31 - Los guionistas

Salimos del ascensor y nos cruzamos con un gordo transpirado, con lentes gruesos, que subía cargado de carpetas. —Buen día —le dijo 1-26 en voz alta y con una sonrisa. —Buen día —agregué yo también. El gordo no nos respondió, parecía preocupado en sus asuntos. Supuse que ni siquiera había notado nuestra presencia, sin embargo, cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, el gordo apretó un botón para que se abrieran. —¿Vos hiciste Banfield - Central? —me preguntó. —No —le dije luego de mirar a 1-26—, yo soy nuevo. —Él es 0-77 —dijo 1-26—. Es nuevo. El gordo apretó otro botón y las puertas comenzaron a cerrarse De la frente le cayó una gota de sudor sobre la corbata blanca y roja. Con 1-26 nos miramos y alcanzamos a escuchar la voz del gordo que se alejaba en el ascensor: —Buenos días. Giramos y avanzamos por un pasillo flanqueado por interminables boxes de paneles bajos. —¿Sabés quién era ese? —me preguntó. —Ni idea. —5-33 era. —¿El de la final del 2006, con Estudiantes campeón? —El mismo —dijo 1-26—. Antes trabajaba acá, en este piso. Ves —y me señaló un box igual a muchos otros—, ese era el suyo. Claro que con aquella final dio el batacazo y lo ascendieron del nivel 0 al 5 en un abrir y cerrar de ojos. Carrera meteórica, ¿no? —Bueno, fue una gran final. Boca era el candidato, tenía todo para ganar pero apareció Estudiantes haciendo fuerza… —Llegamos —dijo 1-26 sin ganas de seguir hablando de 5-33. Se detuvo frente al último box del pasillo. Era un espacio oscuro, más chico que los otros, sin ventanas y pegado a los baños. —Este es tu lugar de trabajo. Sobre el panel frontal había una cartelera donde figuraba mi nuevo nombre: 0-77. 1-26 miró su reloj y me dijo: —En minutos se sortea el fixture, tené todo listo que acá el tiempo vale oro.—Dio media vuelta y desapareció. Sobre el escritorio acomodé mis apuntes, una birome, un block con hojas lisas para dibujar y dos lápices de minas blandas. La pantalla de mi procesador se iluminó. Un contador como de bomba comenzó una cuenta regresiva. Los dígitos pasaban velozmente hasta que seis ceros quedaron fijos en medio de la pantalla. Los números se transformaron en texto: River - Newell’s, domingo 9 de setiembre - Entrega: miércoles 9AM. La emoción de que mi primer partido fuera uno de Primera “A” no me permitía concentrarme en la información que iba recibiendo: los nombres de los posibles jugadores, la terna arbitral, las estadísticas de ambos equipos, etc. Jamás había soñado con un debut semejante: Primera “A” y River Plate. Estaba feliz y emocionado, por suerte las manos no me temblaban, las precisaba firmes y dispuestas para teclear y teclear. De los otros boxes llegaban exclamaciones y comentarios de los demás guionistas. Uno se quejaba porque pasó de hacer Boca - Rafaela a trabajar en Crucero del Norte - Douglas Haig. Otro vitoreaba porque ligó San Lorenzo - Colón. A dos boxes del mío, un desaforado gritaba que lo estaban cagando, que era la tercera semana seguida que le tocaban partidos del viernes y que era inhumano llegar a una entrega digna para hoy lunes a las 8PM. “Me lo hacen a propósito, me quieren cagar”, decía. De repente sonó la sirena. En mi procesador apareció la plantilla de texto limpia y ansiosa por recibir palabras. Se hizo un gran silencio, ahora sólo es escuchaba el golpeteo constante de los dedos de todos nosotros rebotando sobre cada uno de los teclados. Comenzar era fácil, la salida de los equipos, el sorteo en mitad de cancha y elegir quién arrancaba el partido. Cualquier otro novato en mi lugar hubiera designado a River pero yo no me dejé llevar por el entusiasmo y puse: Newell’s. Mientras escribía, pasaban por mi cabeza las frases que tanto habían remarcado los profes durante las clases de capacitación: no dejarse llevar por impulsos, no todos los partidos deben ser partidazos, evitar caer en lo obvio, no abusar de situaciones agotadas (un gol en el último minuto era el ejemplo que daban todos), y buscar siempre la credibilidad pero sin dejar de sorprender. “Todo buen partido —nos explicaba el profesor 4-38— debe tener un factor sorpresa. El talento de un buen guionista es saber ubicar esa sorpresa en el momento preciso en que el partido la necesita”. Lo primero que se me ocurrió plantear fue que River jugara con tres adelante: “Tridente ofensivo —escribí—, con el uruguayo Mora por afuera. Una cara nueva siempre genera esperanzas”. Credibilidad: armé un River arrasador en ataque pero frágil en defensa. “Los equipos compactos pueden ganar campeonatos —decía 4-38— pero aburren. Y a nosotros no nos pagan para aburrir, al contrario”. En Newell’s metí a Scocco de titular y me aseguré tener un partido de ida y vuelta. “El secreto del éxito—comentaba 4-38— está en el manejo de los intérpretes, cómo sus dichos o sus actos visten, consolidan la gran parodia. Vean el caso de 5-33 en la final del Apertura 2006. Horas antes del partido clave contra Lanús, le hace decir a La Volpe, DT de Boca, una frase que jamás diría un director técnico: “Si no salgo campeón, me voy”. Imagínense a Falcioni diciendo algo semejante, o a Russo o a Cappa o a tantos. No, ninguno diría una frase suicida como esa, excepto La Volpe, claro. A él sí se la creemos, con su voz tabacosa y con su tono canchero de siempre. Y ahí estuvo el primer gran acierto de 5-33, entender al personaje y dotarlo de una frase potente, única, pero posible. El segundo gran acierto, claro, fue hacerle perder el campeonato. Lo desangró de a poco: derrota con Belgrano, derrota con Lanús hasta llegar a un apasionante partido final con Estudiantes que mantuvo en vilo a todo el país. Menos de ocho horas tuvo 5-33 para diagramar esa final, y así y todo tuvo el talento y la cabeza fría para pergeñar que fuera Boca quien comenzara ganando el partido pero que luego Estudiantes, recién en el segundo tiempo, lo diera vuelta y se consagrara campeón”. Mientras pensaba en mi partido, me entretuve haciendo dibujos de bigotes de distintos tamaños en el block de hojas lisas. En un costado escribí con lápiz: Almeyda no es La Volpe. En homenaje a 5-33 decidí que el primer gol lo hiciera Newell’s. “De arranque”, puse. Luego corregí y escribí: “Casi de arranque”. “Entre los primeros diez minutos y los quince”, aclaré. A continuación especifiqué cada uno de los detalles que debía tener la jugada. “No dejes nada librado al azar —decía uno de los profes—, sé preciso. Si un jugador no tiene en claro su rol, improvisa y jugador que improvisa, atenta contra el plan”. Toda la responsabilidad de la maniobra se la asigné a Scocco, pero el gol, el primero, preferí que lo hiciera Pablo Pérez. Acotaciones para los festejos y las reacciones en los bancos de suplentes. Vi que era indispensable que el empate llegara antes de los veinte, el autor: Trezeguet. “Los ídolos se construyen de a poco”, decía 4-38. Desconcierto en el visitante, ataques profundos en el local. La apuesta era fuerte: el tridente ofensivo a pleno. El partido merecía algo más: otro gol para River, ahí nomás, antes de los veinticinco. Patadón del debutante, el uruguayo Mora. Golazo. En mi primera clase aprendí que un partido es bueno cuando los dos equipos dialogan con la pelota: contraataque de Newell’s. Lesión grave de un defensor de River a los treinta y cinco. Una sutileza digna de 5-33. Lesionar a un jugador en el primer tiempo y no tener un reemplazo lógico en el banco era disfrazar a la planificación de improvisación. Pequeños detalles que esconden la mano del autor. Fin del primer tiempo. Me paré, hice sonar mis huesos del cuello y di un par de vueltas dentro del box como para estirar un poco las piernas. Me alegré de no tener que encargarme también de redactar los comentarios de la prensa. Cuando era estudiante pensaba todo lo contrario, para mí era tan notorio que los dichos de los periodistas deportivos estaban guionados, mal guionados, que sentía que la credibilidad de todo el sistema corría riesgos. “Esa debe ser tarea de los guionistas”, proclamaba. Sin embargo, una vez que me puse del otro lado, que tuve que enfrentar el desafío de escribir una historia de verdad, con noventa minutos de fútbol, comencé a ver las cosas de manera diferente y entendí que si además me hubiera tocado guionar los textos de los periodistas deportivos, habría sido agotador. Ahora si justificaba la existencia del Departamento de Opinión y sus muchachos encargados del periodismo deportivo. Los “copy/paste” los llamábamos en el instituto. Copiar y pegar, copiar y pegar. Nunca una idea nueva. La alarma de las 8PM había sonado y pasaron los supervisores recolectando los textos de los partidos del viernes. Volví a sentarme, estaba ansioso por seguir escribiendo. En el arranque del segundo tiempo planté a River bien de punta y a Newell’s listo para una contra. Tuve que decidirme por quién metía el tercero de los de Nuñez y me quedé con el mellizo Funes Mori. Ya más adelante le iba a hacer fallar un gol imposible. “Lo bueno de tener personajes con perfiles tan definidos es que se escriben solos”, tenía anotado en mis apuntes. Necesitaba inventar un efecto sorpresa, al mejor estilo 5-33, y se me ocurrió un penal pueril, inapropiado en el área de River. Tal vez alguna influencia del último partido de la selección contra Paraguay, por las eliminatorias. Pero bueno, ¿quién no tuvo influencias en su carrera? Ahora sí gol de Scocco. Abrí el partido, con River que pasaba de disfrutar la victoria a sufrirla, y Newell’s, que renovado por los cambios, veía que estaba a tiro del empate. Me pareció un acierto no dejar pasar mucho tiempo para el tercero del equipo de Martino. Estirar una situación puede restarle eficacia. “Antes del minuto 30, gol de Newell’s. Ignacio Scocco. 3 a 3”, escribí. Desconcierto en un banco, alegría en otro. Nuevos cambios, algunas tarjetas y un casi penal para tener en vilo a la muchachada. Releí el texto, corregí algunos detalles que había pasado por alto, pasé el scanner ortográfico y cuando sentí que lo tenía terminado, imprimí una versión y me acosté sobre el piso de alfombra. Relajado y en voz alta lo leí una vez más. Caminé por el pasillo hasta el puesto de un supervisor. Le entregué la versión impresa y la versión digital. En un primer momento el hombre se imaginó que le daba un partido del sábado. Volvió a leer la portada del impreso y me dijo: —Mire que su partido se juega el domingo, le queda tiempo todavía. —Sí —le dije—, lo sé. —¿Y no quiere aprovecharlo? —No —le agradecí—, no tengo nada más que escribir. El domingo a la tarde desconecté el teléfono y apagué el celular. Frente a la tele encendida no me movía del sillón, sin embargo, me sentía inquieto. Cuando jugaban Independiente y Quilmes, los jugadores desfilaban delante de mis ojos, pero yo nos los veía. Tardé en darme cuenta de que terminó en empate. Apenas River y Newell’s pisaron el césped del Monumental recobré los sentidos. La emoción fue grande y el partido se me pasó volando. Quedé conforme. Por supuesto que vi muchas cosas que me dieron ganas de corregir, pero lo escrito, escrito estaba. A la mañana siguiente llegué al trabajo un poco ansioso por escuchar los comentarios de los supervisores. En el ascensor me volví a cruzar con 5-33. Una vez más no me respondió el saludo. —¿Usted fue el de River - Newell’s? —me preguntó. —Sí —le respondí orgulloso—. ¿Lo vio? —Por supuesto. —¿Y qué le pareció? —No estuvo mal —me dijo—, hasta el minuto 27 del segundo tiempo no estuvo mal. Las puertas se abrieron en el nivel 0. Bajé preguntándome qué había sucedido en el minuto 27. Yo lo había escrito y no me acordaba. Repasé el guión a toda velocidad hasta que lo descubrí, fue el gol del empate, el 3 a 3, el que le arrebató la victoria a River. Miré a 5-33, miré su corbata blanca con franjas rojas y entendí. Las puertas del ascensor se cerraron. Un segundo después alcancé a escuchar la voz de 5-33 que se alejaba: —Buenos días. Pablo Pedroso Buenos Aires, 15 de setiembre del 2012
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30 - Pretemporada en Mar Azul

