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40 - Camino a la final

Apenas Alemania clavó el cuarto se le ocurrió la idea. Sacrificio, pensó. En la tele repetían el gol de Klose, los alemanes festejaban —otra vez contra Argentina— mientras Maradona caminaba e intentaba mostrarse serio, entero. Él, en cambio, era una estatua desde el minuto dos; sin reacción, como si se hubiera contagiado de Demichelis, Otamendi y el resto del equipo. Se sintió lejos. Cuando el árbitro pitó el final, él juró que en Brasil la historia iba a ser diferente. Nunca, hasta el gol de Klose, había amagado a viajar. Ni siquiera en sueños.
Este no va a ser un viaje, aclaró como si alguien lo estuviera oyendo. Un segundo después, como para que no quedaran dudas, agregó: Sacrificio.
Apagó la tele, desenchufó la compu, no contestó el teléfono y silenció el celular. Hasta que pase el chubasco, pensó. De inmediato se dio cuenta de que el camino a Brasil se había iniciado. A partir de ese momento no volvería a ver o a escuchar partidos de la selección, ni oficiales ni de los otros. Tampoco podría leer, por más mínima que fuera, información acerca del equipo argentino. Ni siquiera tendría permitido una charla de fútbol con amigos, parientes o conocidos.
Para oficializar el compromiso buscó un almanaque y con un marcador rojo tachó la fecha: 3 de julio. Miró los días que restaban hasta fin de año, pensó en julio de 2014 y lo sintió lejos. Cuatro años es tiempo suficiente para organizar cada detalle, pensó.
A la semana comenzó a entrenar: diez cuadras, veinte, treinta. Un año después usaba el auto sólo para lo esencial. Modificó los horarios, se acostumbró a acostarse temprano para poder levantarse con tiempo como para ir caminando al trabajo. Eran tres horas entre ida y vuelta (al principio un poco más). Día a día anotaba los kilómetros que caminaba y el tiempo que le llevaba recorrer esas distancias. Sobre la mesa de luz se le iban amontonando libretas repletas de datos y apuntes. 
Cada Semana Santa aprovechaba para ensayar. En la del 2011 caminó treinta y ochos kilómetros y llegó a Escobar. La noche del jueves la pasó en el primer hotelito que encontró cerca de Panamericana. Colgada en una pared de la habitación vio una imagen de Cristo llevando la cruz. A pesar de que era una impresión barata, con el marco torcido y berreta, él, que nunca había sido muy religioso, se emocionó. Las piernas se le doblaron, creyó que por el cansancio, y quedó frente a la imagen, de rodillas. Lloró sin saber si lo hacía por tristeza, alegría o dolor. Más tarde se quedó dormido pensando en el Vía Crucis, en el sacrificio de Cristo y en su decisión de llegar a Brasil en el 2014. El viernes descansó todo el día y el sábado, renovado, caminó de regreso a Buenos Aires.
Al año siguiente se atrevió a más: el Jueves Santo caminó hasta Escobar, pasó la noche en el mismo hotel y en la misma habitación que el año anterior. Al otro día salió muy temprano hacia Zárate, quería atravesar el puente con luz de sol. Fue la primera vez que lo cruzó a pie. La subida le resultó suave y la senda peatonal, angosta; del otro lado del guarda rail los autos pasaban veloces y muy cerca. Al llegar a la parte más alta el viento era demasiado intenso, un par de Scanias sobrecargados hicieron que el puente vibrara, pero él nunca dejó de caminar. Al atardecer, agotado, paró en un recreo sobre la isla Talavera. Consiguió alquilar una cabaña diminuta donde pasó la noche con los pies elevados, apoyados contra la pared. Tenía miedo de que al día siguiente las zapatillas no le entraran. El sábado se dedicó a descansar, a hacer ejercicios de relajación, y a remojarse los pies en el río. El domingo regresó a Buenos Aires en micro. En el 2013 hizo el mismo trayecto: primero Escobar y al día siguiente Zárate. Repitió hotel, habitación y recreo. El sábado cruzó el segundo puente y caminó hasta Ceibas, Entre Ríos. Llegó cómodo y con ganas de andar más, pero desistió, al otro día debía regresar a Buenos Aires. 
Cuando volvió a su casa revisó las libretas con apuntes, hizo cuentas por centésima vez y anotó los nuevos valores que se parecían a todos los anteriores. Velocidad recomendada, cinco kilómetros por hora. Frecuencia, ocho horas diarias repartidas en dos turnos de tres horas y uno de dos, con dos horas de descanso entre turno y turno. Entre paréntesis anotó: 3 + 3 + 2. Ese detalle lo hizo pensar en fútbol y en las discusiones de táctica de los equipos. Extrañaba esas charlas. Se preguntó qué estrategia estaría utilizando Sabella y después de mucho tiempo sintió nostalgia por la celeste y blanca.
Una tarde en el trabajo escuchó en el ascensor que alguien decía: Los mundiales se juegan cada cuatro años para que tengas tiempo de olvidarte de lo mal que jugó tu selección en el mundial anterior. Lo primero que recordó fue el entusiasmo que le habían provocado los equipos de Basile en el ’94, Bielsa en el 2002 y Pekerman en el 2006; luego recordó la dura frustración que sufrió con cada uno. Necesitado de ánimo repasó los partidos de Maradona en el mundial del ’86, pero poco a poco sintió que esos recuerdos le quedaban cada vez más lejanos.
El año 2013 se le pasó volando. Recién en octubre se enteró de que Argentina había terminado primera en las eliminatorias. En diciembre se permitió ver el sorteo del mundial para conocer en qué ciudades jugaría la selección. Cuando los comentaristas opinaban sobre la suerte del equipo nacional, él bajaba el volumen del televisor. 
Conseguir la entrada fue más complejo y más duro que todo el entrenamiento. Le llevó meses concretar la compra. Las idas y vueltas, los intentos sin suerte a través de la página oficial, los escandalosos precios y paquetes que le ofrecían las agencias de viajes autorizadas y las negociaciones con revendedores quedaron atrás. Va a ser plata bien gastada, se repetía cada vez que recordaba el valor que había pagado por un lugar en la final.
En las fiestas pudo aprovechar una promoción y comprar tres pares de las zapatillas que consideraba ideales para su aventura. A mediados de febrero las empezó a ablandar. El último mes fue el más difícil, cargado de dudas y de ansiedad. Cuando le costaba dormir revisaba las cuentas y los apuntes que había acumulado en las libretas o volvía a chequear si la distancia que lo separaba de Río de Janeiro seguía siendo dos mil seiscientos veinte kilómetros. Una de esas noches repitió el cálculo que había hecho tantas veces, dividir la distancia a recorrer por la cantidad de kilómetros que caminaría por día: 2620/40. El resultado era el de siempre, sesenta y cinco días y doce horas. En números redondos, sesenta y seis días. Miró el papel donde había anotado sesenta y seis y algo no le gustó. Revisó cálculos anteriores, se preguntó si le molestaba que hubiera alguna relación con el mundial del ’66 y preocupado volvió a la cama. En la oscuridad de la noche descubrió que tal vez la incomodidad se debía a que sesenta y seis era demasiado parecido al número del diablo. Fue así que decidió adelantar la salida un día, la fecha elegida sería el jueves 8 de mayo.
Esa mañana, bien temprano, sentado sobre el borde de la cama se calzó las zapatillas como si sus pies fueran los de Cenicienta. Desayunó poco. Revisó la mochila. Lo que más llevaba eran medias, todas nuevas, mullidas. Donde le sobraba espacio metía un par. En un iPod Touch había cargado mucha música, la planificación de cada día, los mapas con el itinerario —una larga lista de pueblos, pueblitos y ciudades— y el fixture. Estaba listo. Dejó el celular y no se despidió de nadie. En casi cuatro años nunca había contado lo que pensaba hacer, sentía temor de que alguien fuera capaz de alterar su plan, de boicotearlo, y él no podía permitirse un error. Estaba convencido de que si caminaba rumbo a Río de Janeiro sin saber qué ocurría en el mundial, sin conocer quienes ganaban y quienes perdían, Argentina llegaría a la final. No podía explicar por qué tenía ese convencimiento, era un acto de fe y la fe se tiene, se siente pero no se explica.
Ahora sólo tengo que caminar —dijo—, un pie delante del otro.
Se calzó los auriculares, subió el volumen de la música y salió convencido de que en lugar de emprender un viaje, comenzaba una misión. En cada paso soñaba con una lluvia de papelitos que estaba por llegar. En cada paso se sentía más cerca del Maracaná.
Pablo Pedroso Buenos Aires, 29 de abril del 2014
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31 - Los guionistas