Las playas de Mar Azul son enormes todo el día y todo el año, pero en febrero, a las ocho de la mañana, parecen gigantes, inmensas… Interminables.
- ¿Somos los primeros? -pregunta Lili.
- Parece, ¿no?
Los únicos habitantes de la playa son unos pocos pescadores, tres o, a lo sumo, cuatro. Caminamos hasta la arena dura, acomodo las sillitas, me quito la remera, miro a Tután y él me mira atento, ansioso por correr hasta el agua y mojarse las patas antes que yo. Lili le acaricia la cabeza, aprovecho la distracción y salgo de pique hasta la orilla. Tután gira, se olvida de Lili y corre desesperado por ganarme la carrera. Siempre me gana. Llegamos al agua y nos recibe una ola fuerte, espumosa, brillante y fría; muy fría. Me freno, a Tután el agua fría no lo asusta y se mete casi hasta el cogote. Yo no soy Tután y retrocedo unos pasos hasta quedar fuera del agua o casi. Me ladra una, dos veces; debe querer que me meta y que juegue con él. Ni loco. Tal vez más tarde, cuando el sol caliente un poco.
Camino por la orilla hasta encontrarme con el primer pescador; el hombre permanece firme con la vista clavada en el mar, firme como la tanza de su caña que entra en el mar y se pierde. Tután llega, se sacude y nos salpica a mí y al pescador que lo mira con mala cara. Amargo.
- Vamos -le digo a Tután y nos volvemos junto a Lili.
No sé de dónde salieron pero ahí están, primero veo al pibe: un gordito rubión de doce años (o catorce como mucho), con cara de bueno. Después descubro la serie de conos naranjas dispuestos a lo largo de la playa, y por último lo veo a él, al que supongo que es el viejo, al responsable de semejante hecho inusual y, digamos, deportivo.
El pibe viste el equipo completo de San Lorenzo, el equipo original: la ultimísima camiseta, el pantaloncito, las medias y zapatillas de las escandalosamente caras. Todo nuevo, todo impecable. ¡Una fortuna tiene puesta encima!
No sé por qué pero siempre me cayeron mal los que se “disfrazan” de jugador de fútbol profesional, me da como que quieren disimular con guita y pilcha lo quesos que son. En un “pan y queso” ni loco elijo a uno de estos que se aparecen con todo el equipo a estrenar de su club favorito.
El que yo creo que es el padre da unos piques rápidos en el lugar como un jugador que está a punto de entrar a la cancha; es un tipo de mi edad, bajo, panzudo y pelado. Parece un entrenador de fútbol patrocinado por Nike: camiseta Nike negra con vivos blancos que le queda ajustadita en la zona del abdomen, pantaloncito negro Nike, zapatillas de la marca de la pipa y medias cortas.
El pibe juguetea con una pelota azul que no debe tener ni una semana de uso. Sus movimientos no muestran nada especial ni asombroso. El golpeteo de las olas y el rumor incesante del mar me impiden escuchar las indicaciones del supuesto padre gordito al supuesto hijo gordito. Es tan temprano que aún no habían aparecido el vendedor de churros y, muchísimo menos, la gritona que ofrece “gaaaseosaaas... iennnsalada de frutaaas”; sin embargo estos dos personajes entrenan acá, en la playa, como si estuvieran en plena pretemporada.
El chico corre en slalom entre los conos naranjas, va hacia un lado y vuelve; ya en el segundo intento lo hace al trote y sin el entusiasmo inicial, recién cuando el padre lo arenga, el hijo recupera el ritmo y vuelve a correr. El padre le arrima la pelota y él intenta hacer el mismo recorrido dominando el balón, esquivando conos como si fueran rivales. Claro, esa es la idea pero al pibe no le sale. “Vamos, vamos”, le insiste el padre, sin embargo el hijo se tropieza más de lo que avanza. En el segundo intento, que es menos desastroso que el primero, el padre corre hasta un bolsito que tiene a un costado y aparece con una cámara de video pequeña. Filma a su hijo intentando esquivar los conos, el pibe se da cuenta y trata de mejorar su performance pero mucho no lo consigue. El padre se apasiona y busca encuadres sofisticados, el pibe hace una más o menos bien, pasa cerca del lente, se tienta y sonríe a cámara.
Ahora ambos trotan enfrentados a lo largo de la fila de conos, el padre le arroja la pelota con las manos para que el hijo se la devuelva a puros cabezazos. Una bien, dos bien, tres bien..., a cualquier lado. Una bien, dos bien..., a cualquier lado. Una bien..., a cualquier lado. El padre acelera el ritmo y el chico pifia más de las que acierta.
¡Mi Dios! Un tronco sin cintura ni habilidad en manos de un obsesivo que cree y pretende que su hijo sea lo que no es: un crack. ¡Cuánta locura! Con Tután nos miramos y nos damos cuenta de que pensamos lo mismo: ese chico debería estar jugando con otros chicos, disfrutando de sus vacaciones y no sufriéndolas.
Ellos hacen un break, el padre saca una botellita que esconde en el interior de uno de los conos y se la alcanza a su hijo, es una botella pequeña de PVC que contiene un líquido de color ocre y denso, un menjunje casero, imagino, con alguna receta mágica capaz de transformar en promesa o realidad a este pibe disfrazado de jugador de fútbol. Toma un trago mientras el padre lo observa con atención. “Todo”, le dice el padre; el pibe se apoya el pico en los labios, cierra los ojos y apura el contenido de la botella de un trago, sin respirar. Termina y se queda quieto, sin levantar la cabeza y sin abrir los ojos. El pibe extiende su brazo y le ofrece la botella vacía al padre, este la recibe y la vuelve a guardar dentro del cono naranja. El hijo permanece en la misma posición y quieto unos cuantos segundos más. Empiezo a pensar seriamente en la posibilidad de que el menjunje sea una receta mágica. El padre se le acerca como si no quisiera despertarlo de esa especie de trance que su hijo está viviendo, cuando llega junto a él respira profundamente, muy despacio levanta sus brazos hasta ubicar las manos a la altura de las orejas del chico y hace chasquear sus dedos. Me imagino que el pibe se va a despertar y va a empezar a toquetear la pelota azul como si fuera el mismísimo Lío Messi pero no, el pibe por fin se mueve, primero se sacude, luego se toma la panza y por último lanza un intenso vómito ocre y denso que baña por completo a su sorprendido padre.
No puedo contener la carcajada, el padre me escucha y me mira depositando todo su odio y su frustración en mí. Le ofrezco una toalla pero el prefiere quitarse, arrancarse casi, la remera Nike y limpiarse con eso. El gordito hijo también me mira y se sonríe mientras se pasa el dorso de la mano para limpiarse la boca sucia. El padre junta los conos con prisa y los mete en el bolsito, de una patada revolea la botella vacía de PVC y emprende su retirada rumbo a la salida de la playa detrás los médanos. El pibe lo mira y no se atreve a decir nada. Ve que el padre se aleja a paso vivo y está a punto de ir tras él cuando descubre que se olvidaban la pelota azul. Trota hasta la pelota y cuando llega, intenta hacer una bicicleta pero se le traba un pie o se enreda con no sé qué y termina panza arriba sobre la arena. Trato de no reírme. El pibe se sienta, se sacude la arena y me busca con la mirada pero Tután y yo corremos hacia el mar; el sol había calentado lo suficiente.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 26 de febrero del 2011
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29 - Ayer nomás

- Feliz día del amigo -dijo Marcelo.
- Feliz día -respondieron Leo y Juan al mismo tiempo. Entre los tres chocaron sus copas, se miraron, sonrieron y bebieron un sorbo de vino tinto.
- Ayer, en internet, vi una foto que estaba increíble -comentó Marcelo.
- Pará un poquito, che -saltó Leo-. Te va a hacer mal tanto porno.
Juan se rió y yo los escuchaba mientras terminaba de poner la mesa.
- No, no era eso -le contestó Marcelo.
- Ah, ¿no era porno? -lo interrumpió Juan-. Entonces no debe haber sido tan increíble.
- Claro -dijo Marcelo en el medio de un nuevo trago de vino.
- ¿Claro qué? -preguntó Leo entre risas.
- Las dos cosas: claro que no era porno y claro que era una foto increíble -respondió Marcelo.
- Contá de una buena vez -le pidió Juan ansioso.
- OK -arrancó Marcelo-. Era una foto vieja donde estaban juntos los tres protagonistas de la semana. ¡Qué digo de la semana! De los últimos veinte días.
Juan y Leo lo miraban a la espera de un dato más. Marcelo bebía y yo, que había terminado de poner la mesa, también tenía ganas de saber, así que me acomodé, calladita, en una de las sillas del comedor hasta escuchar qué tenía de increíble la foto que mencionaba Marcelo.
- Dejá de hacerte el intrigante y contanos de qué se trata -le reclamó Juan.
Marcelo se rió y dijo:
- Está bien. Acá va: era una foto de Maradona...
¡Uh, no! ¡Basta con Maradona! -se quejó Juan. Y yo le daba la razón, después de la eliminación del Mundial el único tema parecía ser Maradona DT de la selección: que lo rajaban, que no lo rajaban, que le renovaban el contrato, que no, que se peleó con este y que con el otro... Estaba hinchada con tanto “Maradona”. Leo, en cambio, se rió:
- No me vas a decir que viste en internet una foto porno de Maradona.
“¡Y dale con el porno!”, pensé. Recordé la promesa de Diego: “Si salimos campeones del mundo, me desnudo en el obelisco”, y por fin encontré un motivo para alegrarme por la derrota contra Alemania.
- Para nada... Era una foto del casamiento de Maradona y estaban los tres abrazados: Bilardo, Grondona y Maradona.
- Me estás jodiendo -dijo Juan.
- Te lo juro. Los tres en medio de la fiesta, alegres, sonrientes...
- ¿Los tres? -preguntó Leo.
- Si, los tres. ¿Sos sordo? Bueno, en realidad eran cuatro, también estaba “la” Claudia.
- ¡Qué buena foto! -dijo Juan.
- ¡Qué les dije: una foto increíble! La Claudia estaba “radiante” con su vestido de novia. Bilardo, Grondona y Maradona parecían algo así como “Los tres...”
- ¡Como “Los tres chiflados”! -se apuró en decir Juan.
- No, “Los tres chiflados”, no... Como “Los tres mosqueteros”.
- ¡Ja! -cayó Leo-. Mirá vos, qué foto... ¡Increíble!
- Era lo que te decía desde hoy -se quejó Marcelo-. Ahí estaban los tres, posando, con sus sombreritos de cotillón, muy amigos y muy felices. En cambio ahora se tiran con lo que tienen, se cruzan acusaciones de mentiras y de traiciones.
- Lo que es la vida -dijo Juan.
- Mirá vos -repitió Leo-, qué foto...
Marcelo lo miró y estuvo a punto de decirle algo pero se ve que se arrepintió.
- ¿Cómo puede ser que estos tres terminen peleados? ¡Y tan peleados! Ves la foto y te preguntas tantas cosas... -dijo.
- ¿Cómo se puede romper una amistad? -preguntó Juan.
- Mirá vos... -arrancó Leo otra vez.
Los dejé charlando o mejor dicho, repitiendo “Mirá vos” y “¿Cómo puede ser?”. Me fui a la cocina, segura de que Guadalupe y Clara, las esposas de Leo y Marcelo ya tenían listas las ensaladas. Traté de imaginar la foto, de visualizarla, vi a la Claudia y vi a “Los tres mosqueteros”. ¿Sería D’Artagnan la Claudia? El casamiento fue en noviembre del ‘89. Me quedé pensando en que hacía años que el matrimonio entre la Claudia y el Diego se había terminado. A Marcelo, a Leo y a Juan no les llamó la atención ese detalle, no, ellos son hombres, se asombraban de la otra ruptura, la que puso fin a la amistad entre “Los tres mosqueteros”. Pobres, no entendían nada y para mí estaba muy claro: a veces las fotos resultan demasiado viejas.


Pablo Pedroso
Buenos Aires, 31 de julio de 2010
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Los cuentos también en Lovingfutbol



Desde España, el amigo Sergio Barona estrena su título de campeón mundial (¡nada más y nada menos!) y le pone las pilas a una nueva web futbolera: Lovingfutbol. Realmente está haciendo un trabajo para destacar y, entre tantas cosas, se enganchó con los cuentos de fútbol y comenzó a publicar algunos de mis cuentos (entre otros) en su web.

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28. Distinto

(Sudáfrica - 2 de julio de 2010)

“Loco”, le dicen. Y el tipo no reniega de eso, acepta que lo llamen así y seguramente se ríe (no podría ser de otra manera). Ahora, ¿quién puede decir, a ciencia cierta, si realmente está loco o más cuerdo que todos nosotros? ¿Un facultativo? No, en absoluto, este muchacho está más allá de cualquier diagnóstico. Él es distinto, tal vez por eso lo llaman “loco”. También es flaco y medio feo pero fundamentalmente es: distinto.
Distinto a mí, a vos, a muchos.
¡Y a mí me da tanta envidia eso! Quién pudiera, ¿no? Ser así, como él.
Uno siempre quiere parecerse a esos personajes que se destacan del resto. Claro, tener algo, una pizca de su estrella. Todos soñamos cosas por el estilo. Tal vez los otros soñadores se dejan llevar por los flashes de la prensa, las modas de otros nombres y las noticias de otras ligas pero yo no soy así, a mí me gusta él, con sus virtudes y con todas esas cosas que vienen en la misma bolsa y algunos llaman defectos.
Quizás siento todo esto porque me cayó bien de entrada, cuando lo vi por primera vez en una cancha. Yo no tenía la menor idea de dónde lo habían sacado y (si no recuerdo mal) en su primera intervención del partido la pelota se le enredó entre las patas, largas y flacas, y se le escapó. Pero ojo, le puso ganas y gracia a la situación, no la disimuló, la peleó y casi casi recupera la pelota. No fue gran cosa pero desde ese momento me cayó simpático y mis ojos comenzaron a buscarlo cada vez que él entraba a una cancha.
No es Cristiano Ronaldo, Beckham, Messi, Rooney, el Niño Torres ni Forlán. Está claro, pero...
Vistió tantas camisetas que ya perdí la cuenta. Además parece eterno, ¿cuántos años hace que está jugando?
No deja de sorprenderme. Y mirá que lo conozco.
Porque entró unos minutos y pasó desapercibido, agazapado, como esperando su momento de gloria que ya estaba por llegar. La paciencia de los sabios tal vez.
¡Y pensar que le dicen loco!
La cámara lo enfocó en el medio de la cancha, todos los ojos estaban con él, casi todo el estadio pendiente de su fracaso pero él no, él avanzaba hacia su destino (el punto blanco en el área y la gloria misma) como si fuera el comisario del pueblo, el sheriff o John Wayne en pleno duelo de una película del oeste.
Te juro que hasta yo me sorprendí. Nunca te vi así: con tanta calma, seguridad, con tanto convencimiento. Te tendrías que haber visto, Loco, avanzabas con una presencia tal que impactabas. Enorme. No dudaste ni aflojaste: avanzaste. Y cada paso que dabas, te admiraba más. Las vuvuzelas nos aturdían a todos menos a vos. Caminaste con un país detrás y se notó, hiciste ese viaje desde mitad de cancha acompañado por Obdulio Varela y todos los próceres que vistieron la celeste y las patas flacas no te temblaron (nunca lo hicieron). Parecías estar serio y compenetrado, parecías ceremonioso, inmutable pero eras una tremenda incógnita. Acomodaste la pelota al tiempo en que nos preguntábamos, ¿qué ibas a hacer? Sabemos que sos capaz de muchas cosas (y no quiero decir locuras, no). Pero la pregunta, en realidad, era: “¿Quién ibas a ser, el loco o el distinto?”.
Picaste la pelota, Abreu, y la respuesta fue toda tuya. Mientras nuestros corazones gritaban tu gol entendimos que lo de “Loco” es apenas un sobrenombre.
Habrá voces que dirán que lo pateaste como Panenka en la final de la Eurocopa del ’76 o como Zidane en la final del Mundial 2006. Pobres de ellos, no te conocen. El penal lo pateaste a lo Abreu.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 3 de julio de 2010
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27. El día que murió el Telebeam

Empezó un domingo de otoño. No fue un domingo de sol pero tampoco fue un día frío o de mucho calor. Ni siquiera fue uno de esos días húmedos de los que abundan por acá. No. Fue un domingo cualunque. Un poco gris tal vez. Uno de esos días donde ni a los más aburridos se les ocurre hablar del clima.
La fecha arranco a las once de la mañana en la cancha de Banfield. Caprichos de alguien o estudios concienzudos de los genios encargados de determinar la conveniencia de los horarios de los partidos de fútbol dictaminaron que Banfield – Colón se juegue en ese insólito horario.
“Al que madruga, Dios lo ayuda”, dicen por ahí. Y así fue. No recuerdo quién era el réferi pero si sé que tuvo bastante trabajo: tres off side polémicos, una falta fuera del área que la gente de Colón juraba que era adentro y penal. Y, para coronar la faena, le anuló un gol a Banfield a pocos minutos del final del partido. Según el lineman la pelota no ingresó en “su totalidad” (así dicen los cronistas cuando hablan de estas situaciones). Según el nueve de Banfield y toda la hinchada del Taladro fue un golazo. Convencidísimos de que el arquero de Colón la sacó de adentro. Terminó el partido y la gente de Banfield se los quería comer crudos al lineman, al réferi y a todo hombre de negro que veían por ahí. Los de Colon también los despidieron con chiflidos e insultos, indignados por aquel supuesto penal.
A la noche llegó la hora del Telebeam. ¿El veredicto? Aciertos de la “terna arbitral”. Parece mentira pero los tipos la pegaron en los off side que cobraron y en los que no también. La tecnología demostró que la falta del supuesto penal había sido afuera del área (¡por cinco centímetros!). Y por último, la pelota no había ingresado en la jugada del “gol no cobrado”. De todos los medios tuvieron que borrar el titular anticipado: “Polémico arbitraje en Banfield – Colón”. La noticia pasó a ser: “Pirulo (no recuerdo quién era, lo dije) acertó en todo lo que cobró”. Claro que nadie le dio tanta importancia a la noticia, si bien era insólito, inusual que un réferi y los líneas no se equivoquen en ninguna de las situaciones de un partido, la prensa no hablo mucho más del tema. Para ellos, tal vez, noticia es otra cosa.
En la fecha siguiente sucedió algo muy similar, en seis partidos de los diez que se disputaron, los réferis y su gente acertaron en lo que todo lo cobraron y en lo que no. Ese domingo a la noche el Telebeam determinó que el acierto fue de un ciento por ciento. A la fecha siguiente la ausencia de errores ocurrió en los diez partidos. ¡Cartón lleno! Ahí si fue noticia para la prensa. Durante unas cuantas fechas parecía que ver los goles era lo que menos importaba, la gente se pegaba a los televisores para ver si el Telebeam confirmaba lo que todos sospechábamos, los hombres de negro dejaron de equivocarse. Nadie sabe qué bicho les picó, qué milagro sucedió pero los tipos resultaron infalibles. Todos, incluso esos muchos que creíamos que ya no tenían remedio.
Las jugadas ya no fueron polémicas y los árbitros eran aplaudidos cuando ingresaban a las canchas y mucho más cuando finalizaban los partidos. “El Show de los Goles” dejó de tener tanto rating porque ahora competía con “El Show del Telebeam”. Hubo un tiempo en que algún cronista (de esos que abundan) repetía: “No creo que en este partido Menganito acierte en todo lo que cobre, lo conocemos muy bien a Menganito…”. Pasó el partido y Menganito no se equivocó.
Los partidos se hicieron menos discutidos, los jugadores dejaron de pedir tarjetas amarillas o rojas para sus adversarios porque los réferis aplicaban el reglamento. No importaban las camisetas, ni quien hacía la falta, si era en el área o en mitad de cancha. Cobraban lo que tenían que cobrar: foul, foul; penal, penal.
Todos los réferis salían por sorteo y ahora nadie se quejaba. Cuando leías el diario para enterarte de la formación de tu equipo rara vez mirabas quién era el réferi designado porque llegó un momento en que era lo mismo el tipo que te toque en suerte. Ya nadie discutía un off side, ni adentro ni afuera de la cancha: era off side y listo. En todo caso le reclamabas al dormido de tu delantero o aplaudías a tu defensor atento pero nada más. La gente dejó de arrojar encendedores y los líneas dejaron de estar con un ojo mirando el partido y con el otro detectando como un radar cualquier posible proyectil.
En agosto, cuando arrancó el otro campeonato, la gente de a poco dejó de ver “el Show del Telebeam”. ¿Para qué? Ya todos sabíamos que lo que habían cobrado estaba bien cobrado. Nadie tenía dudas. Nadie desconfiaba. Nadie discutía.
Un domingo a la noche, antes de fin de año dejaron de dar el Telebeam. Simplemente murió y nadie lo extrañó.
Hacía rato que hablábamos de fútbol.

Pablo Pedroso
13 de mayo de 2010
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26. Santo remedio