Salimos del ascensor y nos cruzamos con un gordo transpirado, con lentes gruesos, que subía cargado de carpetas. —Buen día —le dijo 1-26 en voz alta y con una sonrisa. —Buen día —agregué yo también. El gordo no nos respondió, parecía preocupado en sus asuntos. Supuse que ni siquiera había notado nuestra presencia, sin embargo, cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, el gordo apretó un botón para que se abrieran. —¿Vos hiciste Banfield - Central? —me preguntó. —No —le dije luego de mirar a 1-26—, yo soy nuevo. —Él es 0-77 —dijo 1-26—. Es nuevo. El gordo apretó otro botón y las puertas comenzaron a cerrarse De la frente le cayó una gota de sudor sobre la corbata blanca y roja. Con 1-26 nos miramos y alcanzamos a escuchar la voz del gordo que se alejaba en el ascensor: —Buenos días. Giramos y avanzamos por un pasillo flanqueado por interminables boxes de paneles bajos. —¿Sabés quién era ese? —me preguntó. —Ni idea. —5-33 era. —¿El de la final del 2006, con Estudiantes campeón? —El mismo —dijo 1-26—. Antes trabajaba acá, en este piso. Ves —y me señaló un box igual a muchos otros—, ese era el suyo. Claro que con aquella final dio el batacazo y lo ascendieron del nivel 0 al 5 en un abrir y cerrar de ojos. Carrera meteórica, ¿no? —Bueno, fue una gran final. Boca era el candidato, tenía todo para ganar pero apareció Estudiantes haciendo fuerza… —Llegamos —dijo 1-26 sin ganas de seguir hablando de 5-33. Se detuvo frente al último box del pasillo. Era un espacio oscuro, más chico que los otros, sin ventanas y pegado a los baños. —Este es tu lugar de trabajo. Sobre el panel frontal había una cartelera donde figuraba mi nuevo nombre: 0-77. 1-26 miró su reloj y me dijo: —En minutos se sortea el fixture, tené todo listo que acá el tiempo vale oro.—Dio media vuelta y desapareció. Sobre el escritorio acomodé mis apuntes, una birome, un block con hojas lisas para dibujar y dos lápices de minas blandas. La pantalla de mi procesador se iluminó. Un contador como de bomba comenzó una cuenta regresiva. Los dígitos pasaban velozmente hasta que seis ceros quedaron fijos en medio de la pantalla. Los números se transformaron en texto: River - Newell’s, domingo 9 de setiembre - Entrega: miércoles 9AM. La emoción de que mi primer partido fuera uno de Primera “A” no me permitía concentrarme en la información que iba recibiendo: los nombres de los posibles jugadores, la terna arbitral, las estadísticas de ambos equipos, etc. Jamás había soñado con un debut semejante: Primera “A” y River Plate. Estaba feliz y emocionado, por suerte las manos no me temblaban, las precisaba firmes y dispuestas para teclear y teclear. De los otros boxes llegaban exclamaciones y comentarios de los demás guionistas. Uno se quejaba porque pasó de hacer Boca - Rafaela a trabajar en Crucero del Norte - Douglas Haig. Otro vitoreaba porque ligó San Lorenzo - Colón. A dos boxes del mío, un desaforado gritaba que lo estaban cagando, que era la tercera semana seguida que le tocaban partidos del viernes y que era inhumano llegar a una entrega digna para hoy lunes a las 8PM. “Me lo hacen a propósito, me quieren cagar”, decía. De repente sonó la sirena. En mi procesador apareció la plantilla de texto limpia y ansiosa por recibir palabras. Se hizo un gran silencio, ahora sólo es escuchaba el golpeteo constante de los dedos de todos nosotros rebotando sobre cada uno de los teclados. Comenzar era fácil, la salida de los equipos, el sorteo en mitad de cancha y elegir quién arrancaba el partido. Cualquier otro novato en mi lugar hubiera designado a River pero yo no me dejé llevar por el entusiasmo y puse: Newell’s. Mientras escribía, pasaban por mi cabeza las frases que tanto habían remarcado los profes durante las clases de capacitación: no dejarse llevar por impulsos, no todos los partidos deben ser partidazos, evitar caer en lo obvio, no abusar de situaciones agotadas (un gol en el último minuto era el ejemplo que daban todos), y buscar siempre la credibilidad pero sin dejar de sorprender. “Todo buen partido —nos explicaba el profesor 4-38— debe tener un factor sorpresa. El talento de un buen guionista es saber ubicar esa sorpresa en el momento preciso en que el partido la necesita”. Lo primero que se me ocurrió plantear fue que River jugara con tres adelante: “Tridente ofensivo —escribí—, con el uruguayo Mora por afuera. Una cara nueva siempre genera esperanzas”. Credibilidad: armé un River arrasador en ataque pero frágil en defensa. “Los equipos compactos pueden ganar campeonatos —decía 4-38— pero aburren. Y a nosotros no nos pagan para aburrir, al contrario”. En Newell’s metí a Scocco de titular y me aseguré tener un partido de ida y vuelta. “El secreto del éxito—comentaba 4-38— está en el manejo de los intérpretes, cómo sus dichos o sus actos visten, consolidan la gran parodia. Vean el caso de 5-33 en la final del Apertura 2006. Horas antes del partido clave contra Lanús, le hace decir a La Volpe, DT de Boca, una frase que jamás diría un director técnico: “Si no salgo campeón, me voy”. Imagínense a Falcioni diciendo algo semejante, o a Russo o a Cappa o a tantos. No, ninguno diría una frase suicida como esa, excepto La Volpe, claro. A él sí se la creemos, con su voz tabacosa y con su tono canchero de siempre. Y ahí estuvo el primer gran acierto de 5-33, entender al personaje y dotarlo de una frase potente, única, pero posible. El segundo gran acierto, claro, fue hacerle perder el campeonato. Lo desangró de a poco: derrota con Belgrano, derrota con Lanús hasta llegar a un apasionante partido final con Estudiantes que mantuvo en vilo a todo el país. Menos de ocho horas tuvo 5-33 para diagramar esa final, y así y todo tuvo el talento y la cabeza fría para pergeñar que fuera Boca quien comenzara ganando el partido pero que luego Estudiantes, recién en el segundo tiempo, lo diera vuelta y se consagrara campeón”. Mientras pensaba en mi partido, me entretuve haciendo dibujos de bigotes de distintos tamaños en el block de hojas lisas. En un costado escribí con lápiz: Almeyda no es La Volpe. En homenaje a 5-33 decidí que el primer gol lo hiciera Newell’s. “De arranque”, puse. Luego corregí y escribí: “Casi de arranque”. “Entre los primeros diez minutos y los quince”, aclaré. A continuación especifiqué cada uno de los detalles que debía tener la jugada. “No dejes nada librado al azar —decía uno de los profes—, sé preciso. Si un jugador no tiene en claro su rol, improvisa y jugador que improvisa, atenta contra el plan”. Toda la responsabilidad de la maniobra se la asigné a Scocco, pero el gol, el primero, preferí que lo hiciera Pablo Pérez. Acotaciones para los festejos y las reacciones en los bancos de suplentes. Vi que era indispensable que el empate llegara antes de los veinte, el autor: Trezeguet. “Los ídolos se construyen de a poco”, decía 4-38. Desconcierto en el visitante, ataques profundos en el local. La apuesta era fuerte: el tridente ofensivo a pleno. El partido merecía algo más: otro gol para River, ahí nomás, antes de los veinticinco. Patadón del debutante, el uruguayo Mora. Golazo. En mi primera clase aprendí que un partido es bueno cuando los dos equipos dialogan con la pelota: contraataque de Newell’s. Lesión grave de un defensor de River a los treinta y cinco. Una sutileza digna de 5-33. Lesionar a un jugador en el primer tiempo y no tener un reemplazo lógico en el banco era disfrazar a la planificación de improvisación. Pequeños detalles que esconden la mano del autor. Fin del primer tiempo. Me paré, hice sonar mis huesos del cuello y di un par de vueltas dentro del box como para estirar un poco las piernas. Me alegré de no tener que encargarme también de redactar los comentarios de la prensa. Cuando era estudiante pensaba todo lo contrario, para mí era tan notorio que los dichos de los periodistas deportivos estaban guionados, mal guionados, que sentía que la credibilidad de todo el sistema corría riesgos. “Esa debe ser tarea de los guionistas”, proclamaba. Sin embargo, una vez que me puse del otro lado, que tuve que enfrentar el desafío de escribir una historia de verdad, con noventa minutos de fútbol, comencé a ver las cosas de manera diferente y entendí que si además me hubiera tocado guionar los textos de los periodistas deportivos, habría sido agotador. Ahora si justificaba la existencia del Departamento de Opinión y sus muchachos encargados del periodismo deportivo. Los “copy/paste” los llamábamos en el instituto. Copiar y pegar, copiar y pegar. Nunca una idea nueva. La alarma de las 8PM había sonado y pasaron los supervisores recolectando los textos de los partidos del viernes. Volví a sentarme, estaba ansioso por seguir escribiendo. En el arranque del segundo tiempo planté a River bien de punta y a Newell’s listo para una contra. Tuve que decidirme por quién metía el tercero de los de Nuñez y me quedé con el mellizo Funes Mori. Ya más adelante le iba a hacer fallar un gol imposible. “Lo bueno de tener personajes con perfiles tan definidos es que se escriben solos”, tenía anotado en mis apuntes. Necesitaba inventar un efecto sorpresa, al mejor estilo 5-33, y se me ocurrió un penal pueril, inapropiado en el área de River. Tal vez alguna influencia del último partido de la selección contra Paraguay, por las eliminatorias. Pero bueno, ¿quién no tuvo influencias en su carrera? Ahora sí gol de Scocco. Abrí el partido, con River que pasaba de disfrutar la victoria a sufrirla, y Newell’s, que renovado por los cambios, veía que estaba a tiro del empate. Me pareció un acierto no dejar pasar mucho tiempo para el tercero del equipo de Martino. Estirar una situación puede restarle eficacia. “Antes del minuto 30, gol de Newell’s. Ignacio Scocco. 3 a 3”, escribí. Desconcierto en un banco, alegría en otro. Nuevos cambios, algunas tarjetas y un casi penal para tener en vilo a la muchachada. Releí el texto, corregí algunos detalles que había pasado por alto, pasé el scanner ortográfico y cuando sentí que lo tenía terminado, imprimí una versión y me acosté sobre el piso de alfombra. Relajado y en voz alta lo leí una vez más. Caminé por el pasillo hasta el puesto de un supervisor. Le entregué la versión impresa y la versión digital. En un primer momento el hombre se imaginó que le daba un partido del sábado. Volvió a leer la portada del impreso y me dijo: —Mire que su partido se juega el domingo, le queda tiempo todavía. —Sí —le dije—, lo sé. —¿Y no quiere aprovecharlo? —No —le agradecí—, no tengo nada más que escribir. El domingo a la tarde desconecté el teléfono y apagué el celular. Frente a la tele encendida no me movía del sillón, sin embargo, me sentía inquieto. Cuando jugaban Independiente y Quilmes, los jugadores desfilaban delante de mis ojos, pero yo nos los veía. Tardé en darme cuenta de que terminó en empate. Apenas River y Newell’s pisaron el césped del Monumental recobré los sentidos. La emoción fue grande y el partido se me pasó volando. Quedé conforme. Por supuesto que vi muchas cosas que me dieron ganas de corregir, pero lo escrito, escrito estaba. A la mañana siguiente llegué al trabajo un poco ansioso por escuchar los comentarios de los supervisores. En el ascensor me volví a cruzar con 5-33. Una vez más no me respondió el saludo. —¿Usted fue el de River - Newell’s? —me preguntó. —Sí —le respondí orgulloso—. ¿Lo vio? —Por supuesto. —¿Y qué le pareció? —No estuvo mal —me dijo—, hasta el minuto 27 del segundo tiempo no estuvo mal. Las puertas se abrieron en el nivel 0. Bajé preguntándome qué había sucedido en el minuto 27. Yo lo había escrito y no me acordaba. Repasé el guión a toda velocidad hasta que lo descubrí, fue el gol del empate, el 3 a 3, el que le arrebató la victoria a River. Miré a 5-33, miré su corbata blanca con franjas rojas y entendí. Las puertas del ascensor se cerraron. Un segundo después alcancé a escuchar la voz de 5-33 que se alejaba: —Buenos días. Pablo Pedroso Buenos Aires, 15 de setiembre del 2012
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30 - Pretemporada en Mar Azul