Frenó frente a la puerta de El Chingolo 327. La dirección parecía ser la correcta. Se la pasó su representante, Bermúdez. Justamente él le insistió en que fuera, que le iba a hacer bien, le dijo.
El Gordo no se decidía. La casa era fea, la cuadra, horrible. Y para colmo estaba oscuro. Puso primera, alerta, listo para salir rajando. Desde que bajó de la autopista no hizo otra cosa que insultar el momento en que aceptó la cita. Perdido, dio unas cuantas vueltas para poder llegar, y hasta tuvo un motivo más para sufrir: las últimas cinco cuadras fueron de tierra (de barro, bah), a él que le encanta tener el “BM” siempre impecable.
El motor seguía en marcha, el pie en el embrague y la mano aferrada a la palanca de cambios. El cerco de la casa se perdía entre una planta pinchuda y sin forma, mal cortada, mal crecida y casi seca. Desde un pequeño pilar de cemento asomaba una figura, un especie de escultura tenebrosa como una gárgola de un castillo de película de terror. Era toda de piedra gris y tenía una rajadura que le atravesaba media cara. El Gordo sentía que la figura lo miraba.
Decidió dar la vuelta a la esquina y estacionar un poco más lejos. Llegó con pasos largos hasta la pequeña reja de “El Chingolo 327”. Era una puerta baja y oxidada, no encontró timbre alguno, golpeó las manos pero nadie respondió. Cruzó el cerco y caminó por lo que alguna vez fue un jardín y ahora parecía un baldío. Se concentró en la luz naranja, encendida, que lo esperaba unos metros más adelante, en la casa, justo encima de la entrada principal. El Gordo trataba de no mirar a los costados para no encontrarse con nada demasiado desagradable. Estaba por golpear con sus nudillos contra la puerta de madera cuando alguien la abrió. El Gordo retrocedió unos pasos aunque intentó disimular lo asustado que estaba.
- Pase, no se quede ahí -le dijo la mujer con una sonrisa de pocos dientes.
El Gordo la miraba y no sabía si salir corriendo o gritar.
- Me manda Bermúdez -susurró la boca del Gordo.
- Ya lo sé -le dijo la mujer-. Pase de una vez -le ordenó y el Gordo le hizo caso.
Una vez adentro algo o alguien cerró la puerta. La mujer se aferró de las muñecas del Gordo y descendió hasta quedar de rodillas delante de él. Pasó sus manos sobre los brazos y las piernas del Gordo, de arriba hacia abajo, con fuerza, una vez, dos, tres... ¡Cinco veces o más! El Gordo parecía quieto pero por dentro temblaba. La mujer se detuvo y lo miró.
- ¿Nunca viste a Olmedo, vos?
- ¿A quién? -consiguió preguntar.
- A Olmedo, cuando hacía del “Manosanta”... En la televisión... ¿No mirabas televisión cuando eras chico?
- Ah... Si, claro que lo veía...
- Y entonces, ¿por qué tenés tanto miedo? Te estoy limpiando la mala onda.
La mujer se aferró de la mano derecha del Gordo y con algo de esfuerzo se puso de pie. De entre sus ropas sacó una cadena larga con una piedra de color azul en un extremo, la extendió delante del rostro del Gordo. La piedra azul quedó a la altura de sus ojos y osciló unos centímetros apenas. Luego de mover movió los labios como si hablara la mujer guardó la cadena y condujo al Gordo hasta una mesa, le indicó que se siente en una silla de madera y mimbre. Ella se sentó frente a él en una silla más mullida y empezó a mezclar unas cartas gastadas.
- Me dijo Bermúdez que usted lo ayudó con Mazzochi y que ahora él hace goles todos los partidos.
La mujer siguió mezclando las cartas sin siquiera mirarlo.
- Mazzochi -insistió el Gordo-. El de Vélez...
- Yo sé todo, pibe -lo interrumpió la mujer-. Sé quién es Mazzochi y sé que vos hace rato que no mojás.
- Yo atajo, señora.
La mujer dejó de mezclar las cartas, le clavó los ojos y le dijo:
- No te hagás el gil que yo me refería a otra cosa. Y eso de que atajás, se podría decir que últimamente, poco y nada -sentenció.
El Gordo bajó la mirada y parecía que estaba a punto de pucherear. La mujer se paró y arrastrando un poco los pies llegó hasta una estantería repleta de frascos de distintos colores y tamaños cargados quién sabe con qué cosas. Empezó a desenroscar la tapa de un frasco grande de color ámbar oscuro cuando se le ocurrió preguntarle:
- ¿Contra quién juegan el domingo?
- El clásico, justamente, contra San Lorenzo.
La mujer se detuvo un instante, lentamente cerró el frasco de color ámbar oscuro y lo volvió a guardar. Miró al Gordo una vez más y enfiló hacia otro ambiente de la casa.
- Partidito complicado -dijo la mujer mientras se alejaba.
- Y si, imagínese. Como viene la cosa, si perdemos, alguna cabeza va a rodar -alcanzó a decir el Gordo. Desde donde estaba sentado no podía verla pero por los ruidos le pareció que la mujer se había metido en la cocina. Al rato volvió junto a la mesa con otros frascos y una mandarina. Dentro de una bolsita transparente volcó un poco de lo que había en uno de los frascos, parecía orégano.
- El orégano le dará elasticidad a tus músculos -dijo la mujer con tono firme.
A la mandarina le quitó un poco de cáscara y esa cáscara la partió en diez pequeños trozos.
- La mandarina aumentará la firmeza de tus manos. Una porción para cada dedo -dijo la mujer mientras colocaba de a uno los trozos de cáscara de mandarina en la bolsita transparente.
Del segundo frasco sacó un sobre de un Alka-Seltzer, lo abrió y desmenuzó esa enorme pastilla blanca entre sus dedos arrugados. Juntó el polvito que quedó regado sobre el mantel y metió todo dentro de la bolsita.
- Esto te mantendrá atento y concentrado todo el partido.
Del tercer frasco, el más pequeño, extrajo unas perlitas amarillentas. Primero fueron seis las que colocó en la bolsita junto a todo lo otro. Hizo una pausa, murmuró algo que el Gordo no pudo oír y metió cinco o seis perlitas más.
- ¿Y eso qué es? -preguntó el Gordo.
- El secreto de Arturito -le dijo la mujer.
Acercó la bolsa a la boca del Gordo y le ordenó:
- ¡Escupí!
- ¿Qué?
- Escupí, dale. Dentro de la bolsa.
El Gordo escupió con pudor tres insignificantes gotitas de saliva.
- ¡Escupí con ganas, che! -le gritó la mujer y el Gordo escupió. La mujer cerró la bolsita y la agitó para un lado y para el otro mientras movía la cabeza en círculos, con los ojos cerrados y murmurando cosas. La mujer giró medio cuerpo o más, aun así el Gordo pudo ver cómo se metió la bolsita por el escote y la frotó contra su cuerpo.
- A todo hay que ponerle el corazón, pibe -dijo la mujer.
El Gordo se preguntó por centésima vez qué hacía en ese lugar.
- No la abras -le ordenó la mujer cuando le entregó la bolsita transparente cargada de cosas-. Se la das a tu señora y le decís que te prepare un té con todo esto, no le digas qué es ni para qué. Que ella te prepare un lindo té y te lo guarde en un termo. El domingo en la concentración, cuando te levantás y en ayunas (escuchaste bien: en ayunas) lo calentás y te tomás este rico tecito hasta la última gota. ¿Estamos?
- Estamos -dijo el Gordo seguro de que no tenía otra opción.
La mujer se levantó de la mesa y alzó una mano como si acabara de recordar algo importantísimo.
- ¿Vos te persignás cuando entrás a la cancha? -le preguntó al Gordo.
- Si, claro.
- Bueno, esta vez no lo hagas. Si querés, persignate cuando termine el partido pero antes, no. Haceme caso, pibe, te juro que con esto vas a ser otro.
Llegaron hasta la puerta de madera, la mujer la abrió y el Gordo le preguntó:
- ¿Cuánto le debo?
- No querido, yo no hago esto por dinero...
- Y entonces...
- Bueno, si insistís dame quinientos pesos y listo.
El Gordo sacó la plata y se la entregó a la mujer que apenas recibió el dinero le dio una palmadita en la espalda como para que apure un poco el paso y le cerró la puerta casi golpeándole los talones.
- ¡Tomalo en ayunas! -gritó la mujer desde el interior de su casa-. ¡No te olvides!
El Gordo tuvo ganas de salir corriendo pero le dio no sé qué. Eso si, apuro el paso como quien tiene la urgencia de encontrar un baño. Cuando llegó junto al BM miró la bolsita que aferraba entre sus dedos y la guardó en el bolsillo interior de su campera.

Eran las cinco de la tarde del domingo.
- ¡Dale que ahí salen! -gritó el hombre sentado frente al televisor.
La mujer llegó con apuro, en una bandeja traía la cosas del mate.
- Fijate si lo enfocan y decime si se persigna o no -le dijo mientras cebaba el primero.
La cámara esperaba en el extremo de la manga la salida del equipo. De a uno fueron apareciendo los jugadores mientras estallaba una lluvia de papelitos. El arquero fue el cuarto en salir.
- ¡Ahí está...! Es ese, miralo... ¡No se persignó!
- ¡Ja! ¿Viste que te dije?
- Tenías razón, che.
- Yo sabía que me iba a hacer caso en todo -dijo la mujer mientras le alcanzaba un mate al hombre.
- ¿Cuánto creés que dura?
- Quince minutos, veinte como máximo. Pobre, mirá la cara que tiene...
- ¿Ahora te da lástima?
- Y, un poco sí.
- ¡Andá! Si le metiste todo el frasco de laxante...
- ¡Pará, Arturo! ¿Qué decís? A lo sumo medio frasco.
- Entonces me corrijo: todo lo que quedaba de mi frasco de laxante.
- Mañana te compro uno nuevo, sólo para vos.
- Ahora, explicámelo: ¿cómo hizo para no ver el escudo que tenemos en el comedor, ni el poster de los campeones del 2007, ni la foto con el Bambino dando la vuelta en Rosario?
- El que no quiere, no ve.
Arturo le dio una última chupada a su mate y le pidió a la mujer:
- Dale, haceme la cara que puso cuando te pasaste la bolsita por las tetas.
La mujer miró a Arturo, abrió los ojos bien redondos y los revoleó de un lado al otro, después se puso bizca.
Arturo no podía más de la risa.
- ¡Me muero! -gritó.
- Todavía no sé cómo no me tenté con lo del orégano, la mandarina y el Alka-Seltzer.
- ¿Y Bermúdez? -preguntó Arturo.
- ¿Qué sé yo? Mañana me llamará puteando -le respondió la mujer-. ¿Me pasás una medialuna?
- Veinte mangos a que antes de los quince sale rajando para el vestuario.
- Dale -dijo la mujer y chocaron las manos en el aire.
- Bueno, atenti que ya empieza.
- ¡Vamos los cuervos! -le gritó la mujer al televisor mientras le clavaba sus pocos dientes a una medialuna y agitaba una bandera de San Lorenzo.


Pablo Pedroso
Buenos Aires, 14 de marzo de 2010
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25. Restos

Ahora es comentarista deportivo. Se dice así, ¿no? ¿Comentarista deportivo?
Bueno, no sé cómo se dice. Él comenta los partidos por la tele.
Antes era jugador.
Ahora comenta partidos de verano.
El relator se entusiasmaba con Orteguita. La gente en las tribunas también.
Cuando lo veo, veo los restos de un jugador -dijo cuando le preguntaron en medio del relato.
No se puso colorado ni nada.
Orteguita no lo debe haber escuchado, ni le debe importar lo que pueda decir ese comentarista ex jugador. Orteguita corría y tocaba. El comentarista ex jugador intentó explicar que quiso decir con eso de “restos de un jugador” pero no convenció a nadie. Orteguita esta vez tampoco lo escuchó, él siguió jugando. Los de rojo no sabían cómo parar a Orteguita y el comentarista ex jugador no tuvo más remedio que decirlo. Orteguita persiguió a un joven vestido de rojo, se tiró a los pies y recuperó la pelota. El comentarista se enredó con otra frase. Orteguita hacía jugar a sus compañeros. El comentarista ex jugador pensó en la vez que habló del “cabaret”. Orteguita metió un gol, el segundo de su equipo. Lo festejó con sus compañeros que lo abrazaron y le ofrecieron su cariño. El comentarista ex jugador recordó que él los festejaba solo. El defensor quiso gambetear a Orteguita, el Rey de la gambeta, y perdió. Pobre. Orteguita se la robo y casi clava el tercero. El comentarista ex jugador se dedicó a despellejar a otros jugadores. En el entretiempo, el comentarista ex jugador tomó un vaso de agua mientras recordaba que en su contrato dice muy claramente que era el momento de hacer un nuevo comentario. Orteguita volvió a la cancha y le sirvió una preciosa pelota de gol a un compañero que no supo aprovechar. Un par de minutos más tarde el técnico reemplazo a Orteguita. River ganaba. Orteguita besó su camiseta y se fue entre aplausos, como siempre.
El comentarista ex jugador lo miró, vio la felicidad de los hinchas y observó cómo Orteguita llegaba al banco con una enorme sonrisa, entero.
Tal vez pensó que no era tarde para arrepentirse de lo que había dicho, para pedir perdón.
Pero no lo hizo
El comentarista ex jugador siguió comentando lo que quedaba del partido.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 18 de enero de 2010
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24. La mejor jugada

Alguno fue, tal vez el Flaco. Yo no. Nunca soy el que empieza con un tema. Opino, meto un bocadillo o dos pero no soy yo el que impone una discusión, el que abre la sesión.
¿El Flaco dije? Puede ser que me equivoque. Ahora que lo pienso bien, debe haber sido Agosti el que empezó. Agosti siempre amó a Maradona, desde que Maradona, él y la mayoría de nosotros éramos pibes.Lo defiende a capa y espada, en las buenas y en las malas. Agosti se llenaba la boca hablando del Diez desde antes de que el apellido Maradona salga impreso en las páginas de algún diario. Así es, al primer tipo al que le escuché decir “Maradona” fue a Agosti en un recreo y ninguno de nosotros supo de quién nos hablaba. En esa época conocíamos a todos los jugadores, por la radio, por la Goles, El Gráfico o por las figuritas pero de Maradona no habíamos escuchado nada hasta que Agosti abrió la boca. Agosti jura y recontra jura que a Maradona lo vio debutar en primera ese famoso 20 de octubre del ‘76. Cuenta que un tío lo llevó. Yo sé que cada vez hay más gente que dice que estuvo en ese partido pero a Agosti le creo aunque siempre me pregunté qué hacía Agosti viendo un partido entre Argentinos Jrs. y Talleres.
La verdad, no sé quién fue el que planteó el tema de cuál fue la mejor jugada de Maradona pero recuerdo que Agosti, tan Maradoniano como insólitamente antibostero, dijo como sobrando a muchos de los que estábamos ahí:
La mejor jugada fue cuando le cerró la boca al Loco Gatti que lo tildó de “gordito” y ese domingo, el Diego, cuatro goles le clavó. ¡Cuatro!
Luis y Néstor se apresuraron en hablar antes que el resto y cayeron en la obvia:
¡El segundo gol a los ingleses en el ‘86! -dijo el primero.
¡La mejor jugada de la historia del fútbol! -exclamó Néstor.
El Flaco, bostero y fana mal del Diez, largó su vozarrón:
La mejor fue el gol que le hizo al Pato Fillol en la Bombonera, el 3 a 0 y el Patito revolcado por el piso, gateando, mientras Diego lo bailaba: para acá, para allá y... ¡Adentro!
El de la “Mano de Dios” -dijo no sé quién y el Gordo Matías tiró uno que según él hizo Maradona desde mitad de cancha durante un partido jugado en Misiones en el año ‘92. Todos lo miramos porque ese, creo, no lo tenía nadie.
Jugando para el Barça, ante el Real Madrid, en el Bernabéu y por la final de la Copa. ¡Jugadón! -dijo Carlos, el dueño del buffet que se la da de “europeo” y nació acá nomás entre San Justo y González Catán.
¡En el Napoli! Un tremendo golazo a... -arrancó decidido Pepín que se quedó sin nafta o sin memoria.
Ya habían hablado casi todos. Varios discutían y muchos trataban de imponer su criterio como única opinión posible e indiscutible. Lo dije antes: hablo, opino, meto un bocadillo o dos, trato pero no soy el más dotado en las discusiones que se arman todos los días en el buffet. Es más, un día puedo decir una cosa y al rato contradecirme y nadie se sorprende o me contesta porque, para ser sincero, debo confesar que mucho, mucho, no me tienen en cuenta. Pero esta vez quise decir algo inteligente, diferente al resto, alejado de lo obvio.
La mejor jugada de Maradona fue... -hice una pausa- separarse de Coppola.
Sonó rotundo. Varios se callaron y mientras esperaba el “¡Oh!” general y un par de palmadas en la espaldas, sonó la voz del Garrafa desde el fondo:
¡Na’ que ver...! La mejor jugada de Maradona, la más sublime de todas sus maniobras fue mostrarse ante el mundo como fana de Boca... -el Garrafa, seguro de haber captado la atención de todos, nos miró a cada uno de nosotros y prosiguió- ...porque él, de chico era hincha del Rojo...
¡Tomátela! -gritó el Flaco desde su rincón tan bostero como siempre.
¡Shhh! Dejalo terminar -ordenó Agosti y volvió el silencio.
Es así, señores, no le busquen la vuelta. Diego siempre supo cuál era su destino -retomó el Garrafa-. Sabía que iba a ser ídolo de multitudes, que iba a ser el mejor jugador del mundo y el más grande de todos los tiempos. Pero también sabía que iba a ser Dios sólo para una hinchada, sabía que su figura, su brillo, opacaría a cualquier otro jugador que vistió esa misma camiseta, por eso eligió a Boca porque no se hubiera perdonado nunca ir a Independiente, el verdadero club de sus amores y arrebatarle la gloria al máximo ídolo del rojo de Avellaneda, el Gran Ricardo Enrique Bochini, su propio ídolo. Y así fue, mis queridos -siguió el Garrafa con la voz algo quebrada-, la mejor gambeta del Diego fue esquivarle a la historia y pergeñar una jugada generosa, única y magistral. La mayor genialidad Maradoniana. Un verdadero acto de amor. Maradona sacrificó su pasión por Independiente en nombre del ídolo de su infancia y le entregó un pase gol milimétrico para que Bochini reine en el cielo de Avellaneda por los días de los días...
Amén -interrumpió Pepín y todos nos cagamos de risa.
La charla se diluyó, el Garrafa se refregó un poco los ojos, Agosti le revolvió la melena y yo me fui para casa con ganas de enganchar en la tele algún programa de esos que pasan partidos de cuando yo era chico.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 15 de enero de 2010
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23. Frases hechas