Las playas de Mar Azul son enormes todo el día y todo el año, pero en febrero, a las ocho de la mañana, parecen gigantes, inmensas… Interminables.
- ¿Somos los primeros? -pregunta Lili.
- Parece, ¿no?
Los únicos habitantes de la playa son unos pocos pescadores, tres o, a lo sumo, cuatro. Caminamos hasta la arena dura, acomodo las sillitas, me quito la remera, miro a Tután y él me mira atento, ansioso por correr hasta el agua y mojarse las patas antes que yo. Lili le acaricia la cabeza, aprovecho la distracción y salgo de pique hasta la orilla. Tután gira, se olvida de Lili y corre desesperado por ganarme la carrera. Siempre me gana. Llegamos al agua y nos recibe una ola fuerte, espumosa, brillante y fría; muy fría. Me freno, a Tután el agua fría no lo asusta y se mete casi hasta el cogote. Yo no soy Tután y retrocedo unos pasos hasta quedar fuera del agua o casi. Me ladra una, dos veces; debe querer que me meta y que juegue con él. Ni loco. Tal vez más tarde, cuando el sol caliente un poco.
Camino por la orilla hasta encontrarme con el primer pescador; el hombre permanece firme con la vista clavada en el mar, firme como la tanza de su caña que entra en el mar y se pierde. Tután llega, se sacude y nos salpica a mí y al pescador que lo mira con mala cara. Amargo.
- Vamos -le digo a Tután y nos volvemos junto a Lili.
No sé de dónde salieron pero ahí están, primero veo al pibe: un gordito rubión de doce años (o catorce como mucho), con cara de bueno. Después descubro la serie de conos naranjas dispuestos a lo largo de la playa, y por último lo veo a él, al que supongo que es el viejo, al responsable de semejante hecho inusual y, digamos, deportivo.
El pibe viste el equipo completo de San Lorenzo, el equipo original: la ultimísima camiseta, el pantaloncito, las medias y zapatillas de las escandalosamente caras. Todo nuevo, todo impecable. ¡Una fortuna tiene puesta encima!
No sé por qué pero siempre me cayeron mal los que se “disfrazan” de jugador de fútbol profesional, me da como que quieren disimular con guita y pilcha lo quesos que son. En un “pan y queso” ni loco elijo a uno de estos que se aparecen con todo el equipo a estrenar de su club favorito.
El que yo creo que es el padre da unos piques rápidos en el lugar como un jugador que está a punto de entrar a la cancha; es un tipo de mi edad, bajo, panzudo y pelado. Parece un entrenador de fútbol patrocinado por Nike: camiseta Nike negra con vivos blancos que le queda ajustadita en la zona del abdomen, pantaloncito negro Nike, zapatillas de la marca de la pipa y medias cortas.
El pibe juguetea con una pelota azul que no debe tener ni una semana de uso. Sus movimientos no muestran nada especial ni asombroso. El golpeteo de las olas y el rumor incesante del mar me impiden escuchar las indicaciones del supuesto padre gordito al supuesto hijo gordito. Es tan temprano que aún no habían aparecido el vendedor de churros y, muchísimo menos, la gritona que ofrece “gaaaseosaaas... iennnsalada de frutaaas”; sin embargo estos dos personajes entrenan acá, en la playa, como si estuvieran en plena pretemporada.
El chico corre en slalom entre los conos naranjas, va hacia un lado y vuelve; ya en el segundo intento lo hace al trote y sin el entusiasmo inicial, recién cuando el padre lo arenga, el hijo recupera el ritmo y vuelve a correr. El padre le arrima la pelota y él intenta hacer el mismo recorrido dominando el balón, esquivando conos como si fueran rivales. Claro, esa es la idea pero al pibe no le sale. “Vamos, vamos”, le insiste el padre, sin embargo el hijo se tropieza más de lo que avanza. En el segundo intento, que es menos desastroso que el primero, el padre corre hasta un bolsito que tiene a un costado y aparece con una cámara de video pequeña. Filma a su hijo intentando esquivar los conos, el pibe se da cuenta y trata de mejorar su performance pero mucho no lo consigue. El padre se apasiona y busca encuadres sofisticados, el pibe hace una más o menos bien, pasa cerca del lente, se tienta y sonríe a cámara.
Ahora ambos trotan enfrentados a lo largo de la fila de conos, el padre le arroja la pelota con las manos para que el hijo se la devuelva a puros cabezazos. Una bien, dos bien, tres bien..., a cualquier lado. Una bien, dos bien..., a cualquier lado. Una bien..., a cualquier lado. El padre acelera el ritmo y el chico pifia más de las que acierta.
¡Mi Dios! Un tronco sin cintura ni habilidad en manos de un obsesivo que cree y pretende que su hijo sea lo que no es: un crack. ¡Cuánta locura! Con Tután nos miramos y nos damos cuenta de que pensamos lo mismo: ese chico debería estar jugando con otros chicos, disfrutando de sus vacaciones y no sufriéndolas.
Ellos hacen un break, el padre saca una botellita que esconde en el interior de uno de los conos y se la alcanza a su hijo, es una botella pequeña de PVC que contiene un líquido de color ocre y denso, un menjunje casero, imagino, con alguna receta mágica capaz de transformar en promesa o realidad a este pibe disfrazado de jugador de fútbol. Toma un trago mientras el padre lo observa con atención. “Todo”, le dice el padre; el pibe se apoya el pico en los labios, cierra los ojos y apura el contenido de la botella de un trago, sin respirar. Termina y se queda quieto, sin levantar la cabeza y sin abrir los ojos. El pibe extiende su brazo y le ofrece la botella vacía al padre, este la recibe y la vuelve a guardar dentro del cono naranja. El hijo permanece en la misma posición y quieto unos cuantos segundos más. Empiezo a pensar seriamente en la posibilidad de que el menjunje sea una receta mágica. El padre se le acerca como si no quisiera despertarlo de esa especie de trance que su hijo está viviendo, cuando llega junto a él respira profundamente, muy despacio levanta sus brazos hasta ubicar las manos a la altura de las orejas del chico y hace chasquear sus dedos. Me imagino que el pibe se va a despertar y va a empezar a toquetear la pelota azul como si fuera el mismísimo Lío Messi pero no, el pibe por fin se mueve, primero se sacude, luego se toma la panza y por último lanza un intenso vómito ocre y denso que baña por completo a su sorprendido padre.
No puedo contener la carcajada, el padre me escucha y me mira depositando todo su odio y su frustración en mí. Le ofrezco una toalla pero el prefiere quitarse, arrancarse casi, la remera Nike y limpiarse con eso. El gordito hijo también me mira y se sonríe mientras se pasa el dorso de la mano para limpiarse la boca sucia. El padre junta los conos con prisa y los mete en el bolsito, de una patada revolea la botella vacía de PVC y emprende su retirada rumbo a la salida de la playa detrás los médanos. El pibe lo mira y no se atreve a decir nada. Ve que el padre se aleja a paso vivo y está a punto de ir tras él cuando descubre que se olvidaban la pelota azul. Trota hasta la pelota y cuando llega, intenta hacer una bicicleta pero se le traba un pie o se enreda con no sé qué y termina panza arriba sobre la arena. Trato de no reírme. El pibe se sienta, se sacude la arena y me busca con la mirada pero Tután y yo corremos hacia el mar; el sol había calentado lo suficiente.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 26 de febrero del 2011
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29 - Ayer nomás