¡Ja!
¿Frase hecha? Lo que vos quieras. Pero es verdad. “El fútbol te da revancha”.
Eso sí, hay que tener paciencia. Hay que saber bancársela hasta que la mano venga cambiada.
Y si, en el fútbol hay que tener paciencia. Mirá a Banfield, 113 años esperó y hoy grita campeón.
¿Sabés cómo me gastaban a mí? No había quien me la perdonara. Y eso que yo, antes del partido, dije: “Todos hablan de “incentivación”, de que Independiente le va a regalar los puntos pero el partido hay que jugarlo. Vélez se tiene que preocupar por Vélez y no por lo que haga Independiente”. Pero bueno, parece que nadie me escuchó porque me gastaban igual. Hoy nadie se acuerda pero yo lo dije.
¡Ay, Sessa, querido! ¡La que te devoraste aquel 12 de diciembre de 2004!
Tan preocupados estábamos de Independiente, de Newell’s y nadie pensó en Arsenal.
Cinco años pasaron. Cinco años y un día. Y al fin tuvimos nuestra revancha.
En ese momento te querés matar pero hoy hacés un poco de memoria y ves que saliste campeón en el 2005 y otra vez, ahora, a mitad de año y te das cuenta de que cinco años no es mucho. Digo, para disfrutar de una especie de venganza.
Mirá, ahí tenés otra frase hecha y otra gran verdad: “El tiempo todo lo cura”. Porque aquella tarde decidí odiar a Arsenal. No a Hirsig, el del gol; ni a Sessa que se mandó tremendo blooper. Decidí odiar a Arsenal. A todo Arsenal. A partir de ese instante, minuto 6 del primer tiempo, en que Sessa bajó sin necesidad una pelota que se iba sin lastimar a nadie y se la sirvió en bandeja para que Hirsig nos la mandara a guardar, desde ese momento exacto yo odié a Arsenal. Y pensé que iba a ser para toda la vida. Pero como te dije: “El tiempo todo lo cura” y “El fútbol te da revancha”. Ahora la realidad es otra.
Aquella vez me comí el gaste de los de Newell’s, de los de Arsenal, de los de Independiente... ¡El gaste de todos me comí! ¿Cuánto perdió Newell’s contra Independiente aquella vez, 2 a 0? ¿Salieron campeones perdiendo 2 a 0? Igual que Banfield ayer. Decí que el Tolo me cae bien y me gustó que salga campeón con su viejo club pero aquel campeonato se nos escapó de las manos.
Mejor dicho: ¡A Sessa se le escapó de las manos!
No sé si lo más justo hubiera sido jugar una final, Vélez - Newell’s, en cancha neutral. Tal vez si. Pero lo que siempre me jodió fue que nosotros teníamos que ganar para acceder a esa final y no lo hicimos, ¡empatamos!
¡Cómo se habrán reído los de Newell’s aquella vez!
Hoy se ríen otros.
A mí lo de Arsenal se me pasó, con el tiempo, como dije. Ya en el torneo pasado cuando en la antepenúltima fecha bajaron al líder Lanús que se cortaba solo al campeonato (4 a 1 le ganaron) sentí que se cerraba una herida. Ese triunfo del Arse fue el que sacó de la pelea al Granate. Nosotros después hicimos lo nuestro: empate con diez en cancha de Lanús y triunfazo en Villa Luro contra el Globo. Fuimos un equipazo pero hay que reconocer que en ese torneo, Arsenal nos dio una gran mano.
¿Cuánto les durará la bronca a los leprosos? ¿Por cuánto tiempo odiaran al Arse?
Porque el torneo no lo pierden ayer contra San Lorenzo, no señor. El torneo lo perdieron en la derrota de hace 8 días contra Arsenal, 2 a 1 en Rosario. Ahí fue, ahí perdieron mucho más que la punta.
¡Cómo se habrán reído los de Newell’s en el 2004!
Hoy no. Hoy se ríen otros. ¿Quienes? No sé.
Recuerden, siempre recuerden, otra famosa frase hecha: “El que ríe último, ríe mejor”.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 14 de diciembre de 2009
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22. ¡Qué pregunta!

¿Qué pondrá cuando completa esos formularios que dan en Migraciones? Esos papelitos que la juegan de inocentones y te preguntan cuál es tu profesión.
¿Pondrá “Futbolista”? ¿”Jugador de fútbol”?
Es como obvio, ¿no? Con su nombre debería alcanzar y sobrar pero esta gente insiste en preguntar.
Y quieren que quede por escrito.
Para colmo, poner “futbolista” o “jugador de fútbol” define a medias cuál es su ocupación. No lo define a él. Porque lo pone a la par de muchos, de muchísimos otros que no le llegan ni a los talones.
¿Vale poner “goleador”?
“El goleador”, en todo caso. Porque él no es un futbolista ni un jugador de fútbol, él es mucho más que eso. Él es “el señor gol”. El “titán del gol”. El “optimista del gol”, como lo bautizó uno que sabe y mucho.
¡Qué falta de respeto preguntarle la ocupación!
¿Sabés de qué labura? ¿Sabés? De regalarle alegría a la gente. De eso labura. Tiene 35 años y desde hace 20 que se dedica a clavar goles en todas las redes.
¿Te alcanza?
Es el hombre de los goles extraños también: pateó un penal con las dos piernas, metió su gol número 100 con los ligamentos rotos, le clavó un golazo a Independiente desde atrás de mitad de cancha, uno a River (entre tantos que le hizo) colgado del travesaño y otro a Vélez desde 40 metros pero ¡de cabeza! Que pide un renglón en la Guinness.
Decile al de Migraciones: ¿Tenés tiempo para que cuente cada uno de los goles? Mirá que son casi trescientos. Y la cuenta sigue.
Algún gil podrá decir que es el único tipo que pifió tres penales en un mismo partido y tendrá razón. Pero a él no lo define ese hecho aislado, único. A él lo definen los 20 goles que metió en un torneo de 19 partidos. ¿Récord? ¡Y qué te parece, 20 goles en 19 partidos! Los 4 que le metió a Gimnasia un 18 de marzo. Y si le sumás los 3 que le clavó a su ex, Estudiantes, una semana antes, tenés 7 goles en 7 días.
¿Te va quedando claro?
No hay otra. El que le da ese formulario y pretende que ponga “futbolista”, es de River o de Gimnasia. Sólo ellos (tal vez) siguen negando lo que la realidad nos dice todos los días, que Martín, que Martín Palermo es “el hombre gol”.
¿Quién no gritó su gol, agónico pero maravilloso, contra Perú en las Eliminatorias?
Sí, ese que hizo en el minuto 48 del segundo tiempo, bajo la lluvia, con la nariz fracturada. Cuando muchos otros bajaban los brazos pero él no.
¿Quién no lo gritó?
¿Quién no se dio cuenta de que ahí logramos la clasificación para este bendito mundial?
¿Quién?
Dejá el casillero en blanco, Martín. No completes nada.
Que ellos pongan lo que quieran. Total el domingo hacés un gol y se los dedicás, a ellos, a nosotros, a todos, al mundo, al fútbol. Porque vos siempre sos generoso, Martín.
Gol, Martín, gol...

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 15 de noviembre de 2009
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21. No puedo más

—No puedo más, Adolfo… Así no podemos seguir…
—Esperá al entretiempo, mujer…
Ana no esperó. Ana se fue. Revoleó el repasador que cayó, mitad en la mesada y mitad dentro de una cacerola, y se encerró en la pieza.
Ni hasta mañana dijo.
Cuando estaba por empezar el segundo tiempo Adolfo se sirvió lo que quedaba en el sifón. De arranque nomás festejó el empate de Godoy Cruz como en el primer tiempo había festejado el gol de Newell’s. Porque Adolfo era así, le gustaba festejar los goles, los de casi todos los equipos. Adolfo festejaba la mayoría de los goles, la gran mayoría. Dejaba afuera aquellos goles que no se habían logrado con buenas armas. Así lo explicaba él. Y cuando su hermano, Luis, lo corría con que lo había visto festejar el gol de Maradona a los ingleses, el polémico, Adolfo contaba que era cierto, que lo festejó porque mientras veía el partido, en directo, no se había dado cuenta de que el Diego lo había hecho con la mano.
Juraba que de haber descubierto la trampa en el momento, no lo hubiera gritado.
De a poco, Adolfo se iba quedando dormido, le pesaba la cabeza y no tenía fuerza para levantarse ni ganas. Iban treinta y cuatro minutos. A modo de postre comió una cucharada de dulce de leche.
Terminó el partido, apagó la tele y se fue arrastrando los pies hasta llegar a su dormitorio. En cuanto atravesó el umbral se cuidó de no hacer más ruido. Tampoco encendió la luz. Apenas apoyó el traste en la cama escuchó la voz seria, despierta, de Ana que le decía:
—No quiero que veas más fútbol, Adolfo. Es lo único que hacés, todo el día…
—También trabajo, che. ¿O no me ves salir a laburar?
—Cada vez menos, Adolfo. Desde que el maldito Canal 7 pasa todos los partidos…
—¡Bendito Canal 7!
—Lo que sea, Adolfo. La cuestión es que te ves todos los partidos de fútbol. Que te la pasás todo el tiempo pegado al televisor, juegue quien juegue, gritando los goles, sean de quien sean ¿Cómo puede ser? Ya ni te acordás de quién sos hincha, Adolfo.
—Soy hincha del fútbol, mujer.
—¡Pero hacéme el favor! —se quejó Ana— Para colmo ahora juegan todos los días. Si no es el campeonato, juega la selección o la copa no sé qué.
Como no escuchó nada más del otro lado, Ana siguió con el rezongo. Volvió a decir: “Así no podemos seguir” y “yo no puedo más”. Agregó: “Esto no es vida”, “no se lo deseo a nadie”, “es un infierno vivir así” y “ya no sé si me seguís queriendo”. Cuando le preguntó en medio de un sollozo débil: “¿Por qué me hacés esto?”, creyó escuchar como única respuesta un suave ronquido. Ana esperó cinco segundos algo que no llegó. Giró y se ubicó de espaldas a su marido, lo más pegada posible al borde de la cama, lejos de Adolfo, quieta, hasta que se durmió.
Desayunaron juntos (o al mismo tiempo).
Fue ella la que rompió el silencio:
—¿A qué hora venís?
—A las cinco.
—Pero… ¿Hoy también hay partidos? Es jueves, por Dios.
Adolfo se metió en la boca lo que le quedaba de la tostada y apuró el último trago del café.
—¿Quienes juegan? —preguntó Ana resignada.
—Colón y Arsenal, Vélez contra Argentinos, y Racing – Boca. ¡Partidazos!
Ana levantó la mesa. Adolfo buscó las llaves del taxi y la carterita negra de cuero gastado. Volvió a la cocina y le dio un beso en la frente a su mujer que se mantenía empecinada en lavar las cosas del desayuno y en no hacer otra cosa.

Eran las cinco menos veinte cuando Adolfo entró a la casa, apurado.
—¡Hola! —saludó mientras se metía en la pieza con un cable largo y negro en la mano. A los quince segundos salió extendiendo el cable hasta el mueble del televisor. Se metió detrás del mueble pero Ana no pudo ver qué hacía ahí agachado. Se fue y volvió con un par de herramientas.
—¿Qué hacés, Adolfo? —le preguntó Ana.
—Por ahora es provisorio —dijo a modo de respuesta—. En cuanto pueda, lo instalo como Dios manda.
—¿Qué decís?
Él no dijo nada. Miró su reloj y salió disparado hasta el taxi. Volvió con una caja de cartón, grande. Más incómoda que pesada. Ella lo miraba sin saber mucho qué hacer. Adolfo abrió la caja, le quitó las protecciones de telgopor y sacó un televisor nuevo, reluciente. Ana exclamó algo pero él ya estaba en el dormitorio conectando el televisor. Ella se arrimó con pasitos cortos, cuando llegó, la tele ya estaba funcionando.
—¿Qué canal ves? —le preguntó Adolfo con el control remoto en la mano.
—Ese está bien —le dijo Ana. Y cuando su marido pasaba junto a ella lo abrazó y lo besó.
Adolfo se instaló en su silla y prendió su televisor. El partido estaba a punto de comenzar. Desde el cuarto llegaba el sonido del otro televisor. Creyó reconocer la voz de Rial que presentaba una nota donde dos o más vedettes se peleaban. Rápido pero en puntas de pie, llegó hasta la pieza, entornó la puerta todo lo que pudo y volvió a su puesto.
Empezaba Colón - Arsenal.

Pablo Pedroso 
Buenos Aires, 16 de octubre de 2009
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20. Saber es otra cosa

- ¿Quién no sabe de qué se trata esto del fútbol? ¿Quién no conoce las reglas básicas de este deporte? ¿Un marciano tal vez?
¡Hasta mi tía Beba las sabe!
Eso sí, lo que se dice “saber de fútbol”, eso es otra cosa.
Todo el mundo habla de fútbol pero no todos saben. La gran mayoría está convencida de que sabe muchísimo de fútbol pero es evidente que la realidad indica lo contrario. Por eso estamos como estamos. Nadie sabe tanto como cree que sabe (o como dice que sabe). Ni siquiera yo.
Un montón de gente (entre los que incluyo a mi tía Beba) sabe que en el fútbol hay que patear, golpear, impactar a la pelotita con el pie. De eso se trata.
Pero claro, “saber patear”, es otra cosa.
¿Quién no sabe lo que es un penal? Nadie.
“La ejecución”. “El tiro desde los doce pasos”.
¿Pero todos saben patear penales? No.
Cualquiera puede ir, agarrar la bocha y patear, y hasta meter un gol. Pero “saber patear penales” es otra cosa. Parece una tontería y para algunos tal vez lo sea pero para mí no lo es. Patear bien un penal es algo muy difícil, todo un arte.
Uno lo ve patear a Ortigoza, el de Argentinos Juniors y parece fácil, siempre la pelotita termina adentro, clavada en la red. Gol. Los arqueros se tiran para acá, se tiran para allá pero no hay caso, cuando patea Ortigoza la tienen que ir a buscar adentro, irremediablemente. ¿Cómo hace? No lo sé. “Penal bien pateado es gol”, aseguran los entendidos. “El arco es enorme”, dicen muchos. Y te refriegan las medidas en la cara: “7 metros con 32 centímetros de ancho por 2 metros con 44 centímetros de alto. No se le puede pifiar”.
¿No se le puede pifiar?
¿Y el arquero? ¿Qué, no juega? No es lo mismo tener enfrente a Manu, mi sobrinito de 7 años, que a tipos como Carrizo, Andújar o el Pato Abbondanzieri. Y no hablemos del mismísimo José Luis Chilavert que los atajaba y que también los pateaba. ¡Y el Goyco! Con todos los penales que atajó en el Mundial del 90, ¿cómo te parás a tan sólo doce pasos de él y le pateás? Muchos dicen que se te achica el arco y se te agranda el arquero. Y yo puedo asegurar que eso que dicen, es verdad.
¿Cuántos penales erró Maradona? ¿Cuatro, cinco? Yo me acuerdo de aquel que le atajó el Rifle Castellano, el arquero de Central. ¡Con rebote y todo! ¡A Maradona! Y también recuerdo el que le atajaron en el Mundial del 90, en cuartos de final contra Yugoslavia. Decí que estaba el Goyco esa noche, que si no... ¡Mamma mía!
¿Y Palermo, el gran goleador del fútbol argentino? ¿No erró tres penales en un mismo partido, Palermo? ¡Sí! ¡Tres penales! ¡Palermo! ¡Y vistiendo la celeste y blanca!
Por eso te digo, acá hablan por hablar y critican por criticar. Lo de los penales es una lotería a no ser que seas Ortigoza, y yo, Ortigoza, no soy.
- Y ella no es Goycoechea, Gaby. Mirala bien. ¡Ella es tu tía Beba! Le pateaste catorce penales y te atajó los catorce.
- ¡Viste lo que ataja la vieja!

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 17 de setiembre de 2009
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19. Patas largas

Patas largas llegó en los primeros días de diciembre. El tío lo trajo. Lo compró camino a casa en la feria de Pompeya.
- Cuando lo vi, pensé en vos -me dijo el tío-. Todo blanco. ¿Será “quemero” igual que vos?
- ¡Ja! Ojalá. No sabía que había canarios blancos.
- Yo tampoco.
- ¿Cantará?
- El vendedor me juró que sí: “Canta los goles del Globo”, dijo. “Uno cada tanto”.
- Muy gracioso, tío. ¿Tiene nombre?
- “Patas largas” me dijo que se llama.
- ¿”Patas largas”? Nombre raro para un canario.
- ¡Viste! Me contó que de pichón era flaco y de patas largas, por eso el nombre. Un auténtico caso de falta de imaginación así que vos llamalo como quieras.
Patas largas no cantaba, ni un solo “pi” pudimos escuchar. Hacía ya unos cuantos días que estaba en casa, en una jaula cómoda con alimento, agua, lechuga y solcito pero no cantaba. Era lindo, todo blanco y “quemero” pero cantar, nada. Y eso que yo cada tanto me le arrimaba y le silbaba como para entusiasmarlo. Pero nada. Probé con hacerle escuchar música, de lo más variada, y otra vez nada.
Era sábado, 13 de diciembre. Saludé a mi vieja y salí rumbo al Ducó enfundado en mi camiseta blanca, contento de volver a ver al Globo jugar en nuestra cancha después de más de un año. Atravesé el patio y en cuanto cerré la puerta y pisé la vereda, lo escuché cantar. Me frené y volví, abrí la puerta despacio, un tanto incrédulo y otro tanto cuidadoso para no asustarlo. Parado desde el umbral, la puerta abierta, miré como Patas Largas inflaba el buche y le cantaba a su público de helechos, malvones y geranios. Patas largas llenó el patio con su canto. Las macetas gordas y con patas se veían más coloridas y menos viejas, las baldosas brillaban y mi vieja, asomada por la ventana de la cocina, parecía a punto de llorar. Tal vez no era para tanto.
De una vez por todas me fui. El canto de Patas Largas llegó hasta la esquina de casa y más. Huracán volvía al Ducó para jugar el último partido del año. Patas largas cantaba, la tarde pintaba hermosa y yo soñaba con que podía ser mejor.
Lo fue: 3 a 0 ganamos. ¡Y cómo! Bailecito al Fortín al ritmo de Pastore, ese flaco de patas largas y gambeta preciosa.
Llegué a casa radiante y mientras mi vieja me contaba todo lo que había cantado Patas largas le avisé a los dos, a ella y a Patas largas, que desde ese preciso momento lo rebautizaba. Su nuevo nombre era: “Patas largas Pastore”.
Pasamos el verano a puro entusiasmo. Patas largas Pastore cantaba para el patio, para la cuadra, para medio barrio. Huracán arrancó el torneo como hace tiempo no lo hacía: triunfo de local ante los tucumanos y goleada a Racing en el cilindro: ¡4 a 1! Cuando Patas largas Pastore cantaba, fija que Huracán ganaba. Tuvimos alguna fecha complicada pero estábamos para festejar: 3 a 0 a Lanús, 4 a 1 a Argentinos, 4 a 0 a River, 3 a 0 a Arsenal y un fundamental 1 a 0 a los Cuervos.
Así llegamos a la última fecha, primeros a un punto de Vélez, nuestro próximo rival. La fiesta estaba armada. ¡Qué felicidad! Con mi vieja le compramos una nueva jaula a Patas largas Pastore. No era para menos. Elegimos una de esas de pie para poner en el medio del patio. Como para que sepa que él era el rey del lugar. Y Patas largas Pastore cantó toda la semana.
El partido se jugaba en la cancha de ellos. La vieja hacía como quince años que no iba a la cancha pero esta vez no se lo quiso perder. Me aseguré de dejarle a Patas largas Pastore agua limpia, alimento suficiente y una hoja de lechuga bien fresca. Le encomendamos que cante, que cante toda la tarde, con fuerza. Que cante como nunca. Nos despedimos de Patas largas Pastore y salimos temprano rumbo a Villa Luro. Estábamos en pleno invierno (5 de julio era) pero ese día no hacía frío, al contrario. “El fervor de la gente”, decía mi vieja.
Arrancó el partido y se me desvaneció el entusiasmo. Sentí angustia. Tal vez porque Pastore no aparecía, tal vez porque Vélez se nos venía, porque el equipo no era el de las fechas anteriores o porque el cielo se ennegrecía. O tal vez por todo eso.
La primera piedra me cayó a mí, un granizazo sin aviso me golpeó en medio del coco. Brazenas paró el partido; los jugadores y la gente buscaron refugio. No pude moverme. Las piedras caían, grandes, blancas, frías. El césped del Amalfitani se llenaba de lunares. Pensé en Patas largas Pastore mientras pasaba mi mano por el terrible chichón que coronaba mi cabeza. Pensé en la puntería y el destino. Bajamos los escalones de la tribuna mientras se reanudaba el partido, salimos del estadio cuando Monzón atajó el penal y llegamos a casa cuando el silenció se adueño del barrio y un delirante pasó tocando bocina y gritando el gol de Moralez.
Abrimos la puerta con prisa y miedo. Plantas rotas y macetas partidas. La jaula caída en medio del patio. Las baldosas brillaban húmedas y quedaban apenas tres minúsculas bolitas de hielo. Algunos alambres de la jaula estaban un poco doblados, quizá por la caída, quizá por el granizo. No los enderecé, no hacía falta. Patas Largas Pastore se había volado.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 17 de agosto de 2009
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18. El sueño americano