- Feliz día del amigo -dijo Marcelo.
- Feliz día -respondieron Leo y Juan al mismo tiempo. Entre los tres chocaron sus copas, se miraron, sonrieron y bebieron un sorbo de vino tinto.
- Ayer, en internet, vi una foto que estaba increíble -comentó Marcelo.
- Pará un poquito, che -saltó Leo-. Te va a hacer mal tanto porno.
Juan se rió y yo los escuchaba mientras terminaba de poner la mesa.
- No, no era eso -le contestó Marcelo.
- Ah, ¿no era porno? -lo interrumpió Juan-. Entonces no debe haber sido tan increíble.
- Claro -dijo Marcelo en el medio de un nuevo trago de vino.
- ¿Claro qué? -preguntó Leo entre risas.
- Las dos cosas: claro que no era porno y claro que era una foto increíble -respondió Marcelo.
- Contá de una buena vez -le pidió Juan ansioso.
- OK -arrancó Marcelo-. Era una foto vieja donde estaban juntos los tres protagonistas de la semana. ¡Qué digo de la semana! De los últimos veinte días.
Juan y Leo lo miraban a la espera de un dato más. Marcelo bebía y yo, que había terminado de poner la mesa, también tenía ganas de saber, así que me acomodé, calladita, en una de las sillas del comedor hasta escuchar qué tenía de increíble la foto que mencionaba Marcelo.
- Dejá de hacerte el intrigante y contanos de qué se trata -le reclamó Juan.
Marcelo se rió y dijo:
- Está bien. Acá va: era una foto de Maradona...
¡Uh, no! ¡Basta con Maradona! -se quejó Juan. Y yo le daba la razón, después de la eliminación del Mundial el único tema parecía ser Maradona DT de la selección: que lo rajaban, que no lo rajaban, que le renovaban el contrato, que no, que se peleó con este y que con el otro... Estaba hinchada con tanto “Maradona”. Leo, en cambio, se rió:
- No me vas a decir que viste en internet una foto porno de Maradona.
“¡Y dale con el porno!”, pensé. Recordé la promesa de Diego: “Si salimos campeones del mundo, me desnudo en el obelisco”, y por fin encontré un motivo para alegrarme por la derrota contra Alemania.
- Para nada... Era una foto del casamiento de Maradona y estaban los tres abrazados: Bilardo, Grondona y Maradona.
- Me estás jodiendo -dijo Juan.
- Te lo juro. Los tres en medio de la fiesta, alegres, sonrientes...
- ¿Los tres? -preguntó Leo.
- Si, los tres. ¿Sos sordo? Bueno, en realidad eran cuatro, también estaba “la” Claudia.
- ¡Qué buena foto! -dijo Juan.
- ¡Qué les dije: una foto increíble! La Claudia estaba “radiante” con su vestido de novia. Bilardo, Grondona y Maradona parecían algo así como “Los tres...”
- ¡Como “Los tres chiflados”! -se apuró en decir Juan.
- No, “Los tres chiflados”, no... Como “Los tres mosqueteros”.
- ¡Ja! -cayó Leo-. Mirá vos, qué foto... ¡Increíble!
- Era lo que te decía desde hoy -se quejó Marcelo-. Ahí estaban los tres, posando, con sus sombreritos de cotillón, muy amigos y muy felices. En cambio ahora se tiran con lo que tienen, se cruzan acusaciones de mentiras y de traiciones.
- Lo que es la vida -dijo Juan.
- Mirá vos -repitió Leo-, qué foto...
Marcelo lo miró y estuvo a punto de decirle algo pero se ve que se arrepintió.
- ¿Cómo puede ser que estos tres terminen peleados? ¡Y tan peleados! Ves la foto y te preguntas tantas cosas... -dijo.
- ¿Cómo se puede romper una amistad? -preguntó Juan.
- Mirá vos... -arrancó Leo otra vez.
Los dejé charlando o mejor dicho, repitiendo “Mirá vos” y “¿Cómo puede ser?”. Me fui a la cocina, segura de que Guadalupe y Clara, las esposas de Leo y Marcelo ya tenían listas las ensaladas. Traté de imaginar la foto, de visualizarla, vi a la Claudia y vi a “Los tres mosqueteros”. ¿Sería D’Artagnan la Claudia? El casamiento fue en noviembre del ‘89. Me quedé pensando en que hacía años que el matrimonio entre la Claudia y el Diego se había terminado. A Marcelo, a Leo y a Juan no les llamó la atención ese detalle, no, ellos son hombres, se asombraban de la otra ruptura, la que puso fin a la amistad entre “Los tres mosqueteros”. Pobres, no entendían nada y para mí estaba muy claro: a veces las fotos resultan demasiado viejas.


Pablo Pedroso
Buenos Aires, 31 de julio de 2010
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Los cuentos también en Lovingfutbol



Desde España, el amigo Sergio Barona estrena su título de campeón mundial (¡nada más y nada menos!) y le pone las pilas a una nueva web futbolera: Lovingfutbol. Realmente está haciendo un trabajo para destacar y, entre tantas cosas, se enganchó con los cuentos de fútbol y comenzó a publicar algunos de mis cuentos (entre otros) en su web.

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28. Distinto

(Sudáfrica - 2 de julio de 2010)

“Loco”, le dicen. Y el tipo no reniega de eso, acepta que lo llamen así y seguramente se ríe (no podría ser de otra manera). Ahora, ¿quién puede decir, a ciencia cierta, si realmente está loco o más cuerdo que todos nosotros? ¿Un facultativo? No, en absoluto, este muchacho está más allá de cualquier diagnóstico. Él es distinto, tal vez por eso lo llaman “loco”. También es flaco y medio feo pero fundamentalmente es: distinto.
Distinto a mí, a vos, a muchos.
¡Y a mí me da tanta envidia eso! Quién pudiera, ¿no? Ser así, como él.
Uno siempre quiere parecerse a esos personajes que se destacan del resto. Claro, tener algo, una pizca de su estrella. Todos soñamos cosas por el estilo. Tal vez los otros soñadores se dejan llevar por los flashes de la prensa, las modas de otros nombres y las noticias de otras ligas pero yo no soy así, a mí me gusta él, con sus virtudes y con todas esas cosas que vienen en la misma bolsa y algunos llaman defectos.
Quizás siento todo esto porque me cayó bien de entrada, cuando lo vi por primera vez en una cancha. Yo no tenía la menor idea de dónde lo habían sacado y (si no recuerdo mal) en su primera intervención del partido la pelota se le enredó entre las patas, largas y flacas, y se le escapó. Pero ojo, le puso ganas y gracia a la situación, no la disimuló, la peleó y casi casi recupera la pelota. No fue gran cosa pero desde ese momento me cayó simpático y mis ojos comenzaron a buscarlo cada vez que él entraba a una cancha.
No es Cristiano Ronaldo, Beckham, Messi, Rooney, el Niño Torres ni Forlán. Está claro, pero...
Vistió tantas camisetas que ya perdí la cuenta. Además parece eterno, ¿cuántos años hace que está jugando?
No deja de sorprenderme. Y mirá que lo conozco.
Porque entró unos minutos y pasó desapercibido, agazapado, como esperando su momento de gloria que ya estaba por llegar. La paciencia de los sabios tal vez.
¡Y pensar que le dicen loco!
La cámara lo enfocó en el medio de la cancha, todos los ojos estaban con él, casi todo el estadio pendiente de su fracaso pero él no, él avanzaba hacia su destino (el punto blanco en el área y la gloria misma) como si fuera el comisario del pueblo, el sheriff o John Wayne en pleno duelo de una película del oeste.
Te juro que hasta yo me sorprendí. Nunca te vi así: con tanta calma, seguridad, con tanto convencimiento. Te tendrías que haber visto, Loco, avanzabas con una presencia tal que impactabas. Enorme. No dudaste ni aflojaste: avanzaste. Y cada paso que dabas, te admiraba más. Las vuvuzelas nos aturdían a todos menos a vos. Caminaste con un país detrás y se notó, hiciste ese viaje desde mitad de cancha acompañado por Obdulio Varela y todos los próceres que vistieron la celeste y las patas flacas no te temblaron (nunca lo hicieron). Parecías estar serio y compenetrado, parecías ceremonioso, inmutable pero eras una tremenda incógnita. Acomodaste la pelota al tiempo en que nos preguntábamos, ¿qué ibas a hacer? Sabemos que sos capaz de muchas cosas (y no quiero decir locuras, no). Pero la pregunta, en realidad, era: “¿Quién ibas a ser, el loco o el distinto?”.
Picaste la pelota, Abreu, y la respuesta fue toda tuya. Mientras nuestros corazones gritaban tu gol entendimos que lo de “Loco” es apenas un sobrenombre.
Habrá voces que dirán que lo pateaste como Panenka en la final de la Eurocopa del ’76 o como Zidane en la final del Mundial 2006. Pobres de ellos, no te conocen. El penal lo pateaste a lo Abreu.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 3 de julio de 2010
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27. El día que murió el Telebeam