En esa época estaba más roto que viejo. Mi cédula insistía en que me quedaban dos o tres años más por jugar, pero la rodilla hacía rato que decía otra cosa.
En el bar del aeropuerto de Guayaquil tomaba una cervecita fría a la espera del vuelo que me regresaría a casa y mataba el rato con una sola certeza: el fútbol había terminado para mí.
Alguien gritó desde la entrada:
—¡Ese trago lo invito yo!
Me di vuelta y un tipo me abrazó, me felicitó y me volvió a abrazar. Eufórico de verme parecía. Se presentó como el doctor Aníbal Gauna, médico. Por supuesto, era un compatriota, si no, hubiera sido un milagro que alguien me reconociera en ese aeropuerto o en toda la ciudad de Guayaquil. Ni los del club donde pasé los últimos tres meses me conocían. La verdad, casi no me vieron… es que jugué un solo partido con esa camiseta; bueno, medio para ser más precisos. A cinco minutos de que terminara el primer tiempo me rompí; ni me pegaron una tremenda patada ni fue una jugada heroica: tan solo pisé mal y chau rodilla. Dos meses y dieciséis días después me citaron los dirigentes: “Venga con el contrato”, dijeron y yo fui. En muy pocas palabras me explicaron que si yo estaba roto, lo mejor era hacer lo mismo con los papeles. Y así pasó. El presidente agarró los contratos con sus manos regordetas y cargadas de anillos y los rompió con dos bruscos movimientos, como si nada. Inmediatamente después me sonrió. Yo le sonreí, otra no me quedaba. Junté mis cosas que no eran muchas y rumbeé para el aeropuerto donde el destino, Dios o el mismísimo diablo quiso que conociera al doctor Gauna.
Faltaban más de tres horas para la salida de mi viaje, que además, era de esos que paraban en todas: Lima, Santa Cruz de la Sierra y Buenos Aires. Por lo tanto, me cayeron de maravilla las cervezas frías y el club sandwich que me invitó el doctor. Con su eterna sonrisa me contó que salía de un congreso de médicos rumbo a otro congreso de otros médicos en San Pablo, Brasil. Conocía bastante de mis días en el fútbol. Y eso que en aquella época, cuando yo jugaba, no televisaban todos los partidos como ahora. Se acordaba de varios de mis goles y de lo que él llamaba “mi toque”. “Porque a Ud. lo distinguía ese toque preciso y precioso”, decía. O, “lo suyo siempre fue el toque y la elegancia”. Y a mí, en ese momento en que terminaba de colgar los botines y no tenía la menor idea de lo que iba a hacer con mi vida, me venían bien unos elogios.
—¡Qué gol, Aguirre, el de la final de la Libertadores! —repitió tres veces durante toda la charla. Tenía razón, había sido un lindo gol—. Los que dicen que a usted para ser un consagrado en el fútbol le faltó la Selección, se equivocan de pe a pa. A usted lo perjudicó la coincidencia histórica de ser contemporáneo al mismísimo Mario Alberto Kempes, que si no m’hijo, esa casaca era suya y el que hubiera levantado la copa en el mundial hubiera sido usted —acá sí se le fue la mano, hasta el caracú, pero quién era yo para contradecirlo. El doctor pagó la cuenta y se preocupó en dejar una buena propina. Me alejó de la barra, me llevó hasta unos sillones en una sala de embarque donde no había gente y me dijo:
—Usted me cae del cielo, Aguirre.
“Chau, se viene el mangazo —pensé— ¿Y todo el circo ese de que invitaba las cervezas y los elogios de mi juego, de que nunca vio un jugador como yo?”.
—Me gustaría hacer negocios con usted.
“Sonamos. Es peor de lo que pensaba. Como si yo tuviera un mango para hablar de negocios”.
Al ver que no le hablaba, el doctor continuó con su parla:
—Además de hacernos millonarios, Aguirre… ¡Podemos cambiar el mundo! ¡Convertirlo en un mundo mejor! Ser los artífices de una revolución en el fútbol. ¡Hacer historia, mi amigo, ni más ni menos!
¡A la flauta! Que era un caso serio el doctor. “¿De dónde salió este loco?”, me preguntaba yo mientras intentaba encontrar una forma de escapar de ahí lo antes posible.
—En definitiva, Aguirre, mi idea es contratarlo para que trabaje conmigo en los Estados Unidos... —ahí paré la oreja de verdad—. Estoy armando un establecimiento que podría llamarse algo así como una clínica de “soccer”. Perdón —dijo sin dejar de sonreír—, para usted: una clínica de fútbol.
En el mejor momento de la charla, el doctor Gauna tuvo que salir rumbo a su avión pero prometió llamarme cuando estuviera de regreso en Buenos Aires.
—En ocho días lo estoy llamando —me dijo. Y cumplió, a los ocho días sonó el teléfono en la casa de mi hermana, donde yo vivía. Se lo escuchaba tan entusiasmado como cuando nos despedimos en Guayaquil. Me citó para almorzar en el restaurante de un hotel grande y lujoso, no muy lejos de Retiro, que yo jamás había visto en mi vida, ni siquiera cuando me iba bien.
Llegué diez minutos antes pero el doctor me ganó de mano, sentado en un sillón estaba saboreando un whisky y leyendo el diario; empilchado como para una ceremonia. Me abrazó, me palmeó y sonrió durante todo el almuerzo. La propuesta, para mí, era extraña; para el doctor era ambiciosa, grandiosa, revolucionaria. “Usted es el ser, la materia prima, el gen, el padre absoluto, el primer eslabón, el ejemplo, el patrón”, y no sé cuántas cosas más me dijo.
—Yo no quiero mejorar la raza —repetía—. Quiero crearla, Aguirre, de su mano. ¿Me entiende? —preguntaba cada vez que cerraba una frase. Y yo le decía que si para no parecer contra. Tanto me costaba seguirle el tren que me olvidaba de comer. El doctor habló de candidatas, atletas de primera línea, dijo y me guiñó un ojo. También mencionó fecundar, e insistió con algo así como fertilización. Hablaba tan embalado, tan entusiasmado que sentí una falta de respeto sincerarme y decirle: “La verdad, no entiendo un pepino”.
—¿De cuánto estamos hablando, doctor? —pregunté cuando tuve una oportunidad.
—¿Usted me habla de tiempos o de dineros?
—Y, de los dos —le dije por las dudas.
—Déjeme ver, mi amigo. Sabe lo que sucede, es muy difícil medirlo en cifras. ¿A usted le interesa? —y sin esperar mi respuesta prosiguió— Tenga en cuenta, Aguirre, que la oportunidad de colaborar con la ciencia se puede dar una sola vez en la vida —hizo una pequeña pausa y remató con su mejor sonrisa—. ¿Es de la partida entonces?
—Sí —dije. Un “sí” chiquito, a medio tono pero que el doctor Gauna valoró como si me hubiera parado en mitad del salón y hubiera gritado delante del resto de los comensales: “¡Sí, juro!”. Se levantó de su silla y me abrazó con tanta fuerza que casi me vacía los pulmones.
—¡En treinta días nos encontraremos allá! —dijo.
—¿Allá?
—¡Sí, claro, en los Estados Unidos! —sentenció más que entusiasmado—. Vea —me dijo antes de irse y sacó de su maletín de cuero un folleto que me entregó para que le pegara una mirada—. Es un primer borrador. Después me cuenta qué le pareció.
El doctor se alejó con pasitos cortos y yo me quedé mirando el folleto. Estaba en inglés, por lo tanto, no entendí ni jota. Había fotos de un laboratorio, de un árbol verde y frondoso, y la silueta de un hombre y una mujer muy atléticos tomados de la mano. No había ninguna cancha de fútbol, me llamó la atención. ¿Dónde estaba el fútbol, el soccer? No entendía, eso parecía propaganda de otra cosa.

Fueron los treinta días más largos de mi vida. ¡Que ansiedad! Ni que fuera un pibe. Para colmo se me antojó cuidarme como nunca. Corría por las mañanas, me cuidaba con las comidas, y no probaba una sola gota de vino ni nada que se le pareciera. Tampoco era que antes vivía en pedo pero cada tanto un traguito tomaba, sin embargo, en esos treinta días, nada. Y eso que sabía que no me lleva a Yanquilandia a jugar al fútbol, me quedó claro desde el primer día. Pero algo dijo el doctor Gauna entre tanto palabrerío, algo como que me necesitaba sano. Cuando faltaba apenas una semana para el viaje llamó el doctor “desde allá”, según dijo. Esta vez la conversación no fue muy extensa, seguramente por el precio de las llamadas de larga distancia. Habló lo justo y necesario: “En tal lugar hace el trámite para la visa, el pasaje lo retira en tal otro lado, el vuelo llega a tal hora. Yo lo espero en el aeropuerto y, por favor, sea discreto, la prensa no debe enterarse de nuestro asunto”. ¿De qué asunto? ¿Qué prensa? Si hace años que no me llama un periodista ni para venderme una rifa.
Como siempre le dije que si.
Los últimos días invertí no pocos mangos en mejorar mi vestuario y me hice chapa y pintura en lo del Tano, mi peluquero de siempre, que cada vez que voy se saca una foto conmigo para después pegarla en el salón junto con todas las fotos anteriores, debajo de un cartel que dice: “Gino, el coiffeur de las estrellas”. ¡Qué caradura! ¡Si con el único que está en todas las fotos, es conmigo!

Después de veintiséis horas de viaje llegué a Houston. No dormí, no sé por qué, pero comí y bebí todo lo que me dieron. En migraciones utilicé las cuatro palabras que sé de inglés y aparentemente sirvieron: me dieron un permiso de estadía de seis meses.
Se abrieron las puertas automáticas y ahí estaba el doctor, esperándome tal cual había prometido. Se lo notaba contento como siempre aunque algo nervioso. Me quiso ayudar con uno de mis bolsos pero no se lo permití. Atravesamos medio aeropuerto y medio estacionamiento hasta que llegamos a una combi blanca, espaciosa e impecable. Un americano grandote la manejaba.
—Hola —le dije.
El grandote sacudió un poco la cabeza, a modo de saludo. A los diez minutos de viaje llegamos a un hotel chico con un lejos simpático pero que de cerca, parecía de cartón.
—Esta será su morada, Aguirre, pero por una semanita nomás.
—OK —le respondí.
Sin darme cuenta había cambiado el “si” de siempre por un “OK”.
—Es transitorio —aclaró el doctor—. Hasta que en la clínica todo esté en orden. ¿Le parece mi amigo?
—OK —dije una vez más, asombrado por cómo se me daba eso de asimilar un nuevo idioma.
El doctor me dejó unos doscientos dólares.
—Para sus gastos, Aguirre —dijo y quedó en llamarme o visitarme al día siguiente.
Tardó tres días en aparecer y su aspecto no era el mejor. Lo acompañaba, nuevamente, el grandote de la combi. Esta vez transportaba un maletín oscuro y una especie de estuche plástico que bien podía ser una sofisticada heladerita de picnics del futuro.
—Será mejor que nos sentemos —dijo el doctor Gauna y los dos nos sentamos sobre la cama, otro lugar no había. El grandote se quedó parado junto a la puerta de la habitación.
—Antes que nada le pido disculpas…
—No se preocupe, doctor, me imagino que estuvo ocupado con sus asuntos.
—No, Aguirre, no es eso solamente. Lo de la clínica está demorado, complicado —por primera vez le costaba mirarme a los ojos.
—¿Complicado?
—Como escucha, mi amigo. La habilitación se cayó y los inversores volaron… Hoy no están dadas las condiciones para que podamos operar…
—¿Operar? —pregunté asustado.
—Operar, funcionar, trabajar, ¿me entiende, Aguirre?
—Por supuesto, entiendo perfectamente —contesté aliviado.
—Así es que nos vemos obligados a desarrollar nuestras tareas y toda nuestra investigación en el más absoluto de los secretos. En total clandestinidad, mi amigo, y yo no quiero perjudicarlo ni involucrarlo más de lo que está
—¿Y entonces?
—Y entonces, Aguirre, sólo me resta pedirle un último favor.
—Diga de una vez, doctor.
El doctor miró al grandote y le hizo un movimiento de cabeza. El grandote abrió el maletín, sacó un tarrito blanco, de plástico, envasado en una bolsita transparente y me lo entregó. Yo no tenía la menor idea de qué era lo pretendía con eso.
—Necesitamos su aporte, Aguirre. Lo máximo que pueda.
—¿De qué me habla doctor?
—De su semen, mi amigo.
—¿De qué? Pero escúcheme, doctor. O yo estoy loco o su propuesta era otra.
—Aguirre, cien veces se lo dije, mi meta es lograr, gracias a su aporte genético, fecundar a mujeres de esta nación, atletas todas, seleccionadas entre miles de candidatas para obtener una combinación perfecta entre las virtudes de esta raza superadora y el talento único y caprichoso de uno de los máximos representantes de lo mejor del fútbol sudamericano.
—OK —dije— ¿Y las mujeres?
—¿Qué mujeres? —preguntó el doctor un poco alterado.
—Las mujeres esas que me dijo: las candidatas, las atletas...
—Pero no, mi amigo, este es un proceso de inseminación artificial. ¿O usted pensó que iba a tener sexo con ellas?
—No —mentí. ¿Qué le iba a contar? ¿La verdad? ¿Que yo entendí que iba a “conocer” a todas esas mujeres? ¿Que las imaginé perfectas, jóvenes y atléticas?
—Mire, Aguirre. Lamento la situación que estamos viviendo y que las cosas no se hayan dado como le prometí o como usted lo soñó pero, al menos por ahora, lo mejor será que vuelva a Buenos Aires y con el tiempo veremos si esta situación adversa se modifica. Yo no puedo ni quiero frenar la marcha de las investigaciones. Como le dije, trabajaré de manera clandestina.
El sueño americano se me pinchaba. No quedaba otra que volver a casa, a casa de mi hermana.
Gauna y el grandote me miraban, esperaban a que yo hablara o hiciese alguna cosa y a mí me costaba reaccionar. Es que venía preparado para otra cosa, Gauna me había hablado tanto de esas mujeres… “Son todas perfectas, una mejor que otra”, decía. “Imagínese”, repetía. Y yo las imaginaba: pelirrojas altas y pechugonas, deliciosamente pecosas; negras de terciopelo, con patas largas y firmes; negras caderonas; preciosas rubias de ojos azules y cabellos largos. A todas me las imaginaba. Él me decía: “Lo supremo de la raza americana, Aguirre”. Y yo soñé, con cada una de ellas soñé. ¿Qué pretendían? ¿Que me metiera en el baño así como así, con ese tachito plástico y les entregue lo mejor de mí?
Gauna buscó en el maletín y sacó dos revistas de esas, que en aquellos años, eran difíciles de conseguir en Buenos Aires. Me las ofreció y me dijo:
—Tómese su tiempo.
Desde la tapa de una de las revistas, una rubia de tetas grandes me sonreía.
Lo miré y le pregunté:
—¿Tiene material de las candidatas? Fotos, digo...
Giró y le hizo un nuevo gesto al grandote. Bob guardó las revistas, buscó en el maletín y me entregó una carpeta con fichas, planillas e informes.
—Esperen afuera —les dije y me encerré en el baño.
Revisé la carpeta, eran más de diez mujeres. No tan lindas como me las había imaginado pero tampoco estaban mal. A pesar de que las fotos parecían sacadas de los archivos de la policía, hice mi trabajo lo mejor que pude. Le entregué el tarrito plástico a Bob y lo colocó dentro de la heladerita que tanto cuidaba. Gauna me explicó que a la mañana siguiente, Bob me llevaría al aeropuerto para que tomara mi vuelo de regreso.
Sin abrazos me estrechó la mano.
—Nos mantenemos en contacto, Aguirre.
—OK —le dije, pero esa vez no le creí.
Al otro día temprano, apareció el grandote; condujo la combi blanca sin pronunciar una sola palabra. Es el día de hoy que todavía me pregunto si no era mudo. Pasaron casi treinta años de aquella expedición a tierras americanas. A Gauna, no lo vi más y tampoco supe más nada de él. Cada tanto miro algún partido de los que pasan por la tele de la “Major League Soccer”, la liga de fútbol de los Estados Unidos. En realidad, no miro los partidos, miro a los jugadores, cómo se mueven, sus gestos, cómo son, si se parecen a mí. Todo el tiempo me pregunto si alguno será hijo mío. Nunca le consulté a Gauna qué apellido le pondrían a los chicos. ¿El de la madre, Aguirre, Gauna, cuál? Leo las formaciones de los equipos y me esfuerzo en recordar los apellidos de aquellas mujeres que estaban en la carpeta que me dio Bob pero no me acuerdo del de ninguna de ellas. Ni el de una sola. Claro, en ese momento pensaba en otras cosas.
Puede parecer ridículo pero cuando no juega Argentina, mi corazón hincha por Estados Unidos.
Hace unos días vi el partido que le ganamos (que le ganaron) a España por la semifinal de la Copa de las Confederaciones y me emocioné. Llegaron a la final venciendo, nada más y nada menos, que al equipo sensación de los últimos años, y lo hicieron con autoridad: dos a cero, rompiéndole el invicto récord de treinta y cinco partidos.
Hoy jugaron la final contra Brasil. Empezaron con todo, sorprendiendo a los “brasucas” con otro dos a cero. Busqué algún detalle en Dempsey, el del primer gol, algo que me resulte familiar. También lo hice con Landon Donovan, el que metió el segundo, pero nada. Ninguno de los dos parecía tener algo mío, ni por juego, ni por personalidad.
¿Qué se lleva en la sangre cuándo hablamos de fútbol?
Por un momento, en el único en el que noté un cierto parecido fue en Howard, el arquero. Algo en la mirada, su contextura, la forma de correr tal vez. Sería el colmo que después de tanto experimento y de tanta ciencia me saliera un hijo arquero. Atajó muy bien el primer tiempo pero después Brasil se le vino al humo. Tres goles le metieron. Mantuve las esperanzas hasta el minuto final pero no se dio. Brasil fue el campeón
¡Ay, Gauna, Gauna! ¿Qué habrás hecho con ese tarrito plástico que te dejé?
Seguramente poco y nada. Un hijo mío, ese partido, no lo perdía.


Pablo Pedroso
Buenos Aires, 28 de junio de 2009
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17. Club grande

Llega junio y José apaga la tele y la radio. Igual que en diciembre. “Me desenchufo”, dice José. Y desenchufa todo. No quiere saber nada. ¿Con qué? Con las finales de campeonato, con los festejos, con las coronaciones, con los descensos o los ascensos. José no quiere estar pendiente de quién es el campeón, quién gana, quién pierde.
Ojalá pudiera pero como no puede, se desconecta.
Pero no se olvida del fútbol. Imposible para José, si él es fanático de la pelota. ¡Perdón! Fanático no, hincha (José repite y aclara que él es hincha, no fanático).
- Algún día vas a entender cuál es la diferencia -le dice a Bautista y Bautista le dice que sí con la cabeza como siempre que su abuelo le explica. O le enseña.
Como olvidarse del fútbol en junio y diciembre si todas las tardes de todos los meses, religiosamente, José camina las ocho cuadras que separan su casa del Jardín (el Jardín donde fue su hija y ahora va Bautista). Y todas las tardes Bautista lo espera con una sonrisa, con un abrazo, con hambre, con ganas de jugar a la pelota y con la enorme paciencia para escuchar las historias y anécdotas que José le cuenta del club de sus amores: momentos de gloria, jugadas insólitas, goles increíbles y jugadores invencibles. Hazañas, venturas y desventuras. Nombres, apodos y apellidos que pareciera que sólo el abuelo conoce porque en el Jardín o en la tele se habla de otros nombres, de otros apellidos.
Como olvidarse del fútbol en junio y diciembre si jugar con su nieto y contarle esas historias también es fútbol para él.
No sólo es fútbol festejar campeonatos.
Mucho antes de llegar a su casa el abuelo le pregunta:
- ¿Te dieron deberes? ¿Tenés tarea?
Siempre la misma inquietud y Bautista no entiende mucho qué le está preguntando aunque sabe que la respuesta es no.
Después de la leche, el partidito es una obligación que se suspende únicamente por lluvia.
- Hoy no te dejes ganar, abuelo -reclama Bautista otra vez.
- ¿Sos loco? -le dice José a modo de respuesta.
Y el partidito lo gana Bautista como siempre y como siempre festeja.
- Abuelo, ¿nosotros salimos campeones alguna vez? -pregunta Bautista por décima vez en su vida y José, también por décima vez, le cuenta una historia de su glorioso club cargada de emoción y de fútbol pero no de campeonatos.
- ¿Y festejamos algo?
- Claro, muchas cosas: festejamos jugar, festejamos salir a la cancha, festejamos el fútbol, festejamos goles, festejamos ganar, empatar o perder dignamente...
- ¿Y somos un club grande? -interrumpió Bautista cuando vio que la respuesta amenazaba con terminar nunca.
- ¡Por supuesto, Bautista! ¿Cómo no vamos a ser un club grande, querido? ¡Si vos y yo somos los mejores hinchas!
Bautista se rió contagiado por las risas de su abuelo y por las cosquillas que José le hacía.
- ¿Jugamos un partidito más? -preguntó José.
- ¡Dale! Pero no te dejes ganar.

Pablo Pedroso.
Buenos Aires, 17 de julio de 2009
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16. Crónica Partidaria - Revancha

Hace mucho tiempo de aquel partido pero lo recuerdo. Todos lo recordamos, nosotros y ellos. Cada vez que hay un nuevo enfrentamiento nadie puede dejar de recordar esa catástrofe. Y no exagero (como casi siempre), esta vez no.
Ellos se creyeron los mejores del mundo después de ese partido y nosotros, nosotros todo lo contrario.
¿Por qué será que a todas las selecciones de este lado del planeta les encanta Brasil?
¿Por qué será que todas esas mismas selecciones sueñan con ganarnos a nosotros?
No sueñan con ganarle a Brasil, no. Suenan con jugar contra Brasil, con jugar como Brasil pero no con ganarle. A quien quieren ganarle es a Argentina.
¿Tanto nos duele perder?
Si y más.
Aquella vez nos ganaron, nos bailaron, nos aplastaron: 5 a 0. Aquella vez no estaba Maradona pero hoy está, acá, como DT. No tiene puesto los cortos pero tiene todo el corazón encendido para guiar a los nuestros hacia la victoria.
¡Quiero revancha, Diego!
No me soporto más las cargadas que sufrí cada vez que anduve por Colombia. Cinco a cero era la frase que más escuchaba, de chicos y grandes, hombres y mujeres, todos me refregaban en la cara ese maldito resultado.
¡Hasta existe un bar en las afueras de Bogotá se llama “5 a 0”!
Seguro que un colombiano loco fue capaz de ponerle de nombre a algún hijo “Cincoacero”, seguro.
¡Vamos Dieguito, Diegote! ¡Regalame un buen triunfo! ¡Una victoria histórica!
¡Dios del fútbol, poné las cosas en su lugar!
Desde aquel día que no vuelvo a la cancha a ver a la Argentina, desde aquella tarde trágica en que me quedé mudo.
¡Qué ofri que hace! ¿Cuánto falta para que abran las boleterías, che?
Parece que vamos con todo, eh: Messi, Agüero y Tévez. ¡Qué tal!
Está muy bien, Diego, hay que jugársela. Tenemos que ganar.
¡Qué frío, viejo! ¿Sabés cómo va a estar la cancha? Colmada, repleta, a punto de explotar.
Andújar ataja. Pobre el Goyco, cinco se comió aquella tarde. Un ídolo el Goyco pero cinco, che. Un poco mucho, ¿no? Ojo que yo me lo banco al Goyco pero ¡cómo lo insulté en ese partido, en esa semana, en esos meses...!
Dieguito pone línea de tres: Heinze, Demichelis y el Cata Díaz. Juega la Brujita Verón, el Masche, Gago y Jonás. Elegancia y fútbol. ¡Viva el fútbol!
¡Ya van a ver estos colombianos irrespetuosos!
¡Por fin avanza la fila, viejo!
Y seguro que se traen a unos cuantos. Les gusta a los colombianos venir a la Argentina. Son buena gente, muy buena gente pero el fútbol es el fútbol. El fútbol es sagrado.
¡Regalame una revancha, Diego!
¿Pero qué hablan tanto con el boletero? ¿No tenés frío, papá?
Dos dame.
Lo traigo al pibe, se lo prometí. Está feliz. Era un bebé en aquel partido. La madre no me dejó traerlo, meses tenía. Yo por mí lo traía. Y me la juego que él también hubiera querido venir, así bebé y todo, él hubiera dicho que sí. Menos mal que no vino, debutar con la selección y comerse un cinco a cero hubiera sido motivo suficiente para declararlo por decreto “mufa eterno”.
Matías tiene un entusiasmo ahora. Es hincha como yo, de los que nos gusta ver los partidos y analizar el juego.
¡Dame una revancha, Dios!
“Salimos temprano Pa”, me advirtió. Está embalado, como deben estarlo Messi, Tévez y Agüero. En Colombia juegan Falcao y Vargas. ¿Seguro que no vienen Valderrama, Rincón, Valencia y el Tino Asprilla? ¡Menos mal!
Viste que te dije que iban a traer gente estos. Mirá ese con la bandera que dice: “Por otro 5 a 0”. ¿Sabés lo que vas a tener que hacer con esa banderita?
¡Vamos a chiflarle el himno, Matías! ¡Dale!
“Oid mortales el grito sagrado...”
¡Argentina, Argentina, Argentina...!
¡Upa! ¡Uia...! Andújar... ¡No, Cata, no...! ¡Andújar! ¡Sos un desastre Cata!
¡Che, Maradona, ponés tres delanteros y no pateamos una sola vez al arco! ¡Son unos perros! ¡Y vos también, gordo! Está gordo otra vez, ¿viste?
¿Y el juego dónde está? ¿Sacalo a ese y a ese? ¿Pero qué equipo paraste?
¡Te dije que con estos muertos al mundial no vamos! ¡Te lo dije!
¡Corré, jugá, tocá, dale! ¡Sos un perro! ¡Gooooool! ¡Bien Cata, muy bien! ¡Qué jugador!
¡Grande Diego!
“¿Y la revancha, Pa?”
Agradecé que ganamos, Mati. ¿Vos viste lo mal que estaba la cancha?

Pablo Pedroso.
Buenos Aires, 07 de junio del 2009
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