Empezó un domingo de otoño. No fue un domingo de sol pero tampoco fue un día frío o de mucho calor. Ni siquiera fue uno de esos días húmedos de los que abundan por acá. No. Fue un domingo cualunque. Un poco gris tal vez. Uno de esos días donde ni a los más aburridos se les ocurre hablar del clima.
La fecha arranco a las once de la mañana en la cancha de Banfield. Caprichos de alguien o estudios concienzudos de los genios encargados de determinar la conveniencia de los horarios de los partidos de fútbol dictaminaron que Banfield – Colón se juegue en ese insólito horario.
“Al que madruga, Dios lo ayuda”, dicen por ahí. Y así fue. No recuerdo quién era el réferi pero si sé que tuvo bastante trabajo: tres off side polémicos, una falta fuera del área que la gente de Colón juraba que era adentro y penal. Y, para coronar la faena, le anuló un gol a Banfield a pocos minutos del final del partido. Según el lineman la pelota no ingresó en “su totalidad” (así dicen los cronistas cuando hablan de estas situaciones). Según el nueve de Banfield y toda la hinchada del Taladro fue un golazo. Convencidísimos de que el arquero de Colón la sacó de adentro. Terminó el partido y la gente de Banfield se los quería comer crudos al lineman, al réferi y a todo hombre de negro que veían por ahí. Los de Colon también los despidieron con chiflidos e insultos, indignados por aquel supuesto penal.
A la noche llegó la hora del Telebeam. ¿El veredicto? Aciertos de la “terna arbitral”. Parece mentira pero los tipos la pegaron en los off side que cobraron y en los que no también. La tecnología demostró que la falta del supuesto penal había sido afuera del área (¡por cinco centímetros!). Y por último, la pelota no había ingresado en la jugada del “gol no cobrado”. De todos los medios tuvieron que borrar el titular anticipado: “Polémico arbitraje en Banfield – Colón”. La noticia pasó a ser: “Pirulo (no recuerdo quién era, lo dije) acertó en todo lo que cobró”. Claro que nadie le dio tanta importancia a la noticia, si bien era insólito, inusual que un réferi y los líneas no se equivoquen en ninguna de las situaciones de un partido, la prensa no hablo mucho más del tema. Para ellos, tal vez, noticia es otra cosa.
En la fecha siguiente sucedió algo muy similar, en seis partidos de los diez que se disputaron, los réferis y su gente acertaron en lo que todo lo cobraron y en lo que no. Ese domingo a la noche el Telebeam determinó que el acierto fue de un ciento por ciento. A la fecha siguiente la ausencia de errores ocurrió en los diez partidos. ¡Cartón lleno! Ahí si fue noticia para la prensa. Durante unas cuantas fechas parecía que ver los goles era lo que menos importaba, la gente se pegaba a los televisores para ver si el Telebeam confirmaba lo que todos sospechábamos, los hombres de negro dejaron de equivocarse. Nadie sabe qué bicho les picó, qué milagro sucedió pero los tipos resultaron infalibles. Todos, incluso esos muchos que creíamos que ya no tenían remedio.
Las jugadas ya no fueron polémicas y los árbitros eran aplaudidos cuando ingresaban a las canchas y mucho más cuando finalizaban los partidos. “El Show de los Goles” dejó de tener tanto rating porque ahora competía con “El Show del Telebeam”. Hubo un tiempo en que algún cronista (de esos que abundan) repetía: “No creo que en este partido Menganito acierte en todo lo que cobre, lo conocemos muy bien a Menganito…”. Pasó el partido y Menganito no se equivocó.
Los partidos se hicieron menos discutidos, los jugadores dejaron de pedir tarjetas amarillas o rojas para sus adversarios porque los réferis aplicaban el reglamento. No importaban las camisetas, ni quien hacía la falta, si era en el área o en mitad de cancha. Cobraban lo que tenían que cobrar: foul, foul; penal, penal.
Todos los réferis salían por sorteo y ahora nadie se quejaba. Cuando leías el diario para enterarte de la formación de tu equipo rara vez mirabas quién era el réferi designado porque llegó un momento en que era lo mismo el tipo que te toque en suerte. Ya nadie discutía un off side, ni adentro ni afuera de la cancha: era off side y listo. En todo caso le reclamabas al dormido de tu delantero o aplaudías a tu defensor atento pero nada más. La gente dejó de arrojar encendedores y los líneas dejaron de estar con un ojo mirando el partido y con el otro detectando como un radar cualquier posible proyectil.
En agosto, cuando arrancó el otro campeonato, la gente de a poco dejó de ver “el Show del Telebeam”. ¿Para qué? Ya todos sabíamos que lo que habían cobrado estaba bien cobrado. Nadie tenía dudas. Nadie desconfiaba. Nadie discutía.
Un domingo a la noche, antes de fin de año dejaron de dar el Telebeam. Simplemente murió y nadie lo extrañó.
Hacía rato que hablábamos de fútbol.

Pablo Pedroso
13 de mayo de 2010
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26. Santo remedio

Frenó frente a la puerta de El Chingolo 327. La dirección parecía ser la correcta. Se la pasó su representante, Bermúdez. Justamente él le insistió en que fuera, que le iba a hacer bien, le dijo.
El Gordo no se decidía. La casa era fea, la cuadra, horrible. Y para colmo estaba oscuro. Puso primera, alerta, listo para salir rajando. Desde que bajó de la autopista no hizo otra cosa que insultar el momento en que aceptó la cita. Perdido, dio unas cuantas vueltas para poder llegar, y hasta tuvo un motivo más para sufrir: las últimas cinco cuadras fueron de tierra (de barro, bah), a él que le encanta tener el “BM” siempre impecable.
El motor seguía en marcha, el pie en el embrague y la mano aferrada a la palanca de cambios. El cerco de la casa se perdía entre una planta pinchuda y sin forma, mal cortada, mal crecida y casi seca. Desde un pequeño pilar de cemento asomaba una figura, un especie de escultura tenebrosa como una gárgola de un castillo de película de terror. Era toda de piedra gris y tenía una rajadura que le atravesaba media cara. El Gordo sentía que la figura lo miraba.
Decidió dar la vuelta a la esquina y estacionar un poco más lejos. Llegó con pasos largos hasta la pequeña reja de “El Chingolo 327”. Era una puerta baja y oxidada, no encontró timbre alguno, golpeó las manos pero nadie respondió. Cruzó el cerco y caminó por lo que alguna vez fue un jardín y ahora parecía un baldío. Se concentró en la luz naranja, encendida, que lo esperaba unos metros más adelante, en la casa, justo encima de la entrada principal. El Gordo trataba de no mirar a los costados para no encontrarse con nada demasiado desagradable. Estaba por golpear con sus nudillos contra la puerta de madera cuando alguien la abrió. El Gordo retrocedió unos pasos aunque intentó disimular lo asustado que estaba.
- Pase, no se quede ahí -le dijo la mujer con una sonrisa de pocos dientes.
El Gordo la miraba y no sabía si salir corriendo o gritar.
- Me manda Bermúdez -susurró la boca del Gordo.
- Ya lo sé -le dijo la mujer-. Pase de una vez -le ordenó y el Gordo le hizo caso.
Una vez adentro algo o alguien cerró la puerta. La mujer se aferró de las muñecas del Gordo y descendió hasta quedar de rodillas delante de él. Pasó sus manos sobre los brazos y las piernas del Gordo, de arriba hacia abajo, con fuerza, una vez, dos, tres... ¡Cinco veces o más! El Gordo parecía quieto pero por dentro temblaba. La mujer se detuvo y lo miró.
- ¿Nunca viste a Olmedo, vos?
- ¿A quién? -consiguió preguntar.
- A Olmedo, cuando hacía del “Manosanta”... En la televisión... ¿No mirabas televisión cuando eras chico?
- Ah... Si, claro que lo veía...
- Y entonces, ¿por qué tenés tanto miedo? Te estoy limpiando la mala onda.
La mujer se aferró de la mano derecha del Gordo y con algo de esfuerzo se puso de pie. De entre sus ropas sacó una cadena larga con una piedra de color azul en un extremo, la extendió delante del rostro del Gordo. La piedra azul quedó a la altura de sus ojos y osciló unos centímetros apenas. Luego de mover movió los labios como si hablara la mujer guardó la cadena y condujo al Gordo hasta una mesa, le indicó que se siente en una silla de madera y mimbre. Ella se sentó frente a él en una silla más mullida y empezó a mezclar unas cartas gastadas.
- Me dijo Bermúdez que usted lo ayudó con Mazzochi y que ahora él hace goles todos los partidos.
La mujer siguió mezclando las cartas sin siquiera mirarlo.
- Mazzochi -insistió el Gordo-. El de Vélez...
- Yo sé todo, pibe -lo interrumpió la mujer-. Sé quién es Mazzochi y sé que vos hace rato que no mojás.
- Yo atajo, señora.
La mujer dejó de mezclar las cartas, le clavó los ojos y le dijo:
- No te hagás el gil que yo me refería a otra cosa. Y eso de que atajás, se podría decir que últimamente, poco y nada -sentenció.
El Gordo bajó la mirada y parecía que estaba a punto de pucherear. La mujer se paró y arrastrando un poco los pies llegó hasta una estantería repleta de frascos de distintos colores y tamaños cargados quién sabe con qué cosas. Empezó a desenroscar la tapa de un frasco grande de color ámbar oscuro cuando se le ocurrió preguntarle:
- ¿Contra quién juegan el domingo?
- El clásico, justamente, contra San Lorenzo.
La mujer se detuvo un instante, lentamente cerró el frasco de color ámbar oscuro y lo volvió a guardar. Miró al Gordo una vez más y enfiló hacia otro ambiente de la casa.
- Partidito complicado -dijo la mujer mientras se alejaba.
- Y si, imagínese. Como viene la cosa, si perdemos, alguna cabeza va a rodar -alcanzó a decir el Gordo. Desde donde estaba sentado no podía verla pero por los ruidos le pareció que la mujer se había metido en la cocina. Al rato volvió junto a la mesa con otros frascos y una mandarina. Dentro de una bolsita transparente volcó un poco de lo que había en uno de los frascos, parecía orégano.
- El orégano le dará elasticidad a tus músculos -dijo la mujer con tono firme.
A la mandarina le quitó un poco de cáscara y esa cáscara la partió en diez pequeños trozos.
- La mandarina aumentará la firmeza de tus manos. Una porción para cada dedo -dijo la mujer mientras colocaba de a uno los trozos de cáscara de mandarina en la bolsita transparente.
Del segundo frasco sacó un sobre de un Alka-Seltzer, lo abrió y desmenuzó esa enorme pastilla blanca entre sus dedos arrugados. Juntó el polvito que quedó regado sobre el mantel y metió todo dentro de la bolsita.
- Esto te mantendrá atento y concentrado todo el partido.
Del tercer frasco, el más pequeño, extrajo unas perlitas amarillentas. Primero fueron seis las que colocó en la bolsita junto a todo lo otro. Hizo una pausa, murmuró algo que el Gordo no pudo oír y metió cinco o seis perlitas más.
- ¿Y eso qué es? -preguntó el Gordo.
- El secreto de Arturito -le dijo la mujer.
Acercó la bolsa a la boca del Gordo y le ordenó:
- ¡Escupí!
- ¿Qué?
- Escupí, dale. Dentro de la bolsa.
El Gordo escupió con pudor tres insignificantes gotitas de saliva.
- ¡Escupí con ganas, che! -le gritó la mujer y el Gordo escupió. La mujer cerró la bolsita y la agitó para un lado y para el otro mientras movía la cabeza en círculos, con los ojos cerrados y murmurando cosas. La mujer giró medio cuerpo o más, aun así el Gordo pudo ver cómo se metió la bolsita por el escote y la frotó contra su cuerpo.
- A todo hay que ponerle el corazón, pibe -dijo la mujer.
El Gordo se preguntó por centésima vez qué hacía en ese lugar.
- No la abras -le ordenó la mujer cuando le entregó la bolsita transparente cargada de cosas-. Se la das a tu señora y le decís que te prepare un té con todo esto, no le digas qué es ni para qué. Que ella te prepare un lindo té y te lo guarde en un termo. El domingo en la concentración, cuando te levantás y en ayunas (escuchaste bien: en ayunas) lo calentás y te tomás este rico tecito hasta la última gota. ¿Estamos?
- Estamos -dijo el Gordo seguro de que no tenía otra opción.
La mujer se levantó de la mesa y alzó una mano como si acabara de recordar algo importantísimo.
- ¿Vos te persignás cuando entrás a la cancha? -le preguntó al Gordo.
- Si, claro.
- Bueno, esta vez no lo hagas. Si querés, persignate cuando termine el partido pero antes, no. Haceme caso, pibe, te juro que con esto vas a ser otro.
Llegaron hasta la puerta de madera, la mujer la abrió y el Gordo le preguntó:
- ¿Cuánto le debo?
- No querido, yo no hago esto por dinero...
- Y entonces...
- Bueno, si insistís dame quinientos pesos y listo.
El Gordo sacó la plata y se la entregó a la mujer que apenas recibió el dinero le dio una palmadita en la espalda como para que apure un poco el paso y le cerró la puerta casi golpeándole los talones.
- ¡Tomalo en ayunas! -gritó la mujer desde el interior de su casa-. ¡No te olvides!
El Gordo tuvo ganas de salir corriendo pero le dio no sé qué. Eso si, apuro el paso como quien tiene la urgencia de encontrar un baño. Cuando llegó junto al BM miró la bolsita que aferraba entre sus dedos y la guardó en el bolsillo interior de su campera.

Eran las cinco de la tarde del domingo.
- ¡Dale que ahí salen! -gritó el hombre sentado frente al televisor.
La mujer llegó con apuro, en una bandeja traía la cosas del mate.
- Fijate si lo enfocan y decime si se persigna o no -le dijo mientras cebaba el primero.
La cámara esperaba en el extremo de la manga la salida del equipo. De a uno fueron apareciendo los jugadores mientras estallaba una lluvia de papelitos. El arquero fue el cuarto en salir.
- ¡Ahí está...! Es ese, miralo... ¡No se persignó!
- ¡Ja! ¿Viste que te dije?
- Tenías razón, che.
- Yo sabía que me iba a hacer caso en todo -dijo la mujer mientras le alcanzaba un mate al hombre.
- ¿Cuánto creés que dura?
- Quince minutos, veinte como máximo. Pobre, mirá la cara que tiene...
- ¿Ahora te da lástima?
- Y, un poco sí.
- ¡Andá! Si le metiste todo el frasco de laxante...
- ¡Pará, Arturo! ¿Qué decís? A lo sumo medio frasco.
- Entonces me corrijo: todo lo que quedaba de mi frasco de laxante.
- Mañana te compro uno nuevo, sólo para vos.
- Ahora, explicámelo: ¿cómo hizo para no ver el escudo que tenemos en el comedor, ni el poster de los campeones del 2007, ni la foto con el Bambino dando la vuelta en Rosario?
- El que no quiere, no ve.
Arturo le dio una última chupada a su mate y le pidió a la mujer:
- Dale, haceme la cara que puso cuando te pasaste la bolsita por las tetas.
La mujer miró a Arturo, abrió los ojos bien redondos y los revoleó de un lado al otro, después se puso bizca.
Arturo no podía más de la risa.
- ¡Me muero! -gritó.
- Todavía no sé cómo no me tenté con lo del orégano, la mandarina y el Alka-Seltzer.
- ¿Y Bermúdez? -preguntó Arturo.
- ¿Qué sé yo? Mañana me llamará puteando -le respondió la mujer-. ¿Me pasás una medialuna?
- Veinte mangos a que antes de los quince sale rajando para el vestuario.
- Dale -dijo la mujer y chocaron las manos en el aire.
- Bueno, atenti que ya empieza.
- ¡Vamos los cuervos! -le gritó la mujer al televisor mientras le clavaba sus pocos dientes a una medialuna y agitaba una bandera de San Lorenzo.


Pablo Pedroso
Buenos Aires, 14 de marzo de 2010
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25. Restos

Ahora es comentarista deportivo. Se dice así, ¿no? ¿Comentarista deportivo?
Bueno, no sé cómo se dice. Él comenta los partidos por la tele.
Antes era jugador.
Ahora comenta partidos de verano.
El relator se entusiasmaba con Orteguita. La gente en las tribunas también.
Cuando lo veo, veo los restos de un jugador -dijo cuando le preguntaron en medio del relato.
No se puso colorado ni nada.
Orteguita no lo debe haber escuchado, ni le debe importar lo que pueda decir ese comentarista ex jugador. Orteguita corría y tocaba. El comentarista ex jugador intentó explicar que quiso decir con eso de “restos de un jugador” pero no convenció a nadie. Orteguita esta vez tampoco lo escuchó, él siguió jugando. Los de rojo no sabían cómo parar a Orteguita y el comentarista ex jugador no tuvo más remedio que decirlo. Orteguita persiguió a un joven vestido de rojo, se tiró a los pies y recuperó la pelota. El comentarista se enredó con otra frase. Orteguita hacía jugar a sus compañeros. El comentarista ex jugador pensó en la vez que habló del “cabaret”. Orteguita metió un gol, el segundo de su equipo. Lo festejó con sus compañeros que lo abrazaron y le ofrecieron su cariño. El comentarista ex jugador recordó que él los festejaba solo. El defensor quiso gambetear a Orteguita, el Rey de la gambeta, y perdió. Pobre. Orteguita se la robo y casi clava el tercero. El comentarista ex jugador se dedicó a despellejar a otros jugadores. En el entretiempo, el comentarista ex jugador tomó un vaso de agua mientras recordaba que en su contrato dice muy claramente que era el momento de hacer un nuevo comentario. Orteguita volvió a la cancha y le sirvió una preciosa pelota de gol a un compañero que no supo aprovechar. Un par de minutos más tarde el técnico reemplazo a Orteguita. River ganaba. Orteguita besó su camiseta y se fue entre aplausos, como siempre.
El comentarista ex jugador lo miró, vio la felicidad de los hinchas y observó cómo Orteguita llegaba al banco con una enorme sonrisa, entero.
Tal vez pensó que no era tarde para arrepentirse de lo que había dicho, para pedir perdón.
Pero no lo hizo
El comentarista ex jugador siguió comentando lo que quedaba del partido.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 18 de enero de 2010
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24. La mejor jugada

Alguno fue, tal vez el Flaco. Yo no. Nunca soy el que empieza con un tema. Opino, meto un bocadillo o dos pero no soy yo el que impone una discusión, el que abre la sesión.
¿El Flaco dije? Puede ser que me equivoque. Ahora que lo pienso bien, debe haber sido Agosti el que empezó. Agosti siempre amó a Maradona, desde que Maradona, él y la mayoría de nosotros éramos pibes.Lo defiende a capa y espada, en las buenas y en las malas. Agosti se llenaba la boca hablando del Diez desde antes de que el apellido Maradona salga impreso en las páginas de algún diario. Así es, al primer tipo al que le escuché decir “Maradona” fue a Agosti en un recreo y ninguno de nosotros supo de quién nos hablaba. En esa época conocíamos a todos los jugadores, por la radio, por la Goles, El Gráfico o por las figuritas pero de Maradona no habíamos escuchado nada hasta que Agosti abrió la boca. Agosti jura y recontra jura que a Maradona lo vio debutar en primera ese famoso 20 de octubre del ‘76. Cuenta que un tío lo llevó. Yo sé que cada vez hay más gente que dice que estuvo en ese partido pero a Agosti le creo aunque siempre me pregunté qué hacía Agosti viendo un partido entre Argentinos Jrs. y Talleres.
La verdad, no sé quién fue el que planteó el tema de cuál fue la mejor jugada de Maradona pero recuerdo que Agosti, tan Maradoniano como insólitamente antibostero, dijo como sobrando a muchos de los que estábamos ahí:
La mejor jugada fue cuando le cerró la boca al Loco Gatti que lo tildó de “gordito” y ese domingo, el Diego, cuatro goles le clavó. ¡Cuatro!
Luis y Néstor se apresuraron en hablar antes que el resto y cayeron en la obvia:
¡El segundo gol a los ingleses en el ‘86! -dijo el primero.
¡La mejor jugada de la historia del fútbol! -exclamó Néstor.
El Flaco, bostero y fana mal del Diez, largó su vozarrón:
La mejor fue el gol que le hizo al Pato Fillol en la Bombonera, el 3 a 0 y el Patito revolcado por el piso, gateando, mientras Diego lo bailaba: para acá, para allá y... ¡Adentro!
El de la “Mano de Dios” -dijo no sé quién y el Gordo Matías tiró uno que según él hizo Maradona desde mitad de cancha durante un partido jugado en Misiones en el año ‘92. Todos lo miramos porque ese, creo, no lo tenía nadie.
Jugando para el Barça, ante el Real Madrid, en el Bernabéu y por la final de la Copa. ¡Jugadón! -dijo Carlos, el dueño del buffet que se la da de “europeo” y nació acá nomás entre San Justo y González Catán.
¡En el Napoli! Un tremendo golazo a... -arrancó decidido Pepín que se quedó sin nafta o sin memoria.
Ya habían hablado casi todos. Varios discutían y muchos trataban de imponer su criterio como única opinión posible e indiscutible. Lo dije antes: hablo, opino, meto un bocadillo o dos, trato pero no soy el más dotado en las discusiones que se arman todos los días en el buffet. Es más, un día puedo decir una cosa y al rato contradecirme y nadie se sorprende o me contesta porque, para ser sincero, debo confesar que mucho, mucho, no me tienen en cuenta. Pero esta vez quise decir algo inteligente, diferente al resto, alejado de lo obvio.
La mejor jugada de Maradona fue... -hice una pausa- separarse de Coppola.
Sonó rotundo. Varios se callaron y mientras esperaba el “¡Oh!” general y un par de palmadas en la espaldas, sonó la voz del Garrafa desde el fondo:
¡Na’ que ver...! La mejor jugada de Maradona, la más sublime de todas sus maniobras fue mostrarse ante el mundo como fana de Boca... -el Garrafa, seguro de haber captado la atención de todos, nos miró a cada uno de nosotros y prosiguió- ...porque él, de chico era hincha del Rojo...
¡Tomátela! -gritó el Flaco desde su rincón tan bostero como siempre.
¡Shhh! Dejalo terminar -ordenó Agosti y volvió el silencio.
Es así, señores, no le busquen la vuelta. Diego siempre supo cuál era su destino -retomó el Garrafa-. Sabía que iba a ser ídolo de multitudes, que iba a ser el mejor jugador del mundo y el más grande de todos los tiempos. Pero también sabía que iba a ser Dios sólo para una hinchada, sabía que su figura, su brillo, opacaría a cualquier otro jugador que vistió esa misma camiseta, por eso eligió a Boca porque no se hubiera perdonado nunca ir a Independiente, el verdadero club de sus amores y arrebatarle la gloria al máximo ídolo del rojo de Avellaneda, el Gran Ricardo Enrique Bochini, su propio ídolo. Y así fue, mis queridos -siguió el Garrafa con la voz algo quebrada-, la mejor gambeta del Diego fue esquivarle a la historia y pergeñar una jugada generosa, única y magistral. La mayor genialidad Maradoniana. Un verdadero acto de amor. Maradona sacrificó su pasión por Independiente en nombre del ídolo de su infancia y le entregó un pase gol milimétrico para que Bochini reine en el cielo de Avellaneda por los días de los días...
Amén -interrumpió Pepín y todos nos cagamos de risa.
La charla se diluyó, el Garrafa se refregó un poco los ojos, Agosti le revolvió la melena y yo me fui para casa con ganas de enganchar en la tele algún programa de esos que pasan partidos de cuando yo era chico.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 15 de enero de 2010
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23. Frases hechas

¡Ja!
¿Frase hecha? Lo que vos quieras. Pero es verdad. “El fútbol te da revancha”.
Eso sí, hay que tener paciencia. Hay que saber bancársela hasta que la mano venga cambiada.
Y si, en el fútbol hay que tener paciencia. Mirá a Banfield, 113 años esperó y hoy grita campeón.
¿Sabés cómo me gastaban a mí? No había quien me la perdonara. Y eso que yo, antes del partido, dije: “Todos hablan de “incentivación”, de que Independiente le va a regalar los puntos pero el partido hay que jugarlo. Vélez se tiene que preocupar por Vélez y no por lo que haga Independiente”. Pero bueno, parece que nadie me escuchó porque me gastaban igual. Hoy nadie se acuerda pero yo lo dije.
¡Ay, Sessa, querido! ¡La que te devoraste aquel 12 de diciembre de 2004!
Tan preocupados estábamos de Independiente, de Newell’s y nadie pensó en Arsenal.
Cinco años pasaron. Cinco años y un día. Y al fin tuvimos nuestra revancha.
En ese momento te querés matar pero hoy hacés un poco de memoria y ves que saliste campeón en el 2005 y otra vez, ahora, a mitad de año y te das cuenta de que cinco años no es mucho. Digo, para disfrutar de una especie de venganza.
Mirá, ahí tenés otra frase hecha y otra gran verdad: “El tiempo todo lo cura”. Porque aquella tarde decidí odiar a Arsenal. No a Hirsig, el del gol; ni a Sessa que se mandó tremendo blooper. Decidí odiar a Arsenal. A todo Arsenal. A partir de ese instante, minuto 6 del primer tiempo, en que Sessa bajó sin necesidad una pelota que se iba sin lastimar a nadie y se la sirvió en bandeja para que Hirsig nos la mandara a guardar, desde ese momento exacto yo odié a Arsenal. Y pensé que iba a ser para toda la vida. Pero como te dije: “El tiempo todo lo cura” y “El fútbol te da revancha”. Ahora la realidad es otra.
Aquella vez me comí el gaste de los de Newell’s, de los de Arsenal, de los de Independiente... ¡El gaste de todos me comí! ¿Cuánto perdió Newell’s contra Independiente aquella vez, 2 a 0? ¿Salieron campeones perdiendo 2 a 0? Igual que Banfield ayer. Decí que el Tolo me cae bien y me gustó que salga campeón con su viejo club pero aquel campeonato se nos escapó de las manos.
Mejor dicho: ¡A Sessa se le escapó de las manos!
No sé si lo más justo hubiera sido jugar una final, Vélez - Newell’s, en cancha neutral. Tal vez si. Pero lo que siempre me jodió fue que nosotros teníamos que ganar para acceder a esa final y no lo hicimos, ¡empatamos!
¡Cómo se habrán reído los de Newell’s aquella vez!
Hoy se ríen otros.
A mí lo de Arsenal se me pasó, con el tiempo, como dije. Ya en el torneo pasado cuando en la antepenúltima fecha bajaron al líder Lanús que se cortaba solo al campeonato (4 a 1 le ganaron) sentí que se cerraba una herida. Ese triunfo del Arse fue el que sacó de la pelea al Granate. Nosotros después hicimos lo nuestro: empate con diez en cancha de Lanús y triunfazo en Villa Luro contra el Globo. Fuimos un equipazo pero hay que reconocer que en ese torneo, Arsenal nos dio una gran mano.
¿Cuánto les durará la bronca a los leprosos? ¿Por cuánto tiempo odiaran al Arse?
Porque el torneo no lo pierden ayer contra San Lorenzo, no señor. El torneo lo perdieron en la derrota de hace 8 días contra Arsenal, 2 a 1 en Rosario. Ahí fue, ahí perdieron mucho más que la punta.
¡Cómo se habrán reído los de Newell’s en el 2004!
Hoy no. Hoy se ríen otros. ¿Quienes? No sé.
Recuerden, siempre recuerden, otra famosa frase hecha: “El que ríe último, ríe mejor”.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 14 de diciembre de 2009
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22. ¡Qué pregunta!

¿Qué pondrá cuando completa esos formularios que dan en Migraciones? Esos papelitos que la juegan de inocentones y te preguntan cuál es tu profesión.
¿Pondrá “Futbolista”? ¿”Jugador de fútbol”?
Es como obvio, ¿no? Con su nombre debería alcanzar y sobrar pero esta gente insiste en preguntar.
Y quieren que quede por escrito.
Para colmo, poner “futbolista” o “jugador de fútbol” define a medias cuál es su ocupación. No lo define a él. Porque lo pone a la par de muchos, de muchísimos otros que no le llegan ni a los talones.
¿Vale poner “goleador”?
“El goleador”, en todo caso. Porque él no es un futbolista ni un jugador de fútbol, él es mucho más que eso. Él es “el señor gol”. El “titán del gol”. El “optimista del gol”, como lo bautizó uno que sabe y mucho.
¡Qué falta de respeto preguntarle la ocupación!
¿Sabés de qué labura? ¿Sabés? De regalarle alegría a la gente. De eso labura. Tiene 35 años y desde hace 20 que se dedica a clavar goles en todas las redes.
¿Te alcanza?
Es el hombre de los goles extraños también: pateó un penal con las dos piernas, metió su gol número 100 con los ligamentos rotos, le clavó un golazo a Independiente desde atrás de mitad de cancha, uno a River (entre tantos que le hizo) colgado del travesaño y otro a Vélez desde 40 metros pero ¡de cabeza! Que pide un renglón en la Guinness.
Decile al de Migraciones: ¿Tenés tiempo para que cuente cada uno de los goles? Mirá que son casi trescientos. Y la cuenta sigue.
Algún gil podrá decir que es el único tipo que pifió tres penales en un mismo partido y tendrá razón. Pero a él no lo define ese hecho aislado, único. A él lo definen los 20 goles que metió en un torneo de 19 partidos. ¿Récord? ¡Y qué te parece, 20 goles en 19 partidos! Los 4 que le metió a Gimnasia un 18 de marzo. Y si le sumás los 3 que le clavó a su ex, Estudiantes, una semana antes, tenés 7 goles en 7 días.
¿Te va quedando claro?
No hay otra. El que le da ese formulario y pretende que ponga “futbolista”, es de River o de Gimnasia. Sólo ellos (tal vez) siguen negando lo que la realidad nos dice todos los días, que Martín, que Martín Palermo es “el hombre gol”.
¿Quién no gritó su gol, agónico pero maravilloso, contra Perú en las Eliminatorias?
Sí, ese que hizo en el minuto 48 del segundo tiempo, bajo la lluvia, con la nariz fracturada. Cuando muchos otros bajaban los brazos pero él no.
¿Quién no lo gritó?
¿Quién no se dio cuenta de que ahí logramos la clasificación para este bendito mundial?
¿Quién?
Dejá el casillero en blanco, Martín. No completes nada.
Que ellos pongan lo que quieran. Total el domingo hacés un gol y se los dedicás, a ellos, a nosotros, a todos, al mundo, al fútbol. Porque vos siempre sos generoso, Martín.
Gol, Martín, gol...

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 15 de noviembre de 2009
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21. No puedo más

—No puedo más, Adolfo… Así no podemos seguir…
—Esperá al entretiempo, mujer…
Ana no esperó. Ana se fue. Revoleó el repasador que cayó, mitad en la mesada y mitad dentro de una cacerola, y se encerró en la pieza.
Ni hasta mañana dijo.
Cuando estaba por empezar el segundo tiempo Adolfo se sirvió lo que quedaba en el sifón. De arranque nomás festejó el empate de Godoy Cruz como en el primer tiempo había festejado el gol de Newell’s. Porque Adolfo era así, le gustaba festejar los goles, los de casi todos los equipos. Adolfo festejaba la mayoría de los goles, la gran mayoría. Dejaba afuera aquellos goles que no se habían logrado con buenas armas. Así lo explicaba él. Y cuando su hermano, Luis, lo corría con que lo había visto festejar el gol de Maradona a los ingleses, el polémico, Adolfo contaba que era cierto, que lo festejó porque mientras veía el partido, en directo, no se había dado cuenta de que el Diego lo había hecho con la mano.
Juraba que de haber descubierto la trampa en el momento, no lo hubiera gritado.
De a poco, Adolfo se iba quedando dormido, le pesaba la cabeza y no tenía fuerza para levantarse ni ganas. Iban treinta y cuatro minutos. A modo de postre comió una cucharada de dulce de leche.
Terminó el partido, apagó la tele y se fue arrastrando los pies hasta llegar a su dormitorio. En cuanto atravesó el umbral se cuidó de no hacer más ruido. Tampoco encendió la luz. Apenas apoyó el traste en la cama escuchó la voz seria, despierta, de Ana que le decía:
—No quiero que veas más fútbol, Adolfo. Es lo único que hacés, todo el día…
—También trabajo, che. ¿O no me ves salir a laburar?
—Cada vez menos, Adolfo. Desde que el maldito Canal 7 pasa todos los partidos…
—¡Bendito Canal 7!
—Lo que sea, Adolfo. La cuestión es que te ves todos los partidos de fútbol. Que te la pasás todo el tiempo pegado al televisor, juegue quien juegue, gritando los goles, sean de quien sean ¿Cómo puede ser? Ya ni te acordás de quién sos hincha, Adolfo.
—Soy hincha del fútbol, mujer.
—¡Pero hacéme el favor! —se quejó Ana— Para colmo ahora juegan todos los días. Si no es el campeonato, juega la selección o la copa no sé qué.
Como no escuchó nada más del otro lado, Ana siguió con el rezongo. Volvió a decir: “Así no podemos seguir” y “yo no puedo más”. Agregó: “Esto no es vida”, “no se lo deseo a nadie”, “es un infierno vivir así” y “ya no sé si me seguís queriendo”. Cuando le preguntó en medio de un sollozo débil: “¿Por qué me hacés esto?”, creyó escuchar como única respuesta un suave ronquido. Ana esperó cinco segundos algo que no llegó. Giró y se ubicó de espaldas a su marido, lo más pegada posible al borde de la cama, lejos de Adolfo, quieta, hasta que se durmió.
Desayunaron juntos (o al mismo tiempo).
Fue ella la que rompió el silencio:
—¿A qué hora venís?
—A las cinco.
—Pero… ¿Hoy también hay partidos? Es jueves, por Dios.
Adolfo se metió en la boca lo que le quedaba de la tostada y apuró el último trago del café.
—¿Quienes juegan? —preguntó Ana resignada.
—Colón y Arsenal, Vélez contra Argentinos, y Racing – Boca. ¡Partidazos!
Ana levantó la mesa. Adolfo buscó las llaves del taxi y la carterita negra de cuero gastado. Volvió a la cocina y le dio un beso en la frente a su mujer que se mantenía empecinada en lavar las cosas del desayuno y en no hacer otra cosa.

Eran las cinco menos veinte cuando Adolfo entró a la casa, apurado.
—¡Hola! —saludó mientras se metía en la pieza con un cable largo y negro en la mano. A los quince segundos salió extendiendo el cable hasta el mueble del televisor. Se metió detrás del mueble pero Ana no pudo ver qué hacía ahí agachado. Se fue y volvió con un par de herramientas.
—¿Qué hacés, Adolfo? —le preguntó Ana.
—Por ahora es provisorio —dijo a modo de respuesta—. En cuanto pueda, lo instalo como Dios manda.
—¿Qué decís?
Él no dijo nada. Miró su reloj y salió disparado hasta el taxi. Volvió con una caja de cartón, grande. Más incómoda que pesada. Ella lo miraba sin saber mucho qué hacer. Adolfo abrió la caja, le quitó las protecciones de telgopor y sacó un televisor nuevo, reluciente. Ana exclamó algo pero él ya estaba en el dormitorio conectando el televisor. Ella se arrimó con pasitos cortos, cuando llegó, la tele ya estaba funcionando.
—¿Qué canal ves? —le preguntó Adolfo con el control remoto en la mano.
—Ese está bien —le dijo Ana. Y cuando su marido pasaba junto a ella lo abrazó y lo besó.
Adolfo se instaló en su silla y prendió su televisor. El partido estaba a punto de comenzar. Desde el cuarto llegaba el sonido del otro televisor. Creyó reconocer la voz de Rial que presentaba una nota donde dos o más vedettes se peleaban. Rápido pero en puntas de pie, llegó hasta la pieza, entornó la puerta todo lo que pudo y volvió a su puesto.
Empezaba Colón - Arsenal.

Pablo Pedroso 
Buenos Aires, 16 de octubre de 2009
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